“Todo hombre progresista, con cierta iluminación, reconoce su fragilidad”

Ernesto Fundora, cubano, cineasta, poeta, narrador… es un hombre de discursos múltiples, una intelectualidad caótica, desenfadada y honda a la vez. Un poeta que transita por el mundo de la imagen, pero que al final atraviesa aquellos temas atávicos al ser humano, y la siempre resurrección de la belleza en la obra artística y en la vida cotidiana. Un hombre que rompe cadenas y cruza la línea, después el mar, más tarde el verso, finalmente conquista los escenarios y entonces se sienta, en la madurez, a meditar, en eterno desorden, qué es lo que quiere decir. Es un grito mudo y un silencio pertinaz… no hay definiciones; sabe quién es, qué busca y hacia dónde se dirige. 

Este encuentro tiene lugar cuando su más reciente libro de poesía La acrobacia del salmón aparece. En el prólogo, advierte Rafael Pinto: “…Poesía para aquellos que ya han entendido que cambiar de aguas no es heroico, sino vital. Con varias dedicatorias en singular, pero una en mayúsculas, global, para el humano cotidiano de cada vida, aquel que arriesga, por su naturaleza (y por su voluntad) y puede convertirse incluso en `domador de azares´. En eso y solo en eso consiste la bendita arrogancia de este libro…”.


¿Sobre qué temas gira tu obra?

Los temas medulares de la especie. ¿De qué vamos a escribir? De la muerte, lo primero que nos acecha. Para conectar con eso, reconozco un arquetipo fundacional de la especie, que es la zona prometeica, del heroísmo, de lo épico, las grandes epopeyas. Yo participo de mi pequeña épica, que no implica estar debajo de las bombas para entender lo que es una guerra. Hay una guerra de todos los días, hay una épica de todos los días. Hay un enemigo a confrontar día a día, hay aliados con los que se puede hacer tribu para este fin. 

En mi obra hay una lucha del bien contra el mal, de la conciencia contra la inconciencia. Me resisto a ser víctima de la nostalgia. Ulises tiene que regresar a Ítaca, Joyce a Irlanda. Fundora tiene que regresar a Cuba, porque es su origen. Pero, decía Lezama, un hombre no solo se define por sus orígenes, se define también por sus destinos, hacia donde enrumba sus pasos. ¿Y los míos…?, a mi me encantaría salir de la tierra, conocer otro planeta, encontrar seres intergalácticos. Ahí hay otra épica: cómo confrontar un arquetipo teocrático, que te trata de dominar con una idea de Dios y cómo entender otras ideas de Dios. Como entender que Dios está presente en el fotón, en el cuanto, en el catión, en el mundo cuántico, en nuestras células. 

Todo hombre progresista le confía el némesis o la salvación a una fuerza superior. Porque todo hombre progresista con cierta iluminación reconoce su fragilidad. Cómo tu fabulación te termina alcanzando, cómo el escritor se mueve en el tiempo. Por ejemplo en Pushkin: La hija del capitán es –lo primero que leo en la vida– una novela romántica, pero es una novela de la defensa de las grandes pasiones, de la autenticidad, del heroísmo con que hay que enfrentar ciertas derrotas. Del valor del honor frente a la vida, algo tan desgastado en el mundo moderno. La gente vive sin honor. 

“Ser cubano es una vergüenza honorable”.

Yo tengo un orgullo de mi origen y de mi identidad nacional, sí lo tengo, y en eso soy chovinista. Sin malentendidos de superioridad, pero hay pueblos que se han sacrificado más que otros, y hay pueblos que han conseguido y consolidado conquistas mayores que otros. Lo es el pueblo griego, el judío, el japonés, el alemán, el noruego, el irlandés. Yo siento que el pueblo cubano es un pueblo admirable, y que ha posicionado sus hallazgos con una teología distintiva de otras naciones. Hoy no queremos pelear. Es un pueblo que ya ratificó que el martirologio no es garante de que las cosas cambien. Hemos ponderado la alegría por encima de ciertos heroísmos. 

¿Qué no lees?

Yo soy la persona más desorganizada del mundo leyendo, y la más asistemática. Creo en esa idea de Cortázar del hipertexto, que está en Rayuela, pero que está en la Biblia. A mí me gusta leer desorganizado, abrir el libro como si fuera un oráculo, por donde sea, y si me agarras entonces respeto tu aparición en el tiempo. Si no me agarras, te abandono, y a lo mejor te vuelvo a encontrar en otro momento. Es posible que sea yo el que no está preparado. Te confieso, nunca me he leído El Quijote completo, ni he podido terminar La montaña mágica, pero hay autores que con un verso te demuelen para toda la vida. 

