Entrevista a José Donayre Hoefken
José Donayre Hoefken es escritor, editor, investigador y antologador. Pero, sobre todo, es un lector minucioso. Alguien que busca entre archivos, librerías y libros olvidados historias que todavía tienen algo que decir.
Esa búsqueda está también detrás de Historias subyugantes, un libro que reúne relatos que recuperan el misterio, el horror y esa inquietud que permanece cuando una historia termina. Un trabajo que nace de años de lectura, investigación y del deseo de volver a poner frente a nuevos lectores textos que todavía pueden sorprendernos.
Con José conversamos sobre sus múltiples oficios, los libros que cambiaron su manera de leer, los autores que considera necesario volver a mirar y sobre aquello que hace que una historia siga viva con el paso del tiempo.
José, al recorrer tu obra hay algo que llama la atención. Has publicado novelas, cuentos y antologías muy distintas entre sí y, sin embargo, todas parecen partir de una misma intuición: que la realidad es más compleja, claustrofóbica y misteriosa de lo que queremos creer.
Considero que la realidad se filtra por la memoria, el lenguaje, los prejuicios, los deseos. Lo que llamamos realidad es solo una versión provisional del mundo. La literatura tiene la posibilidad de quebrar esa apariencia y mostrarnos que debajo de lo cotidiano existe otra lógica, un sustrato menos visible y quizá más verdadero o legítimo. Considero que uno escribe para inventar mundos distintos, pero sobre todo para revelar la extrañeza del nuestro.
Cuando uno revisa tu trayectoria, encuentra a un escritor, un editor, un investigador y un antologador. Si tuvieras que elegir una sola palabra para definir tu relación con la literatura y los libros, ¿cuál sería?
Equilibrista. Sucede que mi relación con la literatura siempre ha consistido en mantener un delicado equilibrio entre oficios que parecen incompatibles. El escritor necesita dejarse sorprender o asombrar; el editor exige rigor y distancia crítica; el investigador demanda paciencia y fidelidad a los documentos; el antologador procura escuchar muchas voces antes que imponer la propia. Cada uno de esos roles tiende a «dar codazos» a los otros, y mi trabajo ha consistido precisamente en impedir que alguno termine dominando. Como un equilibrista de circo, avanzo por la cuerda sabiendo que nunca se alcanza un equilibrio definitivo, y que debajo de mí no hay una red, sino solo telarañas.
Por tu trayectoria, pasas mucho tiempo metido en archivos desenterrando relatos de terror del siglo pasado, pero luego te sientas a escribir horror actual. ¿Cómo haces para que la mentalidad del investigador no contamine al narrador de hoy?
En realidad sí contamina, pero en un buen sentido. Los archivos demuestran que casi todo ya fue imaginado y escrito por alguien. Lo importante no es buscar la originalidad absoluta, el asunto consiste en descubrir una mirada propia. Cuando escribo, intento olvidar datos y conservar solo la atmósfera. El investigador acumula información, mientras que el narrador necesita transformarla en experiencia.
En tu caso, pareciera que las historias terminan encontrándote mientras lees. ¿Cómo sabes que un autor olvidado merece volver a ser leído o, mejor dicho, ser leído desde otra perspectiva?
Cuando un texto sigue produciendo preguntas o despertando dudas. Hay libros que envejecen porque respondían solo a su época, pero hay otros que continúan bombeando sangre, activando músculos, aguijoneando los nervios de los lectores. Un autor dejado de lado por un grupúsculo de críticos o una autora invisibilizada por un mal ejercicio de académicos merece resucitar literariamente cuando todavía es capaz de incomodar nuestro presente. No me interesa rescatar libros por nostalgia, apuesto por los que aún dialogan con nosotros.
Durante mucho tiempo el realismo social ocupó un lugar central en la literatura peruana. ¿Por qué crees que ha costado tanto reconocer que el terror y lo fantástico también pueden decir algo esencial sobre el país?
Porque durante décadas confundimos realismo con verdad. El miedo, como lo podría afirmar cualquier científico social, también forma parte de la experiencia histórica de un país. Lo fantástico no niega la realidad, solo que la interpreta desde otro lugar o enfoque. En sociedades marcadas por la violencia, la desigualdad y la memoria fragmentada, como ocurre en nuestro país, muchas veces el horror expresa aquello que el discurso racional ya no alcanza a nombrar.
