Amanda Eznab: “Creo que toda escritura es una inmersión, una expedición”

Porque escribir es descender a un gran acuífero. Hay ciertos indicios y sólo sigues como si sostuvieras el aire.

Descubrí a Amanda Eznab en una de las tantas sugerencias en las que Youtube te convida a… reproducir ir a continuación. Como por lo general creo en el azar, me dejé llevar por la recomendación. El título del poema en cuestión era “La Sinfonía del agua”. El título fue de por sí un gran gancho, y la lectura en voz alta acompañada magistralmente en piano por Julia González me cautivó por completo.

Los últimos versos me dieron ganas de ver más. Entonces deslicé la pantalla y ahí nomás estaba la transcripción:


Nos imaginé así
escuchando la sinfonía del agua
en el lugar más remoto del instinto.
Tendidos en la nada.
Sostenidos. Sosteniéndonos.




Estos versos y este poema pertenecen a La Placenta del Mundo, (Amargord Ediciones,  2019).  Instantáneamente, me supe dentro de una nueva aventura.

Recién había llegado a vivir y a estudiar en Szeged (Hungría). Los otoños y los inviernos suelen ponerme —por demás— Grunge, y estaba redescubriéndome en otro entorno, otra ciudad: más al natural, a cielo abierto.

Inducido me dejé llevar por lo que sentí que sería un buen cordón, una buena guía para mí nuevo nacimiento. Quería dar con la poeta, hablar con ella, leer más de su obra. Si bien en internet buscaba y consumía cada uno de sus videopoemas, necesitaba dar con la totalidad La Placenta del Mundo

Contactarla no fue tan difícil. Simplemente puse su nombre y apellido en Facebook, y ahí estaba nomás, Amanda Eznab… A los pocos días recibí la aceptación de su amistad virtual. Se disculpó por la demora en aceptar, me explicó que su dificultad con las conexiones tienen que ver con el lugar en el que vive, a las afueras de la Vila Alter do chão, en plena Amazonia Brasilera.

Fue desde ese momento que todo empezó a cobrar más sentido. Sorprendido y casi como si hubiese sabido que más adelante tendría la posibilidad de entrevistarla, le pedí que se presentara:

“Nací en Sitges, Barcelona, en 1993. Me suturé a las palabras siendo niña, me escondía en los retazos del lenguaje. Estudié piano en Córdoba (Argentina) y Artes audiovisuales en La Plata (Argentina). Luego, todo es soplar burbujas y ver, en cualquier tarde traslúcida del mundo, cómo se aventuran en el aire y finalmente estallan, una tras otra, las palabras. Persigo la cola del viento.”

Acto seguido me hizo llegar La Placenta del Mundo. Como resultado de una lectura repleta de anotaciones, subrayados  surgió esta entrevista:

¿Qué es para vos La placenta del mundo? ¿Cómo fue el proceso de escritura del libro? ¿Tuviste en claro desde un primer momento ese título o fue un título que te encontró en el proceso del mismo?
Antes que nada, una gran conmoción. Recuerdo el momento en que escribí el verso que años después dio nombre al libro en una escritura pubescente, pero lo recuerdo. Cuando una conjunción de palabras deviene en metáforas o imágenes que me abrasan y quedo paralizada. Creo que la emoción es la materia de la creación poética, pero no sé cómo surge aquella conmoción. Cómo nos llega el viento. 

Esa escritura me retorció en el amor hacia el lenguaje y me llevó a preguntarme, presuntamente, qué era eso de ser el agua de la placenta del mundo. Qué nos da la posibilidad de un perpetuo nacimiento, cómo es la gestación mundana del presente.  

Pero hay algo anterior a todo aquello, la sórdida necesidad de cantarle a la tierra, aunque fuese sólo en algún patio interior. Me sentía abrumada, profundamente golpeada por nuestro modo de existir. Entonces el canto. Pero, ¿cómo oír y cómo vociferar lo nutrido en silencio? ¿Cómo sostener los ojos y ver, el grito negro de nuestros pasos hincándose en el corazón de lo vivo y lo salvaje? 