Son cosas de las que tengo una conciencia bastante responsable frente al hecho creativo, ya sea cine o literatura: Parménides y la filosofía griega. Siempre hay que ir a esos hombres; estaban tocados, en conexión con registros akáshicos superiores. El pensador se parece a sus ideas; el escritor tiene que parecerse a lo que escribe.

¿Qué escribe Ernesto ahora?

Estoy haciendo una novela que se llama Propulsión a chorro, que intenta sintetizar el espíritu de mi generación. De esa generación que nació en el esplendor de la épica revolucionaria de los años sesenta, que vivió la caída del mundo socialista a finales de los ochenta, que tuvo que enfrentar una crisis tremebunda como el período especial y emprender una vida en el exilio, y que ha tenido que sobrevivir a tantos sunamis fuera. Pero es un Bildungsroman, una novela para arriba, es un individuo que está salvándose día a día y que emprende la vida como un acto heroico de excelencia. Es una novela de lenguaje, de poesía, tiene de filosofía… Es mi primera novela. 

¿Eres un exiliado?

Claro. Pero no soy un exiliado apocalíptico. Yo no tuve nostalgias los primeros quince años. Yo salí huyendo de una dictadura. Que sí tenía una razón económica, eso es indiscutible, porque una de las libertades a las que uno aspira cuando accede a una democracia es vivir en cierta libertad económica, donde uno tiene más oportunidades. Pero lo que más me molestaba era la cuestión restrictiva, autoritaria, punitiva, el azote de la ley, del poder. 

El verbo huir… 

Exacto. Siempre estamos huyendo. ¿El viaje qué cosa es? ¿Por qué viajamos tanto? Yo creo que el hombre lo que más disfruta es su travesía, no es posicionarse en un territorio. Es experimentar esa insaciable multiplicidad de representaciones. La excitabilidad de la diferencia. 

La Ítaca universal.

Exacto. Y bueno, como es un origen, es un lugar al que siempre estás regresando. Tu viaje también es un periplo circular. No es que tú te vas y abandonas. No. Es que te llevas a cuestas una cultura, la tradición; son modelos de costumbre e idiosincrasias que van a ir contigo. 

—Ernesto levanta su habano—. 

De todas las culturas más profundas de la Cuba esencial, esta es una de ellas. La más antigua y la que ha pervivido en todos los períodos: la cultura del tabaco. Esto para mí es estar en Cuba. Lichi decía que la patria es un plato de frijoles negros; yo me la como todos los días. 

Hablo un rato contigo y te identifico cubano enseguida: en tu expresión, en tus maneras. Has vivido otras realidades, pero al cubano lo traes en la piel… 

Y a uno lo educaron también en el reconocimiento de esa cubanía, esa cubanidad… 

¿Por qué centras tu obra en lo cubano, por qué vas a Lezama, por qué Celia Cruz, por qué la música nuestra? 

Son los pilares de una cultura y uno tiene que reconocer donde está la grandeza de su tradición. De la tradición humana como especie, y de la nacional, la del país donde naciste. Acuérdate que las neuronas funcionan como espejo. Uno quiere más lo que vio primero, porque esa es la información primigenia que entró en esa membrana virgen. 

Es ahí donde se forma un concepto de patria, si no, la patria no existiría. 

Las neuronas son procesuales, no tienen la información innata como los genes. Entonces las neuronas, a través de todo nuestro aparato sensitivo, sedimentan más las inaugurales impresiones. Es lo primero que has vivido, tus primeras palabras, sonidos, música, gestualidad, la comida, el olor de la madre… Cuando te quitan eso es que aparece el dolor de patria, que es una cosa terrible, y es lo que más padece un exiliado. 

¿Sientes que te mutilaron? 

Siempre pasa, es lo que le sucede a casi todo el mundo, que cuando regresas a ese origen, ya ese origen de alguna manera no es suficiente. Sigue siendo necesario pero no suficiente. Empieza ese ir y venir, entrar y salir, estar y no estar; gravitando, pero temporalmente.

Uno no es de donde nace ni de donde muere, sino de donde ha sufrido. 

Exactamente. No te puedes escapar de ese sitio donde fuiste descuartizado de alguna manera y donde te desollaron. Porque en Cuba te quitan la piel unas cuantas veces. Como te la quita esta sociedad, este país y este sistema también. Todos son pequeños infiernos. Decía Krishnamurti, “no salgas a buscar hogueras en otras partes”. Los dramas están en todas partes, es la naturaleza y la condición humana.