Cuentos del taller “cuentos y personajes” coordinado por sara montaño escobar

“La cueva anciana” de Carolina Rodríguez (Ecuador)

Eloísa era una niña de diez años de edad que vivía a las faldas de la Cordillera de Chongón y Colonche, un lugar místico, rodeado de árboles de ceibos gigantes que eran mecidos suavemente por la brisa, arbustos con troncos parecidos a puertas que llevaban a otras dimensiones. El sonido de las aves sucumbía en el horizonte y era hermoso ver sus plumajes que llenaban el cielo de muchos colores. Además, cada siete días, el arcoíris se posaba de punta a punta como si fuera un velo de protección para la comuna.

Todas las mañanas una bruma con olor a eucalipto rodeaba el paisaje y desaparecía al pasar las horas. Los viejos del lugar repetían en sus cuentos que la diosa los visitaba y danzaba con hombres y mujeres en noches especiales. Eloísa había pasado toda su infancia en ese lugar, la extasiaba recorrer sus caminos apedreados, bañarse en la cascada y admirar los animales que con recelo se acercaban, le gustaba recoger flores silvestres y comer las frutas del camino; sin embargo, había algo de su comuna que llamaba su atención. Se trataba de una cueva llamada la Anciana, donde miles de mariposas revoleteaban en su interior, flores rojas de Hibisco marcaban su entrada como guardianas de algún secreto. 

No comprendía el significado del nombre de la cueva ni porqué las niñas de su tierra en algún momento entraban y salían del lugar sin decir ni una palabra. Eloísa, en varias ocasiones, pudo observar que los vestidos de las niñas tenían pétalos rojos adheridos y su piel se veía en un tono plateado como si el agua de luna las hubiera rociado y, además, movían su cuerpo con un andar diferente al salir. Sus rostros ya no eran pálidos y simples. Eloísa pensaba que eran un nuevo ser. 

Los días pasaban y varias de las niñas con las que Eloísa jugaba habían ido ya a la Anciana. Eloísa las trataba de convencer para que le dijeran el secreto de la cueva, pero nunca obtenía una respuesta clara, solo le decían que, llegado su turno, debía atesorar cada enseñanza de la Anciana. 

Preguntó a su mamá y ella respondió con un abrazo y un beso en su mejilla: “mi niña, pronto lo entenderás”. Una noche, Eloísa, soñó que recorría el camino a la cascada y entraba tranquilamente a esta, vio flotando en el agua una flor roja de Hibisco. Quiso acercarse despacio, pero esta se adhirió a su vientre rápidamente mientras su vestido se teñía de color carmesí. Eloísa trató de despegarla, pero el Hibisco se profundizó en su vientre. Desesperada, comenzó a gritar hasta que escuchó una voz que le susurraba que se calme. 

En la mañana, Eloísa, se levantó con un gran dolor en la parte baja de su vientre. Mientras lloraba por los violentos estertores, conversó a su madre el sueño tan vivido que había tenido. La madre de Eloísa salió de casa y regresó con varias ramas secas y flores, hirvió agua y le dio de tomar en un cántaro de arcilla aquella infusión. Luego de esto la madre le dijo: “toma tu ropa, cámbiate Eloísa, el momento ha llegado”, la cubrió con una tela de pies a cabeza, tal como oruga en un árbol, esperando el momento de nacer.

Se aproximó a la puerta de la cueva junto a su madre, quien la abrazó y le dijo: “hija ha llegado la hora de conocer algo importante para tu vida, algo que cambiará tu presente y dará inicio a algo que muchas mujeres han vivido”. Eloísa no quería soltar a su madre, tenía mucho miedo, un frío envolvía su cuerpo, sin embargo, llena de valentía por las palabras maternas, se animó a entrar. Adentro de la cueva, se sorprendió de las luciérnagas que la iluminaban como antorchas que marcan un camino.  Llegó hasta al borde de una laguna interna de la cueva, se sentó sin saber que más hacer, comenzó a llorar y de repente una voz muy suave la alentó a calmarse. De pronto, un sonido similar al de su sueño le dijo: “Querida hija estoy aquí. He venido a tu llamado”. 

Eloísa veía a todos lados y no descubría de quien era esa voz. De repente, la cueva se iluminó de un color brillante. En ese instante, se reflejó en la laguna una luna resplandeciente y plateada. Maravillada, descubrió que era ella quien le hablaba. Eloísa, tartamudeando, le preguntó por qué estaba ahí, y el reflejo de luna respondió: “porque quiero asegurarme que cada mes que te visite dentro de tu vientre, recuerdes la unión que tienes con el cosmos y con la tierra. Serás cíclica, cambiante, llena de sabiduría y de amor. Energías diferentes tomarán tu cuerpo y tu mente, en algunas fases serás desafiante y firme, pero en otras serás protectora, como también creativa y unas veces más intuitiva; pero recuerda, cada mes llego a tu corazón para reconectarme con tu ser, como un recuerdo de la unión entre las dos”. 

Toda la noche transcurrió en esta conversación hasta que se sintió una sola con la luna, bebió agua de esa laguna aliviando el dolor y llenando su existencia de un gran aprendizaje. Despertó en la mañana y estaba maravillada con lo que pudo sentir en su ser, sus mejillas se sentían ruborizadas y su piel se veía rociada por un brillo plateado. Caminó a la salida acompañada por mariposas de colores que se asemejaban a hadas encantadas. Eloísa sentía una energía desbordante, ahora esperaría cada mes a su luna para conectarse con esa única relación con el universo. Su madre la esperaba a la salida de la cueva junto a su abuela. Ellas, al igual que Eloísa, se veían con una expresión de felicidad en su rostro, la abrazaron muy fuerte y tomadas de la mano caminaron de regreso a casa. 

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