Lo que hizo nacer La placenta del mundo es la injusticia. El estado escarnecido del mundo. La terrible indefensión de la belleza, el espejo lleno de niebla de los ojos. Fue, durante todos sus años de escritura —en el que no recuerdo, ciertamente, cuando decidí que así se llamase—, un útero donde alojarse y un útero donde escucharse, mientras en el gran coral del mundo, por demás gesticulado y desafinado, sólo movía los labios.

¿Cómo es tu proceso de escritura? ¿Escribís rutinariamente? ¿Escribís desde una idea?
Creo que toda escritura es una inmersión, una expedición. Descender a un gran acuífero. Hay ciertos indicios y sólo sigues como si sostuvieras el aire. Darle el reverso al lenguaje, exprimir una palabra, buscarle el hueso, se vuelve, sin embargo, un ritual muy silencioso y apocado. El amargo placer de transformar el gesto dijo Cernuda, pero transformar es haber comprendido. Asedia, no la escritura en sí misma, si no el estar poético. El mirar a través de un espejo, quién sabe en qué reflejo.  La escritura es, en última instancia, un proceso de decantación. En este sentido, puede llover todos los días, pero también puede haber un sol arrollador. De cualquier modo, estás en mitad de una intemperie.

Me preguntas si escribo desde una idea y es difícil responder porque es complejo saber desde dónde se escribe. Hay situaciones o recodos entre las cosas que nos dejan exaltados. Ya sea la belleza o el terror, hay exacerbaciones como cicatrices de fuego. Creo que ahí se esconden los puertos desde donde partimos. 

Pienso que la expresión es un cauce. No puede sitiarse. No hay diques ni murallas posibles. Su misma voz comprende las planicies y los relieves. Las curvas necesarias, las depresiones, los precipicios. Luego uno intenta darle forma, gestarlo y criarlo, oírlo gravemente.

¿Escribís a mano o en modo digital? ¿Escribís y corregís? ¿Te tomas el tiempo para darle forma?
Ciertamente, escribo con lo primero que encuentre, pero pienso en la escritura como algo absolutamente corpóreo. La mecanografía tiene ciertas ventajas, proporciona ciertas practicidad para el momento de poda o de acicalamiento. Aunque no podemos darle a las máquinas lo que arde. Es muy importante que nos miremos. Que nos toquemos. Que toquemos el barro y las flores. Y también, pienso, que toquemos la desembocadura de la emoción en las palabras. Lo escrito a mano se detiene. 

Detenerse es imprescindible. Sin embargo, en plena ebullición, no sé si me tomo el tiempo. No existe, ni quiero, esa sed. Sucede que a veces lo escrito me repele, las puertas se cierran. Entonces uno busca las grietas, queda temblando. Mira a través de las ventanas las siluetas tras las cortinas. Un fervor innecesario. Todo merece su silencio y su espacio. Afilar y afinar la sensibilidad pienso que es ineludible en cualquier realización artística, y esto comprende no sólo llegar a oír lo que se está gestando, si no también, comprender los momentos de acunar, de partir, de alejarse precipitadamente. 

Hace 2 años que vivís en el Amazonas, en Brasil, ¿cómo fue que llegaste ahí?

Llegué aquí con una mochila al hombro, en aquello de viajar sin rumbo. La selva me cautivó inmediatamente. Solo donde impera lo salvaje siento que todo mi espíritu es comprendido y abrazado. En la naturaleza la belleza irradia y te sacude, te aloja. Pero hay tanta belleza como horror. La selva es dramáticamente saqueada. Lo que supura detrás de los grandes decorados. El devenir-mercancía del mundo de Debord es inaguantable. Debemos ser conscientes de lo que nuestros modos de vida generan detrás de las vitrinas donde nos exponemos. Movernos internamente. Removernos.  Urge que revisemos nuestro antropocentrismo y nuestro especismo. Urge, incluso, solo por nosotros mismos: negar nuestra animalidad es aborrecernos. Somos animales, maravillosos animales de la Tierra. Efervescencia de sus innumerables chasquidos de vida. 