Sueles decir que la literatura debe sugerir e insinuar. Sin embargo, si se insinúa demasiado, el lector puede perder el hilo y si se explica todo, se pierde el misterio. ¿Dónde está el límite para saber que ya se insinuó suficiente o que todavía falta decir algo?
Me parece que ese límite no se halla en el texto, quizá se encuentra en la confianza que el escritor deposita en el lector por medio del llamado pacto ficcional. Escribir consiste en administrar la información como quien regula la luz de una habitación. No todo debe quedar iluminado; hacerlo es subestimar al lector, considerarlo poco capaz o incompetente. Explicar demasiado, reiterar información, abundar en lo que ya está suficientemente claro en una imagen, episodio o diálogo es arruinar el ejercicio literario o de escritura creativa. Si el lector participa completando los espacios vacíos, la historia sigue creciendo incluso después de terminar el libro.
Por experiencia propia, sé que eres un lector muy particular. Muchas veces hablamos de escritores que influyen en otros escritores. Pero pocas veces hablamos de lectores que cambian nuestra manera de leer. ¿Quiénes han sido esos lectores o críticos que más han influido en ti?
He aprendido mucho conversando con lectores atentos más que con críticos profesionales o docentes con fama de iluminados. Personas capaces de detectar una resonancia, una omisión o un símbolo que pasaron inadvertidos a todo un protocolo de corrección, revisión, cotejo y cuidado de la edición. También me han influido ciertos ensayistas cuya manera de leer es, en sí misma, un acto creativo. La crítica más valiosa no clausura o destruye un texto: lo abre, lo amplifica, lo complejiza.
¿Recuerdas el libro que cambió tu forma de leer más que tu forma de escribir?
Quizá Nocturno hindú de Antonio Tabucchi. De alguna manera me enseñó que leer también podía ser una forma de extraviarse. Después de Tabucchi comprendí que la lectura modifica nuestra relación con el misterio, la incertidumbre, el caos. Hay libros que no aclaran el mundo: lo vuelven más complejo y justo por eso permanecen con nosotros. Ya no volvemos de un libro siendo exactamente los mismos; algo en nuestra percepción queda de lado para siempre. Pero también podría decir casi lo mismo de El extranjero de Albert Camus, de Los ríos profundos de José María Arguedas, de El cuerpo de Giulia-no de Jorge Eduardo Eielson, La metamorfosis de Franz Kafka y de La conciencia del límite último de Carlos Calderón Fajardo.
Hay libros que llegan en el momento exacto y otros que necesitan esperar décadas. ¿Crees que “Historias subyugantes” podía haberse publicado hace veinte años o necesitaba el recorrido que has tenido como lector y editor?
Necesitaba todo ese recorrido. No solo por las lecturas realizadas, también porque exigía paciencia. Un libro como “Historias subyugantes” o “Tres joyas del terror doméstico victoriano” —antología que reúne sendos relatos de Charlotte Perkins Gilman (Estados Unidos), Elizabeth Gaskell (Inglaterra) y S. Carleton (Canadá), que han sido traducidos al español por la chilena Ana Zurita y que pronto entrará a imprenta— depende de muchas búsquedas, de archivos dispersos y de intuiciones que tardan años en confirmarse. Hay libros que uno elabora; otros, en cambio, se articulan lentamente a través de uno.
Después de tantos años leyendo y escribiendo, ¿hay algo que antes pensabas sobre la literatura y que hoy ves de una manera completamente distinta?
Antes pensaba que la literatura consistía en encontrar respuestas, rutas, revelaciones. Ahora creo que su función es formular mejores preguntas. Las certezas envejecen muy rápido; las grandes interrogantes, en cambio, suelen sobrevivir a sus autores.
Después de tantos años escribiendo, ¿qué sigue haciendo que valga la pena sentarse frente a una página en blanco?
La posibilidad de descubrir algo que todavía no sabía sobre mí o sobre el mundo. Si al terminar un texto soy exactamente la misma persona que comenzó a escribirlo, concluyo que ese texto ha fracasado.
