Las pequeñas grandes historias de los nuevos escritores

Albedrío” (Diego Morones)


Albedrío” de Diego Morones


Sin un cuerpo, sin la muerte tangible, es imposible la armonía del alma. Jamás se imaginó que el inframundo estuviera entre nubes, nieve como espuma y odiosas liebres. Los epitafios estúpidos alimentaban cada paso hacia la cima del Pariacaca. Desde abajo parecía un alcatraz volteado, o marchito, aunque cada paso aumentaba la penuria y recordaba más a los santos sangrantes del monte calvario. Moro en Utopía, no contemplaba a los idiotas subir un pico a riesgo de perder la vida, sin vellocino de oro ni argonautas míticos al final del camino, sólo la simonía constante de los sobrevivientes que prometían haber sentido a Dios, tertulia de sofismas compartidos. Hizo noche en el primer refugio: parecía más un cuchitril venido a más, que ese resquicio de tranquilidad del que todos hablaban en la base.  Durmió al punto de soñar, con México, su mujer, su hijo, el amor, el campeonato de fútbol que ganó y con su madre que había fallecido hacía diez años; también cáncer. Pensó que la resiliencia desarrollada por la ausencia de apapachos incondicionales sería la última prueba que le ponía la vida. Ahora, época en la que estaban todas sus mujeres: madre, tías, hermana, abuelas, primas, el aquelarre completo, lo había sumido en una melancolía sempiterna, que tenía ya un tanto harta a su familia. Perdió la efervescencia visceral que lo caracterizaba el mismo día que comprendió lo inconmensurable de la vida, que no es otra cosa que la vida propia. Fue a los treinta días de vivir en este mundo, claramente finito y etéreo, cuándo tuvo la epifanía de cómo afrontar la noticia que le daba un mes de vida, mes y medio con suerte.  Salió del refugio rejuvenecido, con bríos e hizo cima en la puta montaña. No se sintió cerca de Dios, no lo disfrutó. Era uno de los afortunados que lo había logrado. La apacheta de decenas de piedras honraba a los que habían perdido la vida intentándolo. Tomó una del piso, sonrió mientras la colocaba encima del montón, y sintiendo que se burlaba del cáncer, decidió su último aliento brincando al vacío.

Para leer el próximo microrrelato haz click aquí o pasa a la página 3.

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