Le daba vueltas a un ejercicio: un poema en romance. Buscaba una palabra para la rima asonante y, sin pensarlo, escribí «lluvia». Entonces me detuve. Otra vez la lluvia. Allí estaba, a la espera de su turno en la página, paciente, segura de que volvería a nombrarla. No era la primera vez. Aparece en mis textos como una visitante antigua que conoce el camino. Llueve cuando el cuerpo duele, cuando alguien se despide y cuando algo comienza. No lo había notado hasta ese instante, mientras buscaba una simple rima.

Desde entonces me pregunto por qué ciertas palabras, que en realidad son símbolos, vuelven aunque no las invoquemos? ¿En qué momento una palabra empieza a decir algo que solo reconocemos después de haberla escrito muchas veces?

El misterio de la repetición

Jung buscó en el inconsciente colectivo el origen de imágenes que compartimos más allá de nuestra biografía. Su lectura me hace pensar en esa memoria que la escritura recoge sin que siempre sepamos de dónde viene. Quizás por eso cada poeta tiene un territorio simbólico que lo habita.

Por ejemplo, el agua, la tierra, el fuego, la casa o el espejo han sido reflejo de lo humano. Cada poeta modifica su sentido al nombrarlos. El agua puede ser cuerpo erótico en Neruda; tiempo circular en Octavio Paz; o lugar de desaparición en Pizarnik. En Vallejo, la humedad de la tierra se vincula con la madre y con la muerte. El agua de cada poeta no moja igual.

Cuando un símbolo insiste, puede organizar la escritura; su presencia relaciona imágenes que parecían dispersas y da continuidad a una obra. El sentido se forma en los versos, en lo que ocurre alrededor de esa palabra y en cómo cambia de un poema a otro. La tierra de un poeta difícilmente se agota en una definición; hay que leer qué hace con ella.

Alejandra Pizarnik y el espejo

En Árbol de Diana, el espejo interroga la identidad de quien se mira. En el poema 37 aparece este verso: hay un espejo para nuestra triste transparencia.  Esa transparencia vuelve incierto el reflejo. El yo se busca y se desdobla, como si reconocerse trajera también el riesgo de desaparecer. El espejo en su poesía revela la herida sin devolver la imagen. Es un símbolo recurrente de la fragmentación del yo, de su desdoblamiento, de la imposibilidad de decir el yo sin perderlo. Su espejo es mi lluvia. Ambos son reflejo y desaparición. Uno brilla, el otro se disuelve. Los dos buscan la frontera donde el lenguaje se rompe.

En otro poema del libro, un barco parte llevándose a quien habla. Al leerlo, imagino que navega por una superficie de vidrio. Su espejo me hace pensar en mi lluvia: en ambos reconozco algo que se deja ver mientras se disuelve.

César Vallejo y la tierra

En Vallejo, la tierra está ligada al origen andino, a la madre y al desamparo. La tierra y sus sinónimos o derivados (tierra madre, terruño, suelo, materia telúrica, el Perú natal) son símbolos recurrentes y fundamentales en la poesía de César Vallejo, sobre todo en sus primeras obras, donde se asocia con el origen y la nostalgia, la sustancia humana y su finitud, y el dolor social y la identidad.

En «El pan nuestro», de Los heraldos negros, irrumpe en una escena cotidiana:

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

Vemos que el desayuno queda atravesado por la muerte; y más adelante, el deseo de repartir pan entre los pobres hace de ese dolor una responsabilidad hacia los otros. La tierra reúne entonces lo íntimo y lo colectivo; el recuerdo de los muertos acompaña el hambre de los vivos. La tierra sigue siendo tangible incluso cuando el poema extiende su dolor a los otros.

