Reseña de “Autobiografía de mi memoria” de Eduardo Ruiz Sosa

“Yo, ahora, ya no soy un enfermo (…) Duele ser un enfermo, o en aquel tiempo, al menos, dolía.” Eduardo Ruiz Sosa, Anatomía de la memoria.

“Viajar enferma. (…) los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.” Eduardo Ruiz Sosa, Anatomía de la memoria.

“Literatura + enfermedad = enfermedad.” Roberto Bolaño

Luego de una pausa considerable, retorno a la escritura desde cero. A medida que las letras formen oraciones, y éstas, párrafos, veré como el vacío de la hoja empieza a poblarse. La trama de la obra a la que haré referencia ha poblado mi cabeza de la misma forma, y, por ende, ha reanimado mi pulsión por la escritura.


Anatomía de la memoria (Candaya, 2014) del escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983) es una obra que comulga con un coro de historias mientras se desplaza en el tiempo y ahonda en aquellos lugares donde la oscuridad prevalece. Se trata, así, de un libro contundente, no solo por su volumen, sino también por su estructura y potencia.

La poética de Ruiz Sosa inunda cada historia y deja en evidencia la intención de plantarle la mirada al lienzo que es, a su vez, el cementerio de nuestra memoria, el cual le arranca su diafanidad.

Podría decir que esta novela es un tratado ensayístico-histórico sobre la geografía del recuerdo, pero eso sería quedarme corto. Eduardo supo encerrar entre estas páginas una cartografía del paisaje físico y mental.

El recurso del desierto, tanto como espacio vital, vivencial y metafórico entreteje la trama, se deja plasmar y sentir con furia. Furia en contra de la violencia y el olvido. Así, la escritura fluye de manera catártica, cumpliendo aquello que Bolaño señalaba como “Literatura + enfermedad= enfermedad”.

El autor juega entre dos mundos en los que todos son incluidos y excluidos a la vez… Cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad. Es decir, la enfermedad no es solo el “mal” de la creación sino del sistema, del cuerpo, del Estado.

Ante nosotros se presenta una tomografía que evidencia un cáncer enquistado y maligno. Las cinco partes (capítulos que conforman esta novela comunal) cumplen a carta cabal con diseccionar cada parte de nuestro cuerpo: apela a cada una de nuestras memorias, incluso, ficcionaliza con ellas.

No es de extrañar que el lector se quede con la sensación del absurdo y del absorto ya que se abren senderos que se bifurcan con la obra. De todas formas, el lector sabrá recorrer cualquier senda que contenga voces y vidas, y que sean un claro ejemplo del libro de arena de Borges que nunca será el mismo con cada lectura y que, a la vez, también puede perderse persiguiendo sombras y ecos.


Hay algo que me hermana con Eduardo Ruiz Sosa y que hace que me atreva a escribir la autobiografía de mi memoria. Recuerdo el primer encuentro que tuve con su persona: hablaba con Olga y Paco (directores de Candaya) y, por un breve momento, sostuve una charla con él. Esos minutos me bastan para crear un nuevo recuerdo, un puente o un nicho en el cementerio o un nuevo hilo narrativo. Y es que la relación que tengo con México es emocional y literaria.  Recuerdo Guadalajara, Pulco, San Gabriel, la tierra de Juan Rulfo.

Me reconozco como un enfermo de cáncer que sobrevive con ese mal. Eduardo nació bajo el trópico de Cáncer y yo bajo el paralelo 0. Acaso, coincidencia o destino, estas líneas imaginarias tendieron el punto de partida para nuestro encuentro. Me veo recorrer una carretera desértica como lo hizo Orígenes al partir de su ciudad, él se iba. Yo llegaba.

Comparto con él la pulsión por escribir de manera arrebatada, y admito que todo lo escrito por mí terminará matándome (antes que mi enfermedad).

También recuerdo que mis hermanos (los enfermos) tienen mucho en común con el grupo revolucionario de la novela de Eduardo. No solo por compartir el mismo nombre, sino por las ganas de ponerle la cara a un Estado que acaba de tirar a la basura un plan de salud que costo años, vidas y tiempo.

¿Qué recuerdos me quedan de estos últimos cinco años? Como si fuera Sísifo, cargo sobre mis hombros la piedra de mi memoria que se desquebraja, pesa, raspa, desmorona, choca. Entonces me detengo y dejo de ser Sísifo para darle paso a Penélope.

Empiezo a entretejer los hilos de mis recuerdos, y de esta forma, mi lienzo nunca es el mismo. Tiene elementos que se repiten, pero nunca están en el lugar que los dejé anteriormente.

Tengo una idea sobre lo que significa la salud ahora que convivo con la enfermedad. Intento ser un nuevo Funes el memorioso, pero fracaso. Las lecturas que he realizado en este tiempo (esta incluida) forman parte también de mi memoria. Entonces le doy voz a las voces que recuerdo de mis familiares y amigos. Y a los espacios y lugares compartidos.

Dialogo con una presencia/ausencia, me busco y no me hallo. Sostengo en mis manos la novela de Eduardo. Sostengo la mirada a la lápida de mis hijos, ya fallecidos. Sostengo la voz para nombrar a cada uno de mis hermanos de cáncer (muertos todos). Me sostiene la escritura, la lectura, el paisaje… Mi memoria.


Hace días que tengo escrito un nuevo cuento. Y hace dos años que no había escrito nada nuevo.

Hoy, gracias a la relectura de ciertos pasajes de Anatomía de la memoria, la diafanidad y la potencia que, repito, posee la poética de Eduardo, me permiten destrabarme. Verme al espejo, ver el horizonte del desierto, y pensar que tanto el Trópico de Cáncer como la línea equinoccial fueron el punto de encuentro en una tierra imaginaria como Luvina o Santa Teresa del desierto que me permiten escribir estas líneas sobre una novela que transforma todo y a todo aquel que decida tomar el bisturí y diseccionarse a sí mismo.

Incluso nos invita a abrirnos el pecho para sacarnos el corazón y ofrecerlo a las deidades que habitan en nuestras geografías internas.

Pienso entonces en el barco de Teseo, pero recuerdo que no tengo Egeo que me espere, ni Ariadna que me brinde su ayuda.

Me queda entonces confiar plenamente en el hilo de mis recuerdos y empezar el laborioso camino dentro de mi laberinto memorial. Tal vez me encuentre con el minotauro, ese monstruo que no es otro más que yo. Y ambos necesitamos de la existencia del otro, aunque sea de nombre.

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