Gustavo Rodríguez: «El hombre público que mencionas es un personaje que he creado lenta y minuciosamente.»

0
36

Gustavo Rodríguez. Es escritor, creador de podcasts y ganador del Premio Alfaguara 2023. Fue publicista, pero, sobre todo, lleva muchos años contando historias que pueden hacernos reír, incomodarnos, conmovernos y, a veces, reconocernos en ellas. Agradecemos el tiempo que nos concedes para esta entrevista. Hay escritores que construyen personajes para hablar del mundo. Y hay otros que, casi sin darse cuenta, van dejando pequeñas partes de sí mismos en aquello que escriben. En tu caso, esa frontera entre lo que vives, lo que recuerdas y lo que imaginas parece bastante difusa. La memoria, la familia, el humor, la paternidad, el paso del tiempo y la muerte aparecen una y otra vez en tus historias, pero también forman parte de la manera en que has ido contando la tuya.Y quizá por eso quisiera empezar justamente por ahí: por la historia que vive detrás.

Muchos de nosotros nos pasamos la vida tratando de descubrir quiénes somos. Y quizá escribir también sea una forma de contarnos, una y otra vez, quién creemos ser. ¿Qué historia sobre ti has contado tantas veces que ya no sabes cuánto tiene de recuerdo y cuánto de invención?
Todo humano es una ficción bípeda, así que no hace falta ser un escritor para tener las zonas ambiguas que mencionas. Pero entiendo que en los escritores sí queda un registro. En mi caso, imagino que la historia que más he contado sobre mí —y que, por lo tanto, más puede haber tergivesado mi memoria— es cómo me convertí en escritor, lo que equivale a erigir una gran columna de mi identidad. La chiquilla que me leía cuentos a mis cuatro años, mi timidez observadora, el profesor que me dio ánimos en primaria… ¿todo eso ocurrió como lo recuerdo? ¿Y se concatenó para que décadas después me sentara a escribir? No importa, finalmente. Lo que importa es que le da sentido a mi vida, tal como le ocurre lo propio a cada persona que nos rodea.

El humor estuvo contigo mucho antes de llegar a tus libros. Has llegado a decir que era una forma de acercarte a las personas. ¿Qué puede hacer la risa entre dos personas que a veces no consiguen hacer las palabras?
Siempre pienso: “dime que tanto ríes con tu pareja, y te diré cuánto durarán”. La risa es un aspecto infravalorado de nuestra sociedad actual. No solo es el camino más corto para que dos sensibilidades se reconozcan y creen complicidad: creo que el humor aporta salud mental en sociedades cada vez más estresadas.

Crédito de la foto: Carol Harrison

Si ese niño tímido pudiera asomarse por una ventana y ver al hombre de hoy, que viaja por el mundo dando entrevistas y presentando libros, ¿qué crees que le sorprendería más: haberse convertido en un escritor de fama internacional o haberse atrevido a mostrarse tanto como para hacer un podcast y luego escribir “Machista con hijas”?
¿Famoso?, qué va, esa es una exageración. Más que haberme atrevido tanto a hacer confesiones, me sorprendería que esos pensamientos y ocurrencias íntimas que se suelen circunscribir a mi cabeza hayan encontrado acogida entre personas tan ajenas a mi entorno. Basta con que hoy exista un lector en Grecia, uno solo, que se emocione con un personaje que me inspiró un ser querido, para que el niño que fui —o que soy— se sorprenda. Pero para eso, repito, no es necesario ser famoso. Basta la fortuna de que un texto tuyo haya viajado por los canales adecuados.

En varias de tus novelas, algunos personajes parecen acercarse a zonas muy personales. ¿En qué momento un personaje deja de ser una invención y empieza a decirte cosas sobre ti que preferirías no saber? Y, si la ficción también puede ser un espejo, ¿qué personaje se parece más a ti y cuál representa todo aquello que no quisieras ser?
Un personaje se va convirtiendo en alter ego cuando el escritor se empieza a preguntar si no debería moderarlo. En mi caso, el temor al ridículo siempre está ahí; el truco que a mí me ha servido para no censurarme es doblar la apuesta y crearle a mis personajes escenas más tragicómicas y patéticas que las que recuerdo. Quizá el personaje de mis novelas que más se parece a mí sea el narrador de “Treinta kilómetros a la medianoche” y de “Mamita”. No en vano ambos libros se complementan. Y no en vano ambos personajes provocan bastante vergüenza a ratos.

En “Treinta kilómetros a la medianoche”, un padre recibe una llamada que ningún padre quisiera recibir. El miedo atraviesa esa historia, pero también aparece de distintas formas en otros de tus libros. ¿Escribes para entender tus miedos o para conseguir que dejen de tener poder sobre ti?
Me parece que ambas razones son válidas y complementarias. Es probable que cuando uno ventile sus miedos y los entienda al menos de forma intelectual, se abra el camino a que ellos dejen de ejercer demasiada tiranía sobre uno. Es probable, por eso, que después de tanto haber escrito  sobre la muerte de nuestros mayores en mis últimas dos novelas, ya esté más preparado para la muerte de mi madre. O eso espero. Luego, solo me tocaría el proceso de completar mi tranquilidad sobre mi propia muerte.

Has comentado que “Cien cuyes” nació como un homenaje y también como una forma de acompañar a Jack Harrison durante su vejez y su camino hacia la muerte. Cuando terminaste de escribir esa historia, ¿qué descubriste que no habías ido a buscar?
Lo que más me sorprendió descubrir no ocurrió al terminar de escribir la historia, sino al recibir los comentarios de los lectores: que en varias familias había algún tipo de Eufrasia Vela que ayudó a una madre o a un padre a acabar con su sufrimiento. Es lo que ocurre cuando un estado se niega a legislar y a proveer un servicio necesario: la población busca sus soluciones.