Idea Vilariño y la noche

La noche de Vilariño admite el deseo y la soledad en una misma escena. En «La noche», la voz que se dirige al otro dice:

yo no soy en tu noche más que un lago, una copa,

más que un profundo lago,

Y después:

soy para ti como otra oscuridad, otra noche,

anticipo de la muerte,

La cercanía ofrece un lugar donde beber y olvidarse, pero la soledad del otro permanece. Esa tensión me interesa: el amor puede dar refugio sin resolver la separación entre dos personas.

La noche de Vilariño es el lugar donde la herida respira. Su símbolo es el silencio entre dos presencias, la amada y la ausencia. En ella, la sombra contiene el dolor y lo hace visible sin exponerlo.

Rainer Maria Rilke y el árbol

En Rilke, el árbol permite pensar el crecimiento interior y la relación entre lo visible y lo invisible. Sus raíces se hunden en la tierra mientras la copa se eleva. Esa forma de crecer, que requiere tiempo, acompaña su idea de la maduración del artista. En el primer soneto de la primera parte de los Sonetos a Orfeo, el árbol nace del canto:

Y se elevó un árbol. ¡Oh pura elevación!

¡Oh canto de Orfeo! ¡Oh gran árbol frondoso en la oreja!

Traducción de Salvador Echavarría

La imagen desplaza el árbol hacia el oído. Lo que crece pertenece también a quien escucha. Leo ahí una forma de transformación: el mundo entra en nosotros y encuentra otra manera de existir.

Para Rilke, el árbol une cielo y tierra. Su raíz y su copa son gestos opuestos que se completan: hundirse y elevarse, callar y cantar. De esta forma, el árbol se convierte en el modelo de la existencia poética, una forma de estar en el mundo sin buscar ser visto.

Blanca Varela y la casa del cuerpo

En Blanca Varela, la casa y el cuerpo se confunden en la experiencia de la ausencia. «Casa de cuervos» termina con una madre que se dirige al hijo:

otra vez esta casa vacía

que es mi cuerpo

adonde no has de volver

El cuerpo conserva el espacio de quien se ha ido. La casa permite tocar esa separación, sentir el desamparo de seguir habitando lo que el otro dejó. En el poema que comienza «el poema es mi cuerpo», la escritura misma adquiere esa condición física:

el poema es mi cuerpo

esto la poesía

la carne fatigada

Varela lleva la palabra hasta el cansancio de la carne. La intimidad pierde cualquier idealización y queda expuesta en su fragilidad. Vemos que la casa se confunde con la carne y la carne con la ausencia.

En Varela, la metáfora se desgasta, se agrieta y se consume, y es en esa materia humillada donde se escucha la verdad. Su escritura parece susurrarnos que solo cuando las paredes se abren en un gemido, podemos oír la música esencial que habita en el silencio.

Chantal Maillard y la atención al cuerpo

En Matar a Platón y Husos, Maillard explora la relación entre pensamiento y experiencia. El cuerpo obliga a atender lo que sucede, incluso cuando el lenguaje no alcanza a explicarlo. Sus símbolos (la herida, la sangre, la serpiente, el espejo) nacen del contacto entre filosofía y experiencia. Esa atención se extiende a la propia conciencia en Diarios indios:

¿Qué vine a hacer aquí? Vine a no saberme, vine a estar. Hago: leo, estudio, escribo, miro, estoy. Estoy en lo que hago, soy lo que hago. Estoy en lo que miro.

Me detengo en ese «no saberme». La identidad deja de ofrecer una certeza desde la cual observar. Quien escribe se encuentra implicada en lo que ve, y el símbolo se acerca al gesto, a la experiencia de estar.  En su obra, el cuerpo es símbolo y, a la vez, negación del símbolo, una búsqueda de presencia que no puede ser dicha sin desaparecer.

Anne Carson y el mito reescrito

Si Maillard encarna la introspección, Anne Carson encarna la transgresión. Sus símbolos provienen del mito, pero los reescribe hasta volverlos contemporáneos. En Autobiography of Red, Gerión, el monstruo del mito griego, es un joven que fotografía el mundo y se enamora. Las alas, el fuego y el volcán entran en una historia de deseo y vulnerabilidad, donde el cuerpo queer encuentra una forma de contarse.

