En La búsqueda, poemario infantil de Shirley Andrade, se nos presenta a un Gigante que emprende un viaje por los paisajes de Imbabura en busca de algo que parece sencillo, pero que terminará convirtiéndose en mucho más: un encuentro que cambiará su perspectiva respecto al mundo que lo rodea.
A través de un territorio que cambia, de la soledad y de la imaginación, el libro nos invita a preguntarnos qué buscamos cuando salimos en búsqueda de pertenencia y qué puede cambiar en nosotros mientras recorremos ese camino. Basada en una leyenda de la Sierra Norte del Ecuador, La búsqueda es también una historia sobre la memoria, los paisajes y la necesidad profundamente humana de sentirnos acompañados.
Cabe destacar, que este poemario fue editado por la editorial italiana Oso melero edizioni después de un proceso de convocatoria para publicación de libros de literatura infantil y juvenil.

Entrevista Shirley Andrade

En el libro, el paisaje no funciona solamente como escenario: se transforma junto con el Gigante. El territorio pasa de ser naranja, plano y geométrico a convertirse en un espacio verde, fértil y lleno de vida. ¿Qué relación existe entre paisaje y mundo interior? ¿El cambio del territorio representa también una transformación emocional del personaje?
Sí. El paisaje es una expresión del mundo interior del Gigante y se transforma junto con él. En La búsqueda quería encontrar una manera precisa, delicada y, por qué no, hermosa de representar cómo puede sentirse una transformación emocional. El libro fue escrito durante mis años de migración, una experiencia que, para muchas personas, supone un profundo reto existencial.

En mi caso, significó también encontrarme con la depresión y la ansiedad. Por eso, cuando el paisaje comienza a cambiar, había también un deseo muy personal: la esperanza de que la rigidez y la dureza del mundo que yo estaba habitando pudieran, algún día, transformarse.El Gigante se permite experimentar y abrirse a aquello que encuentra en el camino, y tiene la fortuna de que ese encuentro con el mundo resulte cálido, acogedor y diferente de lo que conocía. El territorio responde a esa apertura: deja de ser plano, rígido y seco, y se vuelve fértil, verde y lleno de vida.

    El paisaje fue también la forma que encontré para contarles a las infancias que hay momentos en los que nuestras emociones pueden sentirse planas, duras, secas o difíciles, pero que también existen experiencias de calidez, tranquilidad, serenidad y cariño. La transformación del territorio no solo acompaña al personaje, hace visible su transformación interior.

    La búsqueda del “Gigante” comienza como una búsqueda de otro, pero termina produciendo algo que él no esperaba encontrar. ¿Te interesaba explorar la idea de que aquello que buscamos afuera puede terminar transformándonos por dentro? ¿Qué significa para ti buscar y qué lugar ocupa la búsqueda en tu propia experiencia como mujer y como escritora?
    Me interesaba especialmente explorar la posibilidad de conexión con la naturaleza. El Gigante comienza buscando a otro gigante, es decir, a “un igual”. Sin embargo, durante el camino descubre que los encuentros también son posibles con aquello que es distinto, incluso con lo no humano. Él es el único gigante y también la única persona que habita ese lugar; al principio no comprende que puede conectarse, conversar, establecer una relación y maravillarse con la naturaleza, con el espacio, los colores y los animales.

    Cuando escribí el libro me resultaba difícil conectar con personas de otra cultura, que hablaban otro idioma y tenían referentes sociales distintos a los míos. Una amiga muy querida, a quien le compartí esta sensación de desconexión, me sugirió intentar relacionarme también con el lugar que habitaba: con sus árboles, su cielo y su tierra. Vivía entonces en una ciudad junto al mar y, por primera vez, empecé a prestar verdadera atención al océano, a la arena y a la brisa.

    A partir de esa experiencia comprendí cuánto importa para mí aquello que me rodea. Desde entonces he procurado construir los espacios que habito como verdaderos hogares. El lugar en el que estoy, lo que veo, lo que me acompaña y la relación que establezco con ese entorno forman parte también de mi experiencia interior.

    Buscar, para mí, es incesante. Mi búsqueda aparece en el deseo de comprender dónde estoy, con qué y con quién puedo vincularme, y también quién voy siendo mientras recorro ese camino. Cuando escribo busco, sobre todo, una manera precisa de explicar lo que siento, sin que la experiencia permanezca únicamente como algo tormentoso o enredado. Escribir me ayuda a contarme a mí misma “cómo se siente”. En mi libro quise también compartir con quien lo lee algo de cómo se siente la desconexión de ser migrante y, al mismo tiempo, la posibilidad de encontrar nuevas formas de pertenencia.