Mirando al futuro como tú escrudiñas el pasado. Si dentro de cincuenta años un estudiante quisiera entender la literatura peruana, ¿qué libro pondrías en sus manos y por qué?
Mañana las ratas de José B. Adolph, una novela que demuestra que la literatura peruana nunca estuvo confinada al realismo, aunque durante mucho tiempo esa haya sido la imagen predominante. Adolph entendió que la ciencia ficción no consiste en adivinar el futuro, más bien en examinar el presente desde una distancia crítica. En Mañana las ratas hay poder, desigualdad, tecnología, exclusión y miedo, es decir, problemas profundamente peruanos y, al mismo tiempo, universales. Si dentro de cincuenta años alguien quisiera comprender nuestra literatura, me gustaría que empezara por un libro que rompió las fronteras de los géneros y nos recordó que la imaginación también puede
ser una forma rigurosa de conocimiento.
Por último, si alguien entrara hoy a tu biblioteca, ¿qué descubriría de José Donayre que no aparece en ninguna biografía?
Un cachinero. Más que un coleccionista, alguien que disfrutaba buscando libros donde casi nadie lo haría. Mi biblioteca no está construida a partir de primeras ediciones o ejemplares valiosos, sino de hallazgos. Hay libros comprados en mercados de pulgas, librerías de viejo, saldos de Monterrey y Metro. Varios fueron robados y heredados. Una buena cantidad me los han regalado (o prestado y nunca devueltos), o son fruto de trueques. Muchos llegaron a mis manos por azar y terminaron cambiando el rumbo de una investigación, una antología o un cuento. Mi biblioteca se desparrama, tiene tentáculos que llegan literalmente hasta debajo de mi cama. Creo que una biblioteca también
es una autobiografía de las búsquedas. Si alguien la recorriera con atención en su caos y desborde, descubriría que disfruto tanto encontrando un libro desconocido como hojeándolo o leyéndolo.

José Donayre Hoefken (Perú, 1966) Estudió literatura y lingüística en la PUCP. Es autor de aproximadamente treinta títulos, entre ellos los libros de relatos «Entre dos eclipses» (2001), «Horno de reverbero» (2007), «Ars brevis» (2008), «Haruhiko & Ginebra» (2009) y «Paisaje punk» (2017), las novelas «La fabulosa máquina del sueño» (1999), «La trama de las Moiras» (2003), «La descarnación del verbo» (2011) y «Doble de vampiro» (2012), y las novelas gráficas «Tinieblas de ultratumba» (ganadora del Premio Luces, 2016) y «Qispi
kay!» (nominada al Premio Luces, 2021). Además, se ha encargado de diversas compilaciones, entre ellas «Horrendos y fascinantes. Antología de cuentos peruanos sobre monstruos (2014), «Ultraviolentos. Antología del cuento sádico en el Perú» (2014), «Se vende marcianos. Muestra de relatos de ciencia ficción peruana» (2015), «¡Arriba las manos! Muestra del relato policial en el Perú»
(2016), «Sexo al cubo. Veintisiete relatos sobre la sexualidad femenina en el Perú escritos por mujeres (2017), «Mario y los escribidores. Veintisiete relatos vargasllosianos» (2019) e «Historias subyugantes. Antología de ficción decadentista peruana (2026). Ha sido seleccionado en diversas antologías nacionales y extranjeras, como «El cuento peruano 2001-2010» (selección y prólogo de Ricardo González Vigil, Lima, 2013), «Latinoamérica en breve» (selección y prólogo de Sergio Gaut Vel Hartman, México DF, 2016), «Mas allá de lo real. Antología del cuento fantástico peruano del
siglo XXI» (estudio y selección de Elton Honores, Lima, 2018) y «Herederos de dos culturas» (edición y prólogo de Mariano Villarreal, Cádiz, 2023). Entre 2018 y 2023, ha ganado en seis ocasiones concursos para la cultura convocados por el Ministerio de Cultura. Dirige el sello
independiente Maquinaciones, y el Proyecto Cafca, una residencia para la creación literaria en la selva central peruana. Es investigador del Centro Peruano de Estudios Culturales y miembro fundador de la Federación de Editoriales Independientes del Perú.





