¿Escribo pidiéndoles ayuda a ustedes, desconocidos de la web?

Me pongo a pensar en Escribo pidiendo ayuda (2018, Nulú Bonsai) de Micaela Szyniak. Lo leí hace unas semanas. Fue mi segundo libro del 2020.

Pienso en él porque me abraza la idea de escribir como pedido de ayuda. Y no sólo eso, sino que también pienso en las posibles interpretaciones de la frase y me preguntó qué hago yo: ¿escribo pidiéndoles ayuda a ustedes, desconocidos de la web? ¿Escribo pidiéndome ayuda? ¿Escribo pidiéndole ayuda a la hoja en la que vuelco mis miserias? Probablemente, haga todas y ninguna al mismo tiempo. 

La poesía de Micaela, sin duda un hito generacional, tiende una mano en este asunto: las víctimas no piden ayuda, ni mucho menos escriben. Micaela hizo un poco de cada una, de pedirse ayuda, pedirla a otrxs y pedírsela a la hoja, y creo que yo la imito en un proceso de intento de purgación.

Escribimos pidiendo ayuda, pero esa tal ayuda es un ente, una cosa metafórica. La Ayuda, con mayúsculas, me llegó a mí leyendo los poemas de Micaela. Por ende, ella también escribía ofreciendo ayuda. Me pregunto si lo sabría o si siempre en el acto de pedir ayuda hay un eco que repercute y que pide por los demás. 

No puede ser que Micaela no sepa que cuando habla por ella habla por muchas más. Por otras mujeres, por otras lesbianas, por otras amigas, por otras poetas. Micaela hace que duela y cure ser poeta, todo al mismo tiempo. Lo hace con una gracia que ella maneja entre la crudeza y la hermosura e incluso las envuelve a las dos al mismo tiempo. Me hace acordar un poco al cine independiente estadounidense, el mumblecore porque cuenta las cosas cotidianas que nos atraviesan a las mujeres jóvenes. Eso nos abraza con simpleza. Las cuenta sin pelos en la lengua, con naturalidad.

Micaela narra las desventuras de ser poeta y querer llegar a algo con eso en un universo editorial que no es el más ameno: la competencia entre escritorxs, el miedo a la intrascendencia, las ganas de que venga una editorial que te quiera publicar y te salve la vida, entre otras cosas.

También la amistad, las relaciones con otras mujeres, ya sean amigas o parejas. Curiosamente, sólo nombra a los hombres en dos ocasiones: una, para nombrar un rechazo amoroso. La otra, para trazar una metáfora deliciosa sobre el futuro y el pasado. 

Lo que me gusta de Escribo pidiendo ayuda es que mientras escribo sobre él logro por fin apagar el ruido de mi cabeza. Que ella haya podido pedir ayuda de una manera tan grácil a mí me devuelve las esperanzas. 

Una vez hablé con Gaby Sambuccetti, la directora de La Ninfa Eco, en una entrevista, sobre la necesidad de las víctimas de violación de nombrarse violadas y correrse de una vez por todas del lugar de víctimas. Nombrarnos violadas obliga a la sociedad de una vez por todas a asumir que hay violadores que están por todos lados. Nombrarnos es una necesidad urgente.

Hay una cultura de la violación que hace esto posible: nuestro silencio, la impunidad, la culpa o la vergüenza.

No somos culpables de nada. Eso me lo enseñó el feminismo.

Por eso creo que yo también puedo escribir pidiendo ayuda y, a la vez, ayudar: contando mis miserias puedo animar a las demás a contar las suyas. Haciendo popular el saber de que yo no soy culpable, puedo hacer que otras también lo puedan entender. Si hablamos, tejemos redes. 

Yo tardé mucho tiempo en asumirme víctima. Primero pensaba que no quería serlo, que eso era darle un gusto al patriarcado o mi violador. Después entendí que sí soy una víctima.

Pero soy una mala víctima: de esas que escriben y, como Micaela, piden ayuda. Nosotras no somos víctimas condescendientes. Nosotras dejamos, a diario, un registro vivo de nuestras miserias.