    Hay una tensión muy poderosa entre movimiento e inmovilidad: el Gigante recorre el territorio hasta que decide construir una casa y encerrarse en una rutina, pero es precisamente cuando vuelve a salir que descubre que el mundo ha cambiado. ¿Qué significa para ti esa casa rodeada de muros? ¿Puede leerse como refugio, como protección o también como una forma de aislamiento?
    Antes de hablar de la casa, me gustaría señalar que el Gigante tiene algo de una persona que existió; no en su tamaño, por supuesto, sino en su relación con la rutina Yo, que suelo cansarme con

      facilidad de las rutinas, encontraba fascinante observar a alguien capaz de repetir durante años las mismas actividades casi sin modificarlas. Había algo en esa estabilidad que me resultaba, al mismo tiempo, sorprendente e inquietante.
      De allí nace, en parte, esa casa rodeada de muros. Para mí, representa claramente una forma de aislamiento. El Gigante construye un espacio cerrado y rutinario: esa casa de muros enormes es el hábito que no se mueve, la repetición que termina ocupándolo todo. Y, a medida que ese mundo se vuelve más pequeño y predecible, también se reduce su contacto con lo que ocurre afuera.

      Esa experiencia me resulta cercana porque viví algo parecido durante mi etapa como migrante. El aislamiento fue doloroso: me llevó a profundizar en sensaciones difíciles y a desconectarme de mis amigas y de mi familia. Al mismo tiempo, aislarse tenía una ganancia inmediata: evita el esfuerzo que implica relacionarse, exponerse, intentar pertenecer. Uno puede seguir viviendo, pero lo hace cada vez más hacia adentro.

      En mi caso, justamente en esa imposibilidad de encontrarme con los demás apareció un recurso poderoso: la escritura. Como estaba aislada, no me quedó más que volver hacia mí misma. Y, de una manera casi mágica, ese movimiento hacia adentro me permitió explorar mis emociones y empezar a ordenarlas a través de la palabra.

      El libro nace de una leyenda de Imbabura y convierte elementos muy concretos del territorio andino —las lagunas, los volcanes, los cultivos, el maíz, las montañas— en elementos de una historia fantástica. ¿Cómo fue tu proceso de llevar esa memoria territorial y cultural a la literatura infantil? ¿Qué querías preservar de ese paisaje y qué necesitabas transformar para convertirlo en ficción?
      El proceso implicó recuperar mi memoria infantil. Mi familia viene de Imbabura, así que escribir esta historia significó también volver a esas experiencias de la infancia. Recuerdo, por ejemplo, cómo mis tías, mientras mirábamos las inmensas montañas, nos preguntaban: “¿Qué color es ese?”. Si respondíamos simplemente “verde”, ellas precisaban: verde esmeralda, verde botella, verde agua. Esa manera tan cuidadosa de nombrar los colores hizo que, para mí, el paisaje de la sierra se convirtiera, desde muy pequeña, en un descubrimiento permanente, lleno de matices, de luces y de sombras.

      Quise conservar esa forma de mirar y compartirla con las niñas y los niños: invitarles a descubrir que el paisaje no es solamente un escenario, sino algo vivo que puede ser observado con atención y asombro. Por eso era importante preservar los animales, la laguna, el Imbabura, los cultivos y otros hitos concretos del territorio.

      La luna, en cambio, necesitaba transformarse para entrar plenamente en la ficción. Siempre ha tenido para mí una dimensión ligada al misterio y al descubrimiento, así que la convertí en un personaje fundamental: una presencia que guía al Gigante, entre la vigilia y el sueño, hasta llevarlo a conectarse profundamente con todo aquello que lo rodea. Y ese descubrimiento termina siendo también un reconocimiento de sí mismo, porque al final él comprende que no está separado de ese mundo: él también es naturaleza.

        Hay una frase implícita que atraviesa todo el libro: “¿Seré el único aquí?”. La pregunta del Gigante parece infantil, pero también tiene una dimensión profundamente humana: el miedo a estar solo, a no encontrar un lugar y a no ser reconocido por otros. ¿Desde qué inquietud personal nació esa pregunta y qué significa para ti hablar de la soledad desde la literatura para niños?
        Fui una niña profundamente tímida y sigo siendo una mujer bastante alejada de la extroversión. Durante la infancia y la adolescencia, además, experimenté mucha ansiedad social. “¿Seré la única así?” es, en realidad, la pregunta que está detrás de “¿Seré el único aquí?”. Era una pregunta que me hacía desde pequeña y que, en buena medida, se convierte en la pregunta del Gigante: ¿seré el único en esta condición?, ¿el único que se siente separado del mundo? Más adelante, esa pregunta volvió a aparecer con mucha fuerza durante mi experiencia migratoria. Migrar exige desarrollar habilidades sociales, enfrentar rechazos, construir nuevos vínculos y encontrar maneras de empezar una vida en un lugar desconocido. Para una persona como yo, todo eso implicaba un desafío enorme, y muchas veces reaparecía esa sensación de estar sola.