En «Ciudad del apóstol», la separación adquiere otra materia:

Los espacios entre.

Nosotros se volvieron duros.

Espacios vacíos y aun así son.

Sólidos y negros.

Traducción de Fabiola Castellani

Los cortes de la frase obligan a detenerse en lo que hay entre dos personas. El vacío pesa y dificulta el encuentro. Es que Carson, que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura 2026, tiene una capacidad para volver física una emoción, ya sea al reescribir un mito o al endurecer el espacio que deja una pérdida.

El regreso a la lluvia

Después de leerlos, vuelvo a mi mesa. El romance sigue a medio terminar y la palabra «lluvia» permanece en el margen. Podría buscar otra, pero ninguna diría lo mismo. Empiezo a reconocer en su insistencia una manera mía de acercarme a lo que todavía no sé decir. Quizás los símbolos nos reconocen antes de que nosotros los reconozcamos.

Mientras termino estas líneas, escucho las gotas contra la ventana. Podría ser coincidencia. Prefiero creer que es una forma de saludo. La lluvia y yo nos entendemos: ella cae, yo escribo.

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Karina Miñano es poeta, escritora, conferencista y profesora de escritura creativa. Su trabajo literario y cultural ha estado marcado por el interés en la igualdad de género, la memoria, la migración y la poesía como forma de conocimiento. Es autora de la novela Remolino de sueños, una historia sobre la lucha por la igualdad de niñas y mujeres afganas, y del poemario Mientras el roble cede a la noche (Editorial Traveler, Sello Aurora de Poesía), publicado en mayo de 2025. Sus textos han aparecido en blogs literarios como Papeles encontrados y Liberemos las palabras, así como en diversas antologías, entre ellas La Ninfa Eco: Writers from Across the World, Letras rotas, dolores del alma y Licencia para mentir, prologada por el poeta Benjamín Prado. Antes de mudarse a Europa, trabajó en periodismo como redactora y editora, fue analista de comunicaciones y profesora de Análisis de Mensajes y Semiótica en la Universidad de San Martín de Porres, en Lima, Perú. Desde 2004 reside en los Países Bajos, donde ha desarrollado una intensa labor literaria, docente y cultural. Fue consejera del Fondo de Literatura Holandesa, evaluando la traducción de literatura hispana al neerlandés, y dirige el programa Por debajo de la pluma en la plataforma cultural Cuéntame un libro. Ha participado en festivales y encuentros de poesía en Estados Unidos, Marruecos, Latinoamérica y Europa. En junio de 2026 lanzó un taller de escritura poética cuyos textos seleccionados dieron origen a la antología Morada Temporal (Editorial Traveler), integrada por poemas de sus alumnos y de la propia autora. Como conferencista, en mayo y octubre de 2024 formó parte de la mesa redonda Cuatro poetas con Hemingway, donde abordó los puntos de convergencia entre César Vallejo y Ernest Hemingway en los Institutos Cervantes de Estocolmo y Utrecht, junto a otras tres escritoras. Su interés por la vida y obra de César Vallejo y Georgette Philippart Vallejo la llevó también a dictar la conferencia Tras el recuerdo de Vallejo en el centro cultural El Ateneo de Ámsterdam (2024), en el Centro Hispano de Amersfoort y en el Instituto Cervantes de Utrecht (2025). Ha escrito artículos y ensayos breves sobre poesía, poética y literatura para medios culturales y proyectos literarios. Como profesora, diseña e imparte talleres de escritura poética centrados en la tensión, la imagen y el objeto poético. También ha traducido del inglés al español los poemarios An Afternoon in Mind y Clamour for a Handful of Rice, del poeta indio Sonnet Mondal. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Martín de Porres, en Perú, y máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de Valencia, España. También se graduó como profesora de escritura creativa en la Universidad de Alcalá.