“Mamita” comenzó muchos años antes de convertirse en el libro que finalmente escribiste. Hubo un primer intento que abandonaste y una historia a la que regresaste después. ¿Qué tuvo que cambiar en ti para que finalmente pudieras escribirla?
Tuve que convertirme en mejor escritor, sencillamente. En alguien que pudiera ser afectuoso con las figuras de su familia y, a la vez, crítico con los mitos que nos otorgan identidad. Y, además, persuasivo y entretenido. Pero creo que te estoy mintiendo al hacer pasar por destreza lo que en verdad fue desesperación. En verdad, tuvo que cambiar mi percepción del tiempo que me quedaba para escribirla: si mi objetivo era que mi madre, cada vez más anciana, leyera esta novela que explica su identidad familiar, pues tenía que poner a punto mi destreza lo antes posible.

En “Mamita” te encontraste con una historia familiar hecha de recuerdos, silencios y versiones diferentes. ¿Qué haces cuando descubres que la verdad de tu familia no coincide con la historia que aprendiste a querer? ¿Alguna vez sentiste que, para contarla, tenías que dejar de ser hijo por un momento?
No una vez, sino muchas veces. Porque un escritor no se debe a su familia, sino a sus propias tripas. Si vas a pensar en cómo quedar mejor con tu hermano o con tus padres mientras escribes, pues lo más aconsejable sería dedicarse a otra cosa.

Después de escribir una historia familiar tan personal, ¿sentiste que habías encontrado alguna respuesta, o que simplemente habías aprendido a convivir mejor con las preguntas?
Qué bonita forma de preguntar. Digamos que confirmé varias nociones que ya asumía tener. Por ejemplo, cómo fue mutando desde mi niñez la veneración por mi abuelo mitificado hacia una admiración por las anónimas mujeres que me contaron de él. Otra noción: que pueda haber injusticia en el acto de juzgar las conductas de nuestros antepasados con los parámetros morales que hoy nos son normales.

Has hablado del humor como una forma de acercarte a los demás, pero también de cómo las personas construimos caparazones para protegernos. En tu caso, ¿el humor ha sido más un caparazón para protegerte o una forma de dejar que los demás se acerquen?
El humor quizá ha sido más un distractor, para evitar que los demás entren en mi territorio doloroso.

Has pasado de escribir en privado a exponerte cada vez más: entrevistas, podcasts, redes, presentaciones, conversaciones públicas. ¿Qué parte de ese hombre público disfruta finalmente de ser visto y qué parte todavía está buscando dónde esconderse?
El hombre público que mencionas es un personaje que he creado lenta y minuciosamente: es él quien disfruta esas entrevistas, o responderte ahora mismo, por ejemplo. El Rodríguez privado no puede entrar a una reunión social con gente que desconoce sin antes tomarse un whisky.

Fuiste publicista durante muchos años. En la publicidad aprendiste a construir ideas capaces de quedarse en la cabeza de alguien; en la literatura, en cambio, dices que prefieres instalar preguntas y dudas. ¿Qué te enseñó la publicidad que todavía no has conseguido quitarte de encima cuando escribes?
A estas alturas, después de tantos años de escritura literaria, creo que de la época en que escribía publicidad ya no me quedan lastres, sino beneficios. Haber entrenado a mi mente durante aquellos años a relacionar ideas con rapidez es algo bueno que le pasó a mi curiosidad natural y a mi amor por la lectura.

¿Qué historia de tu vida todavía no has podido convertir en literatura porque, quizá, todavía te importa demasiado?
No lo sé aún. Pero si me importa demasiado, y vivo lo suficiente, seguramente escribiré sobre ella.

Gustavo Rodríguez (Perú, 1968) Ha publicado varias novelas, entre ellas: “La furia de Aquiles”, “La risa de tu madre” (una de las finalista del Premio Herralde), “La semana tiene siete mujeres” (una de las finalistas del Premio Planeta-Casamérica), “Te escribí mañana”, “Madrugada”, “Treinta kilómetros a la medianoche”, “Cien cuyes” (Premio Alfaguara 2023 y English PEN Award 2026) y “Mamita”. Ha publicado cuentos en el volumen “Trece mentiras cortas”, además de libros infantiles y juveniles que se leen en las escuelas, como la saga “Juan Chichones”. Su pódcast “Machista con hijas” —que cuenta con un libro homónimo— ha tenido un marcado éxito en Iberoamérica. Como comunicador ha obtenido más de cien premios a la creatividad en su país y en el extranjero. Actualmente edita el portal Jugo.pe

Crédito de la foto: Mario Colón

Facebook Comments Box
Previous articleSexta temporada de Terk@s: Grupo de Cine y Literatura
Gisella Ballabeni (Perú, 1975) Directora de La Ninfa Eco Org. Comunicadora, escritora y gestora de proyectos culturales. Ha publicado poesía y narrativa en diversas antologías nacionales e internacionales, y es autora del poemario “El tiempo suspendido entre tus manos”. Su trabajo ha sido presentado en proyectos literarios internacionales y fue invitada al encuentro académico y literario Spanish and Latin American Voices in Oxford de la University of Oxford. A través de la literatura, la comunicación y la gestión cultural, ha impulsado espacios de encuentro, reflexión y creación para lectores y escritores de distintos países, integrando la lectura, la conversación y la escritura como herramientas para explorar historias y nuevas formas de mirar el mundo.