        Con el paso de los años comprendí que hay muchas personas tímidas y que la timidez, es un rasgo personal, sin un valor moral: no es buena ni mala. Esa comprensión fue importante para mí y era también algo que quería compartir con las infancias. Por eso, hablar de la soledad en la literatura infantil significa para mí poder nombrar una experiencia que también existe en la niñez. Los niños y las niñas también pueden sentirse diferentes, extraños o fuera de lugar. Me interesaba mostrar que aquello que una persona percibe en sí misma como raro, desagradable o que la separa de los demás puede convertirse, justamente, en un punto de encuentro.

        Nadie es tan distinto como a veces cree ser. Mi propia timidez me permite reconocerme en otras personas tímidas y conectar con ellas de una manera particular. Creo que algo semejante ocurre en la infancia: esos rasgos que, en algún momento, parecen alejarnos de los otros, tarde o temprano, nos ayudan a encontrar a nuestras personas, aquellas con quienes podemos sentirnos reconocidos sin juicio.

        En La búsqueda, la imaginación permite que el Gigante vuelva a mirar un mundo que creía conocido y descubra que en realidad todavía tenía mucho por encontrar. ¿Qué lugar ocupa la imaginación en tu manera de entender la literatura y, particularmente, en tu escritura para niñas y niños? ¿Qué posibilidades crees que abre la literatura para mirar de otra manera aquello que creemos conocer?
        Creo que esta pregunta me hace retomar algo de la anterior. Junto con mi timidez, me recuerdo también como una niña fantasiosa y creativa, que habitaba con mucha naturalidad ese territorio intermedio entre la realidad y la ficción. Esa posibilidad de releer lo cotidiano desde la magia me parece una de las características más preciosas de lo infantil.

        A los adultos que seguimos creyendo en la magia, a veces se nos mira como esotéricos, pero yo prefiero pensar que conservamos una disposición imaginativa. Para escribir este libro tuve que volver justamente a ese lugar, es decir, a recuperar la niña que fui y preguntarme qué cosas alimentaban entonces mi mundo. Volvieron mis recuerdos familiares, mis tías en Imbabura, mi timidez, pero también aquello que me producía una alegría enorme: imaginar.

        Todo eso terminó entrando en la escritura. De alguna manera, el libro se construyó como un puente entre la mujer que soy y la niña que fui. Y creo que, al recuperar esa parte de mí, también encontré una forma de acercarme a quienes leen desde ese mismo territorio en el que lo real y lo fantástico todavía pueden convivir sin conflicto.

        Pienso que esto adquiere una fuerza especial durante los primeros años de vida, las emociones pueden sentirse enormes, inmediatas, incluso difíciles de reconocer; toman el cuerpo, irrumpen y demandan, cuando todavía no existen suficientes palabras para comprenderlas. La literatura puede ofrecer algunas de esas palabras. Puede dar forma a una experiencia sin reducirla y permitir que una niña o un niño encuentre algo de sí mismo en una historia.

          Para cerrar, quisiera llevarte fuera del libro y preguntarte desde tu experiencia personal: ¿qué significa para ti ser una mujer escritora en Ecuador? ¿Qué dificultades, resistencias o posibilidades has encontrado en ese camino, y qué mensaje te gustaría dejar a otras mujeres que quieren escribir y ocupar un lugar con su propia voz en la literatura ecuatoriana?
          Escribo para entender mi vacío, mi tristeza, mi dolor, mis relaciones, el amor, el romance, mi pasión, mis sueños y mis encuentros. Escribo para ordenar mi mundo interno, para que deje de presentarse ante mí como algo completamente desbordado. En ese sentido, mi escritura tiene mucho de terapéutico. Cuando fui migrante, mi mundo interno no solo era caótico, era además una pesadilla. Yo tengo un conjuro para que los malos sueños no se cumplan: contarlos en voz alta. Y, de alguna manera, así nació también este libro. Es un libro viajero, migrante, escrito en otras tierras y publicado después a mucha distancia de los lugares donde empezó a tomar forma.

