El acto de escribir. Hoy: Mariana Travacio. Por Carlos Nuss

  1. ¿Qué estás escribiendo en la actualidad? ¿A qué apunta tu horizonte creativo?

No lo sé bien, es una etapa en la que me dejo llevar. Termino escribiendo varias cosas al mismo tiempo, según los días o las noches. Daría la sensación de que estoy terminando de corregir un libro de cuentos. Y estoy en pleno desarrollo de un par de novelas y de otros cuentos sueltos que van surgiendo en el camino.  Tal vez, estas producciones un tanto arborescentes terminen dialogando de algún modo. Ya se verá.

2. ¿Qué estás leyendo?

Ayer terminé de leer Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. La noche anterior había releído La última hora del último día, de Jordi Soler. Anoche me dormí con los textos selectos de Macedonio, en una bella edición de Corregidor. Tengo a Machado de Assis en mi mesa de luz, para cuando termine con la relectura de Macedonio.

3. ¿Cuál fue el libro/autor que le decidió a escribir?

No sé si hubo un texto en particular que me llevara a escribir. Sí, creo, como decía Barthes, en que hay una relación nupcial, de procreación, entre lectura y escritura. Escribimos porque se produce una suerte de diálogo con eso que leemos. A veces creo que estamos escribiendo un mismo libro, colectivo, entre todxs. Y hay algo del orden de la fascinación, en la lectura: eso que nos encandila y nos llama, esa alucinación un poco inútil y, al mismo tiempo, irrevocable.

4.¿Qué libro o autor no hay que dejar de leer?

No creo en las lecturas obligatorias. Entiendo la lectura como un encuentro gozoso entre un texto y su lector. Y me parece que cada lector va trazando su propio mapa de lecturas. Como en el amor: no se trata de una imposición. Son encuentros que simplemente suceden o no suceden. Y eso es todo.

5. ¿Qué es, en tu vida, el acto de escribir, qué lugar y tiempo ocupan?

Si entendemos la escritura como una manera de mirar el mundo, podría decirte que lo ocupa todo.


Entre gardenias (fragmento)

Comé, mamá, comé

pero al final ella comía menos; murió gorda igual, pero comía menos, porque estaba un poco vieja, y un poco desvaída, y un poco le daban esa comida sin sal, que no le gustaba, así que las arrugas se le empezaron a notar un poco más, no mucho, murió con el rostro estirado igual, porque ella nunca le dio espacio a los silencios, a los intersticios, no, no le dio lugar,

—No te oigo, Adelaida, no te oigo

así que murió con la cara redonda nomás, en la clínica de la alameda Santos, al cuidado de esas enfermeras tan caritativas, tan bondadosas

—Coma, doña Eugenia, coma

cuidándola como si fuera su madre,

—Pórtese bien, doña Eugenia, vamos a la diálisis

como si fuera una santa,

—Trate de hacer pipí, doña Eugenia, hacer pipí le hace bien

y mi madre obediente, a la diálisis, a la chata, a la comida, mirándome con los ojos de siempre

—No te oigo, Adelaida, no te oigo

clamándome que no le amputaran los dedos, y yo explicándole

—No te oigo, mamá, no te oigo

y asintiendo, porque no quedaba otra, y papá con esa cirrosis que le impedía visitarla, la visitaba yo, y la cuidaban las enfermeras de siempre, tan caritativas, tan meticulosa

—No me moje la sábana esta noche, doña Eugenia, que para eso está el timbre

tan aplicadas, resignadas, cuidándola,

—Coma, vieja de mierda, que no tengo todo el día

tan cuidadosas que si no fuera por ellas no sé qué hubiera sido de mi madre

—Comé, mamá, comé

por suerte estuvo en buenas manos hasta que me llaman de la clínica, su madre ha fallecido, me dicen, y se me viene encima el aceite, pfiss, de la papa, de los huevos, pfiss, del arroz, y sus manos saturadas,

—No te oigo, Adelaida, no te oigo

y su urgencia por rellenar tanto agujero, tanto intersticio, tanto desquicio,

—Comé, Adelaida, comé

pero un día muere,

—Ha muerto su madre, Adelaida.

Voy al entierro; vamos despacio, ella y yo, y el director de la clínica, que siempre acompaña, porque es una clínica buena, el director acompaña y después se va, entonces me quedo a solas con mi madre, mi madre que ya no dice No te oigo, Adelaida, que ya no dice Comé, Adelaida, entonces le puedo contar, le cuento de Pedro, de la maestra, del escarnio, de mis compañeros, de las burlas, de mi gordura tan grande, de mis nalgas voraces, porque ahora la veo más calmada, o me amordaza menos, y creo que puede escucharme, porque ya no está como antes, tan ensimismada; ahora no cocina, no me empava, no me pfissa, solo escucha, parsimoniosa, desde la tierra fría, entre gardenias.

Mariana Travacio nació en Rosario, se crió en São Paulo y actualmente reside en Buenos Aires. Es Licenciada en psicología por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como docente en la Cátedra de Psicología Forense de la Facultad de Psicología de la UBA. Es Magister en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero y traductora de francés y portugués. Sus cuentos han recibido numerosos premios nacionales e internacionales y han sido publicados en revistas y antologías de Brasil, Cuba, España, Estados Unidos, Argentina y Uruguay. Ha publicado los libros de cuentos Cotidiano (Baltasara Editora, 2015, 2016) y Cenizas de carnaval (Tusquets editores, 2018) y la novela Como si existiese el perdón (Metalúcida editora, 2016, 2018, Las afueras, 2020).