No me obsesiona la idea de ser pobre, sino que eso afecte mis habilidades como escritora

No les voy a mentir: pasé un largo rato frente a esta hoja en blanco preguntándome de qué debería hablar una escritora en una revista cuando la atraviesan un montón de sensaciones vinculadas, esta vez, a ser pobre. 

Estuve un rato largo pensando de dónde se sacan las ideas cuando la panza cruje de hambre, cuando las cuentas no se pagan solas, cuando no alcanza para pagar el alquiler, cuando no se puede comprar una birra en un bar para invitar a una amiga a pasar un buen rato. 

Después, me dije: describir esto es describir un poco la situación de lxs escritores en general. No estaría hablando de mí, sino de una situación de carácter internacional y que no cambió y por lo visto no ha de cambiar con el tiempo. 

Entonces, apareció un interrogante: ¿se puede escribir contenido de calidad con tantas preocupaciones a cuestas? Pero apareció una contrapregunta: ¿se puede escribir contenido de calidad habiendo heredado cada bien que se posee y sin tener ni haber tenido ninguna preocupación en la vida? Estos interrogantes, opuestos, me llevan a la misma respuesta, y es que nuestras vidas personales, con o sin problemas, no son las que definen la calidad de nuestra escritura. 

No pueden serlo porque con la escritura, como bien ha dicho Barthes, muere el autor. Y si el autor muere al escribir y deja de ser propietario de sus palabras, entonces no es su contexto social el que determina si es bueno o si es malo lo que hizo. 

Un punto aparte llegando hasta aquí es preguntarnos qué es lo bueno y qué es lo malo. Somos escritorxs, no críticxs. Pero también somos lectores, y hay cosas que nos gustan y otras que no. ¿Es solo un valor subjetivo el que define la calidad? ¿Qué es la buena literatura? En un principio, podría parecer que sí, que no hay motivos para afirmar lo contrario y que la calidad literaria es, como la belleza física, una cualidad adquirida por convención social. Pero aunque lo escriba, no me convenzo. 

Es esta una lucha interna que lleva dentro mío mucho tiempo. Yo creo que sí hay literatura mala, pero me agarro de las paredes para no decirlo en voz alta. Me como las uñas. Me digo: hasta que no tengamos -como Gollum, hablo de mí desdoblándome- una respuesta clara a este interrogante, evitemos mencionarlo. 

Es decir, llegué a una conclusión de que la calidad de la literatura no se mide sólo en subjetividades, pero no llegué a postular mi punto del porqué esto es así; así que no lo menciono. 

Pienso, de todo corazón, que es este un ejercicio sano: el de no tirar máximas que no podemos, después, fundamentar. Aprender a hablar cuando se tiene algo para decir y cuando ese algo se puede sostener con motivos. Lo mismo con la escritura.

Creo que sí me quedé tantos minutos frente a una hoja en blanco preguntándome de qué hablar no fue tanto porque me obsesiona la idea de ser pobre, sino porque me obsesiona que esa preocupación haga disminuir mis capacidades como escritora. No es el plato vacío sino la ausencia de historias para contar. No es la falta de techo sino la falta de ocurrencia para las metáforas.

Tenemos lxs escritores raras prioridades. Alguna vez he escrito que no me gusta lo que escribo cuando estoy feliz, entonces prefiero no serlo, es decir, escribí, de todo corazón, que yo elijo una vida miserable con tal de escribir contenido de calidad. 

Pero ¿a dónde me lleva todo esto? No a un editor, claramente. No a grandes escenarios, por supuesto. Si la autora, o sea yo, muere al terminar de vomitar las palabras, ¿es un acto heróico o estúpido el de elegir la buena escritura por encima de la felicidad? Ni siquiera soy tan buena, y tampoco como de aplausos, pero de algo estoy segura: no puedo convivir con el síndrome de la hoja en blanco. 

Mientras haya algo que decir, lo escribiré; y reconozco que un poco le vendo el alma al diablo cuando elijo de esta forma. No por belleza ni juventud, sino por millones de letras acomodadas unas al lado de las otras.