          Por eso me cuesta hablar con demasiada autoridad sobre las resistencias o las posibilidades de ser mujer escritora en Ecuador. Tengo todavía poca experiencia en ese ámbito. En mi caso, la escritura ha sido sobre todo un territorio de posibilidad: una experiencia íntima que, algunas veces, ha tenido la suerte de encontrar lectores y lectoras que se conectan con lo que escribo. Sí tengo, sin embargo, un deseo pendiente: me encantaría compartir más con grupos de escritoras, conocer esos espacios. No sé si existen y yo todavía no los he encontrado, o si quizá no son tan visibles como otros círculos. Tal vez ahí, tenga una dificultad: encontrar comunidad, saber dónde están las otras y construir espacios donde nuestras voces puedan circular y acompañarse. Y si pudiera compartir algo con otras mujeres que quieran escribir, sería algo muy sencillo: atreverse a “poner la palabra”. Creer que nuestra voz tiene valor por sí misma y que aquello que sentimos también merece ser dicho.

          Yo he descubierto que una experiencia de pérdida puede reorganizarse a través de la escritura, y pienso que muchas otras experiencias también pueden hacerlo. Escribir nos da la posibilidad de contarnos nuestro propio mundo, de ponerle palabras desde nosotras mismas, sin esperar necesariamente a que otros lo expliquen por nosotras.

            Shirley Andrade (Quito- Ecuador, 1987) es psicóloga y escritora de cuentos. En 2010, dos de sus micro cuentos fueron publicados en el libro MicroQuito 1, del Primer Concurso de Microcuentos de la Ciudad de Quito-Ecuador. En 2018 publicó el poema Solicitándonos como parte de la Antología de Poemas Amor a Distancia en la Editorial Liberoamérica, y en el 2020 el cuento El abuelo que comía golosinas, editado como audio cuento por Seguros del Pichincha, como quinto ganador del Concurso Cuéntame un Cuento. Es autora del libro infantil La búsqueda, ilustrado por Nicoletta Bertelle, Editorial Oso Melero, 2022, y del cuento Huéspedes, Revista Anapoyesis, México, 2022.

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            Sara Montaño Escobar (Ecuador, Loja, 1989). Licenciada en psicología general. Becada en la maestría de investigación en literatura con mención en Escritura Creativa de la Universidad Andina Simón Bolívar. Editora y coordinadora de Editorial Unicornias. Ha obtenido uno de los premios de poesía organizado por Casa Editorial del Municipio de Cuenca (Ecuador, 2021), segundo premio en poesía en el concurso literario internacional Carlos Giménez (España, 2021) y dos menciones de honor en el concurso de poesía Ileana Espinel Cedeño (Ecuador, 2019-2021). En el ámbito cultural, su taller “Clínica de poesía: Píldoras de poesía en la arena del cuerpo” fue seleccionado como uno de los proyectos ganadores de la Escuela del Festival Internacional de Artes Vivas (Instituto Ecuatoriano del Fomento y la Creatividad, Ecuador, 2021) y fue seleccionada en la residencia Virtual Atelier Poético (Organización de Estados Iberoamericanos, 2022). Ha publicado el poemario Enseñanzas (Liberoamérica, Argentina, 2019), Conversaciones Nocturnas con la Sombra de mi Madre (Editorial Perniciosa, Argentina, 2019), la Impúdica Humanidad de lo Sagrado (Casa de la Cultura de Loja, 2021) y Mi perro no lee mis poemas (Editorial de Casa de la Cultura del Azuay, Ecuador, 2022). Redactora de la organización internacional La Ninfa Eco. Coordinadora del performance “Historia de mujeres: poesía, danza y música” (Loja, teatro Bolívar, 2021), coautora de la obra teatral “Mujeres lunares” (Colectiva Juntas somos resistencia, 2021). Forma parte de antologías nacionales e internacionales como: Barrenetik Zulatzen Zaitut-8 Ahots Itsasertzetik (España, 2021), Liberoamericanas, ochenta poetas contemporáneas (Argentina y España, 2019), Alas Púrpuras (El Ángel Editor, Ecuador, 2019), Exilios y Otros Desarraigos (Letralia, 2019), Sensaciones Oníricas (Ecuador, Municipio de Loja, 2018), Confesionario Poético (Editorial Universidad Técnica Particular de Loja, 2019). Publicada en varias revistas nacionales e internacionales entre las que se destacan La Raíz Invertida, Elipsis, Nueva York Poetry Review, Círculo de poesía, Digo palabra, Extrañas noches, El Guardatextos, Lemiaunoir y Palabrar. Organizadora del Festival Poético Onírico Internacional. Organiza recitales locales y online. Ha realizado de manera independiente talleres de escritura terapéutica, creativa, y elaboración de cuentos y personajes. Invitada a la Feria del libro de Quito, Festival Ileana Espinel Cedeño, Paralelo cero, Poesía de Fredonia, entre otros. Sus poemas han sido traducidos al euskera y al italiano.