Escritores que conocí: Borges, misterio de la imaginación y la palabra

Borges y yo nos conocimos en La Habana, hace muchos años, creo que por aquel poema de “La fama” que impresionó a la Gabriela adolescente.

Luego leí algunos de sus versos que son, desde mi visión, los más bellos que se han escrito en lengua española, como también, conocí algunas de sus historias que han marcado mi propio reservorio de ideas. Tal el caso de “Funes el memorioso”, mi cuento elegido, el mejor jamás escrito; aseveración hiperbólica que no me van a perdonar, ni siquiera, los propios admiradores de Borges. Pero no importa. No vine a estas líneas a ser juzgada.

Si un hecho marcó mi vida no solo de forma irremediable, sino invaticinable, fue la emigración, el exilio. Después de eso, uno siente que todo lo que le ocurre está vinculado con el suceso del traslado, el desarraigo, el no pertenecer, las separaciones, las pérdidas. Es una jodienda, pero es así. Sin embargo, puedo enumerar grandes razones para defender el camino, el viaje, aunque no haya Ítaca. Muchas. Pero hoy vengo a hablar de una de ellas.

Aquél octubre del año 2010, a poco de cumplir treinta, subí a un avión en los andenes del aeropuerto internacional de La Habana, sin boleto de regreso, rumbo a México. Llevaba en una maleta de veintitrés kilogramos, como estaba reglamentado en Cubana de aviación, mi suerte. Y en esa suerte de desgracias, entre lo escaso de mi equipaje —había que elegir qué era lo imprescindible para transportar a otro país para comenzar de “cero”—, venía una antología de Jorge Luis Borges, primera obra suya publicada en Cuba, en el ya lejano año de 1988; pues todos los anteriores de la Revolución, el hombre de los laberintos había sido lectura prohibida.  Yo nací en el año 81, así que, inconscientemente, tuve que esperar, al menos, siete años de vida para poder encontrar aquel ejemplar en los largos travesaños de libros que teníamos en casa, incluso en el baño.

En el primer encuentro me había dedicado a algunos poemas, los más dramáticos, como “El remordimiento”, “Mi vida entera”, o “El ciego”. Y a los cuentos más famosos, en casa de los Guerra Rey: “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Las ruinas circulares”, por ejemplo. Y, ¡oh milagro!: “Funes el memorioso”. Yo digo que es el mejor cuento del mundo porque es el que más me ha dado; nadie se ofenda.

Cada vez que lo leo, ya cuentan varias docenas, descubro que hay un mundo, dentro de un mundo, dentro de un mundo, y así, infinitos, laberínticos, inescrutables, hexagonales y circulares a la vez, los mitos de Borges pueden leerse, todos en la selecta memoria de Ireneo Funes. La frase que —estoy citando de memoria— dice: “me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles”, me enseñó, además, al humano detrás de sus mitos; sus Quijotes y sus Tigres, sus otros Borges y sus desamores propios; al hombre inútil que de tanto decir, dice lo imprescindible, revela los secretos de la vida. Desde entonces cada vez que trato de recrear cualquier universo paralelo al nuestro, me pregunto cómo lo habría denominado Ireneo una vez perdida la movilidad y adquirida la implacable memoria.

Vean el asombro que he conservado en el tiempo por algunas obras del poeta ciego. Creo que tiene que ver con que fue Borges quien inauguró en mi alma escritora el motín de la imaginación.

También con que aquel día de octubre que se subió al avión conmigo, habría de convertirse para siempre en mi escritor de cabecera, mi Biblia. Hoy el argentino tiene, para sí solo, media tabla de mi mejor librero y goza del paraíso de sus obras completas.

En los últimos años de La Habana y durante la década de México, leí su poesía en orden, intentando descubrir los inabarcables hallazgos en cada uno de sus libros y sus rituales. Me apropié de imágenes que gracias a Borges están en el inconsciente de los hombres modernos: el ocaso desesperado; la flor amarilla antes de que hubieras nacido; el tigre de bengala tras lo barrotes, hecho para el amor… “Descubrí La forma de la espada”, “El sur”, “El milagro secreto”, y algunos otros relatos y poemas que se convirtieron en un específico tipo de cosmogonía, algo que ningún otro escritor ha alcanzado en los pagos de mi inspiración. Leí sus ensayos y me conmoví hasta el paroxismo, una y mil veces, con algunos perfectos versos que me han mostrado el gran misterio del lenguaje, a galope, en desvanecidos caballos, sobre el misterio de la historia.

Como ya hablé del pasado y del presente, quiero terminar esta remembranza de momentos exquisitos junto a Borges, con el futuro. Lo que voy a contar aún no sucede, y aún no es público, así que guárdenme el enigma: En algún lugar del mundo que Borges festejó con fervor, este año 2021, se publicarán los cuentos que Gabriela —y otros dos escritores tocados por la gracia del genio argentino y cuyos nombres por ahora me reservo—, escribió para Borges, fantasma recurrente de mis jardines, compañero de viaje que mañana quiero homenajear.

Cuando ustedes, lectores, hayan olvidado esta noticia, nacerá de la tinta y la letra, incólume, como lo he soñado, la ofrenda que quise hacerle al hombre, al mito, al recuerdo y a su herencia, sin la cual, tal vez, yo no sería escritora y estas líneas jamás ensombrecerían el blanco panorama de nuestras efímeras existencias.

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