Escritores que conocí: Eduardo Goldman, el hombre de la chocotorta


Crédito de la foto: Ale Meter

Conocí a Eduardo Goldman en la cafetería del Ateneo, comiendo chocotorta, en uno de esos veranos del sur que acá, en el otro hemisferio, son invierno. Obvio nos habíamos visto antes, pero nunca se conoce mejor a un hombre que a través de su vínculo con el cacao endulzado.

Desde el primer encuentro, supe que éste era un tema sagrado. Hoy día le llamo “El hombre de la chocotorta”. No es un secreto, ¡creo! Sus amigos saben de esta debilidad por el pastel de chocolate con más chocolate y crema de chocolate. Sin embargo, no es la cualidad por la que más lo admiramos, sino porque él es el creador del mítico Jacobi, su papá, su mago.

Tengo el privilegio de compartir editorial con Goldman en España. Si nos atenemos estrictamente a los hechos, ese fue nuestro primer lazo. Luego, vino la chocotorta inaugural, y después, en un viajecito madrileño, me cayó El último chiste del Gran Jacobi en las manos y en el corazón. Lo tengo en casa, en el entrepaño del estudio donde están mis libros sagrados.

A Eduardo lo entrevisté un par de veces en Buenos Aires, pero nos comimos docena y media de chocotortas en un par de años de visitas reiteradas. Hablamos y compartimos lecturas, cuentos, chistes, sueños de escritor, ideas de nuevas obras. Incluso hicimos un ranking de chocotortas que, eventualmente, podríamos compartir con los aficionados. Por ahora, disfrutamos del privilegio del misterio.

Paseé mis ojos en estos años por varios de sus libros, pero un día me di cuenta de que leerlo y comer con él una chocotorta eran una misma cosa: conocerlo, ser su amiga. Durante la ingestión del dulce, incluso desde la mención de la posibilidad, le asoma a los ojos el niño, y en los ojos del niño, toda la ternura de uno de los escritores hispanoamericanos más grandes de nuestro tiempo.

Eduardo tiene una larga obra que tú, lector, devoto o no del chocolate, puedes buscar en sus biografías y editoriales. Yo no me sacié ni con El Jacobi ni con las chocotortas; lo seguí leyendo, continúo, es un vicio, un hábito que el psicoanalista recomendaría. Escribe cuentos por aquí, anécdotas literarias por allá, sus novelas aterrorizan a los lectores en español, pero sobre todo, a los personajes retratados en Como perro que aúlla en la oscuridad y Ni siquiera nos queda París. Transita por el humor con la misma sutileza que por la tragedia negra, arma puentes y los cruza todo el tiempo, entre géneros, entre bien y mal, entre risa y dolor, entre culpa y desasosiego.

Recién anunció el término de su quinta novela, aunque él decía que no volvería a escribir tanto, y que llevaba varios años en el mismo lugar: la primera hoja. Esa es otra delirante virtud del hombre de la chocotorta: el delicado humor que se transmuta en una literatura pura, hecha a punta del lenguaje agridulce de la metáfora y la alegoría. Camina por el teatro con aplomo. Experimenta sin escándalo en sus libros los escenarios del cine. Es extraordinario con los diálogos. Versado en el relato largo y la sátira. Disciplinado, lento, culpable, profundo… compone canciones infantiles e, imposible de dejar de mencionar, ama la chocotorta.  

Goldman, el hombre de oro, como también lo reconocen algunos, ha escrito algunas de las mejores líneas de este último medio siglo. Perdérselo sería un sacrilegio, y hablo en nombre de los lectores curtidos. Cualquiera de sus obras es linda para comenzar, pero El último chiste del Gran Jacobi es un viaje sin regreso. La mejor huida.