“Espacio transitorio” de José Luis Zerón Huguet

Partimos de allí en mitad de la noche, la incertidumbre revestía nuestras miradas vaciadas al dejar ese adiós en el aire, disuelto tan pronto por los disparos, los focos lejanos y el jadeo solapado de todos nosotros amontonados, huyendo. La ciudad ya era no más que un legajo de nuestra existencia. Nos olvidará para siempre. Lo que escribimos a partir de entonces, ideas borrosas en unas hojas sueltas que pudimos arrancar. ¿La memoria? Quizá sea sólo ficción. ¿Lo que dejamos? No existen palabras.

“No existen palabras”, dijo un refugiado sirio al ser interrogado a su llegada a las costas griegas. “Indescriptible”, fue el punto y final del breve relato de una niña que presenció la masacre de Srebrenica. El silencio es el leitmotiv de esa sinfonía que describe la catástrofe y la huida. Y silencio es, por tanto, y a pesar de tanto ruido, el signo de nuestro tiempo.

El libro Espacio transitorio (Huerga y Fierro, España, 2018) comienza entonando esa melodía muda, a la que el autor llama la “Canción del transeúnte” y que puede resumirse en las palabras que pone en boca del Lot bíblico, nada más arrancar el libro: “no miremos atrás, no hay pasado”.

Espacio transitorio habla sobre la mirada de los “otrosˮ, la de los caminantes sin camino, los del pasado sin palabras, transeúntes en búsqueda permanente de su sombra; también habla de nosotros, mirándolos pasar, dejando correr los segundos, sin llegar a comprender nada. Dice Zerón: “La verdad es que ni ellos… ni nosotros… sabemos cuál es nuestro papel en este mundo”.

Y, como siempre, nuestra mirada en el otro nos revela más de lo que logramos comprender solos. Pero no simplifiquemos, porque esta otredad, de pronto, se expande entre las páginas del libro en toda una galería de contrarios que intenta mantener ese frágil equilibrio en el que nos movemos. Nos pone (en tanto silenciosos lectores) frente a lo otro que es también la enfermedad y la estéril idea de salud; el miedo, que al fin y al cabo nos libera de tanta sobreprotección; la soledad, desahogo ante el caos que nos aborda; la locura, la esperanza, el dolor, la maldad e, incluso (y esto nos costará mucho más aceptarlo) nuestra propia percepción de la realidad.

Es preciso…
seguir reconstruyendo el mundo con palabras,
aunque nos traicione el lenguaje.

En este enésimo poemario, de golpe, la poética de Zerón se vuelve asible y de lectura lenta, como si siguiera la cadencia de los pasos de ese transeúnte sobre el que el aire pesa. Se trata de un texto capaz de trazar una línea convulsa al  atravesar las desgracias de medio mundo (Israel, Siria, Srebrenica), pasando junto a cada campo de concentración, rozando el filo de las balas, a las puertas de cada hospital abandonado, y de las casuchas y las hogueras en la periferia. En suma, “las imágenes de la miseria” de este mundo al que hemos malherido y, de pronto, un fragmento de esperanza en el asfalto que reconocemos, el ruido penetrante de los coches, la ciudad con su intensidad de luces cegadoras, las ventanas, con “el diseño del azar”. Al llegar a casa nos encontramos cara a cara con esa persona que nos mira con rechazo, dudando si apartar o no la alambrada de espinos que nos cierra el paso.
 
Todos somos, quiero decirte,
la misma víctima
y el mismo verdugo.

La visión madura de José Luis Zerón sabe mecerse en el extrañamiento y hacer de cada palabra, como de cada lámina de sí mismo, algo propio y ajeno a la vez. En un momento dado, toma un tren de vuelta, embriagado por la belleza efímera del paisaje silencioso tras el grueso cristal. Mira entonces al pasajero que comparte el asiento a su lado, absorto, trabajando en un portátil. Y escribe en su cuaderno: “Ambos (todos, añadiría yo) nos ignoramos y nos acechamos”.

José Luis Zerón Huguet (Orihuela, España, 1965) es poeta, escritor, editor y periodista. Ha publicado numerosos poemarios como Frondas (1999), El vuelo en la jaula (2004), Ante el umbral (2009), Sin lugar seguro (2013), De exilios y moradas (2016), Perplejidades y certezas (2017) y Espacio transitorio (2018), que ahora reseñamos. Entre 1980 y 1990 editó las revistas de creación literariy Empireuma y La lucerna. También ha participado y editado numerosas antologías.