Ania Málaga, novel poeta, acaba de presentar su primer poemario, Nunca fui un refugio (Editorial Maquinaciones, Perú, 2026). Hay dos frases de este libro que parecen atravesar el corazón de la obra: “A todos los lugares que intenté convertir en refugio” y “Language falters.” El lenguaje falla.

Da la impresión de que Nunca fui un refugio se mueve justo en ese quiebre. Una y otra vez se pregunta qué hacemos los seres humanos cuando intentamos encontrar un lugar donde sentirnos a salvo, y descubrimos que aquello que habíamos convertido en refugio también puede dejar de serlo. 

En ‘La poética del espacio’, Gaston Bachelard explica cómo cargamos de intimidad y protección los lugares que habitamos, desde una casa entera hasta un rincón cualquiera. Con las personas hacemos algo parecido: convertimos a alguien en hogar, volvemos memoria un sitio físico y nos quedamos a vivir en los recuerdos incluso cuando ya no estamos allí. Pero Málaga empieza desde el momento en que ese refugio deja de funcionar. Y hay una diferencia que me parece muy importante señalar:

Ella no dice: “A todos los refugios que encontré.” 
Ella dice: “A todos los lugares que intenté convertir en refugio.” 

El refugio, entonces, no estaba necesariamente allí. Nosotros lo construimos, lo proyectamos sobre un cuerpo, una relación o una creencia, hasta que algo se quiebra y nos deja caer. Por eso, cuando hacia el final leemos que “no todos los lugares están hechos para ser habitados”, uno entiende que ya no habla solo de lugares, sino de todo aquello que alguna vez quisimos llamar hogar y dejó de sostenernos. 

Y el lenguaje falla. Pero antes de llegar al lenguaje, hay un lugar donde todo esto ocurre: el cuerpo. En este libro el cuerpo nunca es un adorno; es territorio, memoria, deseo y herida. 

En ‘Bartender’, por ejemplo, el deseo aparece directamente sobre el cuerpo: “Dices que extrañas mis caderas, / mis labios, / la forma en que tu nombre se desliza en mi lengua, / marcando el ritmo.”

Es una imagen potente: el nombre del otro no se pronuncia, sino que se desliza en la lengua. Ahí la lengua es, al mismo tiempo, parte del cuerpo y herramienta del lenguaje. 

Entonces, el lenguaje antes de fallar toca, recuerda y desea. 

Con Safo, por ejemplo, el deseo se reconoce primero en el cuerpo antes que en las palabras. En Málaga ocurre algo parecido. El deseo no se explica; se manifiesta. Y quizás por eso el cuerpo tiene tanta importancia en este libro. Cuando las palabras no alcanzan, habla la piel, hablan las manos, las caderas, la boca, la sangre. 

En “Comunión”, escribe: “Me toco la muñeca / para sentir la sangre insistir dentro de mí, / cálida, animal, / negándose al recipiente vacío.”

El cuerpo nos sostiene vivos, sí, pero también es el archivo donde se guardan las ausencias. Quizás por eso el libro resulta tan físico: Málaga no intenta sacar el dolor del cuerpo para explicarlo. Lo deja allí y escribe desde ese lugar.  Pero el cuerpo también puede convertirse en territorio conquistado por otro. En ‘Caníbales’ encontramos: “Enfermiza y hambrienta de tierras ajenas, / ególatra y depredador de mis propias condenas. / Dos hienas riendo sobre mis huesos, / dos buitres disputándose mis restos.”

El amor deja de parecer refugio y empieza a parecerse a una forma de depredación. El cuerpo se convierte en territorio. Y el poema termina desplazando todavía más esa idea: “Y así aprendí que, en el campo de guerra, / yo también era enemigo.” Esa frase rompe con una lectura sencilla de víctima y victimario. Málaga no busca víctimas puras; entiende que nosotros también participamos de la violencia que nos destruye. El enemigo no siempre está enfrente; a veces duerme con nosotros o habita adentro. 

Y esa es una característica que define buena parte del libro: no intenta resolver esas tensiones, las deja convivir. Incluso la religión puede ofrecer un lenguaje para lo sagrado y lo profano al mismo tiempo. 

En ‘Herejía’, escribe: “No creyente torturada, / devota de la naturaleza…”

Y en ‘Comunión’ vuelve a utilizar un lenguaje religioso, pero lo lleva directamente al cuerpo, a la sangre, al pulso.

En San Juan de la Cruz el lenguaje del deseo amoroso y el de la fe se confunden.  Pero en este libro ocurre algo distinto, aquí el lenguaje religioso parece descender hacia lo corporal, lo animal, hacia aquello que nos recuerda que estamos vivos. 

