La literatura en tiempos de colapso

En los tiempos de crisis siempre acaban surgiendo grandes obras; el ser humano revela nuevas caras, las más amables y las más terribles; la economía y la política descubren sus debilidades y mezquindades; el contacto humano que creíamos obsoleto vuelve a erizarnos la piel; nos sorprenden nuevos sonidos, las voces de los vecinos a través de las paredes, el peso del silencio al pisar la calle.

Y yo aquí, sentado ante el ordenador, se me viene noche tras noche y el tiempo, en toda su espesura, en toda su lentitud, sin explicación, se vuelve fugaz. El colapso. El aburrimiento, tan extenso, por extraño que parezca, nos hace llegar al final del día con la lengua fuera. Sentado aquí, digo, me escribe un amigo, “¿qué está sucediendo? se nos escapan los días en una frustración encadenada”.

No ha hecho mucha falta mirar a nuestro alrededor —y los medios remiten a ello de forma casi enfermiza—, para entender que cada pequeña situación individual, aunque diluidas en la maraña de discusiones diarias entre la evidente teoría de la conspiración y la no menos evidente mutación natural, se convierte en un paradigma, en la trama de esta, repito, gran obra.

Es, quizás, este momento, este mes y medio o más de encierro, a lo largo del globo, la suma de argumentos solapados más contundente de la última década (la crisis de 2008 ya dejó su relato en toda esta generación). Es el individuo hecho modelo por extensión porque los problemas nos acaban golpeando a todos, y tu responsabilidad, por fin, ha dejado de repercutir solo en ti.

Digo, entonces, repito, que si cada persona es un personaje, que si cada tiempo, cada 40 días de encierro, lo cercamos en no demasiadas palabras, que si el mal, y también el bien, de muchos, es el mal, y según el punto de vista, también el bien, de todos: cada pequeño relato tiene ese algo de verdad absoluta. Y yo sigo sin poder escribir, se me pasan los días y los folios en blanco, pero de alguna forma he mirado más profundamente al vecino y le he reinventado una vida. He escuchado el mensaje a megáfono del coche de policía, en medio de una calle desierta, y me he creído viviendo un mundo postapocalíptico; he saturado de memes mi móvil y he hecho el esfuerzo de imaginar en cada salón, de cada casa, el desgarro de la incertidumbre.

No creo que la gran obra que esté por venir sea el relato definitiva de nuestro tiempo, es que quizás de las épocas de crisis, lo que viene es el cambio hacia formas nuevas.

Hace unos 100 años, en plena pandemia de guerras mundiales y gripes españolas, se abrieron las grietas de las tradiciones literarias y las revistas le tomaron el pulso a la edición de peso, como los colectivos se multiplicaron y buscaron cobijo en locales de cualquier tipo. Las vanguardias nos acostumbraron a lo nuevo (a su propia nueva normalidad). En la España del momento, afloraron el ultraísmo y el postismo, las revistas literarias y su permiso a la brevedad sostuvieron lo poco que había por sostener y en pleno franquismo se lanzó, desde la revista La cerbatana, el primer concurso de microrrelatos en la historia del país. Corría el año 1945.

Aquí y ahora, en nuestro 2020, tan posmoderno, globalizado y tecnológico, también inmersos en sofisticadas guerras mundiales, que no terminan nunca y que no creo que ya casi nadie ponga en duda, hemos tenido nuestra propia pandemia y nos hemos vuelto a retraer. La sociedad se detuvo de golpe y creo que muchos necesitamos lo menos dos semanas para salir del letargo. Pero al tiempo que las fronteras se impermeabilizan, la literatura ha ido recorriendo los bits de medio mundo, fluyendo como la niebla amarilla de T.S. Eliot, desplegándose por las calles, enroscándose en los edificios y entrando por algún hueco de nuestras ventanas. Nos llegaron las cadenas de poemas anónimos, se avivaron los debates sobre la perversidad del pdf y la frivolidad de la edición digital, brota de forma expansiva la literatura en forma de tweet y de bot, que posiblemente se acaben quedando y asentando como nuevos géneros narrativos. Es que nuestro tiempo lo pide, las mil y una formas de la brevedad son posiblemente el signo más esclarecedor de estar viviendo en un mundo de territorios hiperdilatados, pero de experiencia instantánea y efímera. Por ello, el microrrelato, aceptando su confuso historial, enmarañado entre la amplia horquilla que va del cuento al aforismo, pero con su dosis justa de narratividad e inmediatez, puede encontrar aquí, al fin, su clímax.

En esta convocatoria quisimos abrir un diálogo, conocer la situación de un mundo inmenso en esas pequeñas porciones. Optamos por ello por el microrrelato, por su necesidad de sacarlo, no sé si del ostracismo o de su carácter ambiguo, pero sobre todo por su potencia e intensidad; por su fuerza dramática, humorística, concentrada en el giro inesperado; su baile sin complejos entre lo realista y lo fantástico, por el uso vacilante del silencio y la depuración de las palabra.

Por su título, el microrrelato nos hace volver al principio nada más terminado y desentrañarlo con nuevos ojos, como este bucle temporal que vivimos en el que cada día se parece tanto al anterior, pero nos deja la sensación de haber superado algo. Pesamos que cada pequeña historia, con su tanto de verdad absoluta, nos permitiría construir esta gran obra de nuestro tiempo, que no será ya la novela, la gran novela que necesita su largo plazo y su perspectiva, sino el relato colectivo, como dije, la suma de argumentos, de cientos, de miles de pequeñas escenas. Tampoco fuimos los únicos. Sentado a mi mesa, otra vez, descubrí que, casi al mismo tiempo, convivimos con decenas de concursos sobre este género. Algo viene a decirnos. En la literatura, la brevedad, la instantaneidad, están pidiendo paso. Recibimos 112 relatos en lo que andábamos entre prolongación de un estado de alarma al siguiente, de 79 autores y 13 países diferentes. El apoyo fue considerable y creemos haber ayudado, desde el nuevo panorama que abre una revista literaria digital en estos tiempos, con su pequeñez y, al mismo tiempo, su inmensidad, a incitar la escritura de estas vivencias, a combatir la desidia de estos días, ahora más que nunca, a construir el relato del colapso.

Contaría de qué hablaron cada uno de los textos, pero mejor les doy paso, mejor los leen y ya deciden si transitaron o no por ellos. Aquí les dejamos los 10 textos seleccionados. Enhorabuena a los elegidos y mil gracias a todos los que participaron.

Para leer los microrrelatos sigue este enlace o pasa a la página 2

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