¿Cómo cambio tu vida y tu escritura al vivir allí?

Regresé aquí después de algunos años porque quería vivir con la holgura de las flores, tomarme el tiempo pequeño y extendido con el que crecen los yuyos, vivir en el silencio de los árboles. Pero todo fue más arrollador de lo esperado. Vivir en soledad con mi manada, traspasada por el sol, por la lluvia, por la crudeza del viento entre las hojas, por los astros, por la luna, me ha encendido vorazmente. No puedo ser la misma. Acercarte a los tiempos de la Tierra, a la singularidad de la belleza, convivir con animales “peligrosos”, regresar a los miedos primarios, comprenderlos, pasar soles y lunes y soles sola con una misma, es fervor y es auxilio. Porque ¿qué pasa si las aguas se calman? o ¿por qué no se calman? Me siento traspasada por la vida. Estamos como ciegos agolpados en las ciudades. Para qué tanto… Antes escribía desde la herida. Era un animal profundamente herido. Ahora, me rodean lianas, cantos, ínfimas existencias que sacuden antenas, magnificencias, aullidos.

En la actualidad estás trabajando en un libro titulado Sonatas y naufragios ¿Qué nos podés contar?

La escritura de este libro me retuvo por completo. No podía pensar de otro modo. Aquí estaba varada en la lluvia. El río alto, las nubes bajas, el acuífero desbordado. Todo era agua. Todo era naufragio. Comencé la escritura a tientas, como si estuviese intentando descoserme de un gran manto o una gran red, pero sin saber hacia dónde, ni cómo. Tironeando de cualquier hilo, dejé que todo lo que fuese temblor me inundase, corrí tras mis laberintos, me llené de arena los zapatos. Por eso los naufragios, por las grandes eclosiones internas, por los innumerables icebergs que de pronto nos encuentran ya demasiado cerca, ya demasiado ahogados. Por las tormentas que se gestan por dentro, por los vientos que se levantan y arrancan los tejados, por los movimientos tectónicos del espíritu. Y sonatas por la belleza. La belleza indomable. Sonatas por lo que nos salva, por nuestra capacidad de moldear la arcilla de la vida, por los escultóricos gestos del amor.

En su escritura, y las lecturas que me acompañaron, estuve hipnotizada por las danzas del lenguaje. Por la capacidad de despertar la emoción de la poética y la capacidad de relegarnos el juicio y enaltecernos la empatía de la ficción. Por lo que habita en nuestro imaginario, por sus constelaciones y su falta inquietante de límites. No sé cuál haya sido el resultado, pero todo eso se hervía en mí.

Al leerte muchos poemas parecen haber sido escritos para ser leídos en voz alta.  ¿Cómo es tu relación con la música a la hora de escribir?
Creo en la oralidad de la palabra, en su voz como un canto, en la necesidad de escucharnos y volcarnos en el gesto. Pienso en sus formas de existencia antes de lo cuneiforme y de la arcilla, como hablar frente al fuego. Creo en la musicalidad del poema. En la escritura, la música me acompaña fervientemente. Diré que en el único lugar donde me siento alojada como en la naturaleza es en la música. La escritura es como un goteo, un sentir gota por gota la sed. La música es oceánica. Es la emoción.
Si hay emoción en un poema, intento oír su música. 


Amanda Eznab (Sitges, Barcelona, 1993) Vivió en Argentina donde cursó estudios de piano en Córdoba y estudió Artes Audiovisuales en La Plata.  Publicó La Placenta del Mundo (Amargord 2019). En la actualidad vive Vila Alter do chão, Pará, Brasil a la espera de publicar su próximo libro titulado Sonatas y Naufragios