Y la pérdida no siempre termina en vacío. A veces cambia de forma.

En ‘Gardenias & magnolias’, una pérdida se transforma en jardín: “Sembraste semillas, fértiles / para un suelo tan estéril de vida; / las recojo con cuidado, / sembrando un jardín que lleva tu nombre: / gardenias y magnolias brotando desde la tierra…”

La persona no vuelve; muta. Y esto nos acerca a otro tema del libro: la memoria. La memoria en Nunca fui un refugio tampoco es un lugar tranquilo. En ‘Azul’, Málaga escribe: “Guardo tu recuerdo en mis uñas azules.”

Ya no se trata solamente de recordar a alguien. Se trata de llevarlo dentro. La persona ausente sigue ocupando un espacio físico en nosotros. Aparece entonces otra paradoja: queremos olvidar para poder seguir viviendo, pero olvidar también puede sentirse como perder nuevamente a quien ya perdimos. Por eso la memoria tampoco salva. Puede conservar, pero no puede devolver. 

En ‘Rito fúnebre’, la poeta nos coloca frente a un ataúd, flores blancas, ropa usada, objetos dispersos: fragmentos de una existencia que permanece cuando la persona ya no está. ¿Qué hacemos con todo aquello que permanece cuando alguien ya no está? 

Quizás escribimos: un nombre puede quedar en un poema, una palabra sobrevive a una persona, una experiencia pasa del cuerpo a la palabra y una palabra pasa de una lengua a otra. 

La imposibilidad de decirlo todo no es solamente un tema del libro; también forma parte de su estructura. Porque hay otra decisión del libro que no podemos pasar por alto: Málaga escribe en inglés y en español, y no se limita a traducirse. Entre una versión y otra hay pequeños desplazamientos en donde las imágenes y las palabras adquieren otro peso. Y ese desplazamiento se puede ver en varios momentos del libro. En ‘Criatura’, por ejemplo leemos en inglés: “Sweet girl of moon dust Earthbound, / Born under cancer skies // Water child Of liquid smooth current / Unconscious and frail”. 

Mientras que en español aparece: “Oliva, rizos y miel / Niña dulce de polvo lunar Atada a la tierra, / Nacida bajo cielos de Cáncer / Hija del agua, de corriente líquida y suave, / inconsciente y frágil”

“Water child” se convierte en “Hija del agua”. No es exactamente lo mismo: la expresión en español hace más explícita una relación de filiación. Es un cambio pequeño, pero modifica la imagen y la manera en que la criatura queda vinculada con ese elemento.

Algo parecido ocurre al final de ‘De fábrica’: “My most precious con” termina convertido en “Mi estafa más preciada”. La traducción conserva la idea, pero la palabra elegida en español tiene un peso distinto. La traducción no parece limitarse a trasladar un significado: reconstruye el tono y la intensidad de aquello que se dice.

‘Inmortalidad’ propone un tema aún más interesante, allí el poema habla de las palabras: “Her immortality lies within her words, / Her words have no true bearing without her poet”.

En español: “Su inmortalidad habita en sus palabras, / pero estas no bastan sin su poeta”.

Aquí hay un desplazamiento especialmente significativo: “have no true bearing” se convierte en “no bastan”. En inglés, la expresión deja abierta la idea de peso, alcance o incidencia de las palabras; en español, “no bastan” lleva esa idea hacia la insuficiencia.

Por eso creo que el bilingüismo no es un elemento decorativo. Es parte del conflicto del libro: ¿Podemos realmente traducir una experiencia? ¿Podemos pasar intacto de una lengua a otra aquello que sentimos? Probablemente no. Lo intentamos, pero algo siempre se desplaza. 

‘Language falters’ (el lenguaje falla), pero quizás es por eso que escribimos: no para arreglar el desperfecto, sino para acercarnos a aquello que aún no sabemos cómo nombrar. 

Estamos entonces frente a una escritora que no intenta cerrar las heridas; deja abiertas las grietas. Málaga escribe desde el cuerpo, desde la memoria, desde la pérdida y en dos idiomas diferentes. Quizás esa sea una de las paradojas más interesantes de Nunca fui un refugio: que un lenguaje que sabe que no puede decirlo todo, igual insiste en decir. 

Ania Málaga Zolezzi (Perú, 2003)

Estudió en el Cambridge College Lima. Tras obtener su diploma de bachiller, siguió estudios superiores de periodismo en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y arte en la Escuela Corriente Alterna.

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