Cronicas de una poeta

Anacrónica

No es casual que escriba esto justo el día en que mi psiquiatra recomendó bajarme dos de las cuatro pastillas que tomo. Por como yo lo veo, es este un nuevo comienzo, el génesis de una nueva etapa de mi vida. 

Como no puede ser de otra forma, el presente y el pasado se entrelazan, y de golpe me encuentro recordando aquel cuaderno rosa en el que escribía poemas, los cuales llamaba poesías, hasta aproximadamente mis siete años. Los poemas tenían en común que hablaban sobre el amor y que rimaban, cualidad que eliminé de mis textos con el pasar de los años.

No sé qué será de ese cuaderno, pero con un renacimiento en puerta y la tarea de darme a escribir cuál fue mi verdadero comienzo, no puedo evitar pensar en él. Pienso que hoy soy poeta gracias a él, pero también gracias a la biblioteca que heredé de mamá.

Desde el principio de los días, toda muerte trae con ella un nuevo nacimiento y la muerte de mi madre no tenía por qué ser menos. Es gracioso que hoy escriba gracias a haberme devorado, a los catorce años, toda la bibliografía de Sidney Sheldon, que terminé vendiendo o canjeando en Parque Rivadavia, el padre de mi afición por leer. 

Un poco me gustaría hablar sobre mi rutina a la hora de escribir, pero la pienso y se me larga una carcajada: no existe tal rutina. Una palabra brota y las otras le siguen, como un manantial de vocales y consonantes que se mezclan en un Caos absoluto: no manejo lo que digo, sino viceversa. Soy una esclava de mis versos. En este renacimiento me gustaría explorar otras formas, decirle a mi voz que se calle de una vez. Mandar en mi propio hogar. 

Desde el cuaderno rosa hasta hoy, un montón de cuadernos pasaron y también un montón de maneras de escribir. Nunca me abandonó la poesía, aunque yo haya amagado con abandonarla a ella. La verdad es que no podría, aunque quisiera, porque es ella quien conforma la columna vertebral de mi vocabulario.

La biografía de Mariana Enríquez en Twitter dice “I write, etc”, y la verdad es que, como dicen las nuevas generaciones: same. 

No sé qué día de la creación Dios inventó la escritura. No puede ser que tantos años de estudios bíblicos no me lo hayan revelado. Me niego a creer que si Dios le sacó una costilla al hombre para hacerle una compañera no le enseñó también a escribir.

Es más, voy más allá y afirmo con seguridad que Lilith escribía. Por eso la corrieron de al lado de Adán: no se puede esclavizar a una mujer ducha en el arte de las letras. Reformulo: por más que se pueda, nunca se la esclaviza del todo. Ella tiene un atajo hacia la libertad. Un refugio. Por eso pienso que Dios también cometió un segundo error porque el fruto prohibido, uvas verdes y jugosas, le enseñó a Eva a escribir, por eso se fue. Era el espíritu libre de Lilith llamando. Nosotras estamos para otra cosa. Y no porque Adán no supiera escribir, sino porque Adán se creía superior. No podemos hacernos un lugar en la historia si no aprendemos a nombrarla. Nombrándola, podemos dar nuestra propia versión. Habrá quien la elija, habrá quien la juzgue de hereje. Pero es nuestra, está impresa en el paso que vamos dejando al vivir. “El paso que imprimimos”, iba a escribir. Es verdad que no soy dueña de mis palabras, ellas me llevan y yo dejo tirar de la soga. 

En el momento en el que empieza a sonar Babasónicos, pienso que tal vez es hora de dejar de escribir y empezar a escuchar. Podría haber sido otro, pero fue Babasónicos. Se escuchan aplausos, vendrá otra cosa, pero no podrá contra esta sensación inmensa de que ya no hay nada demasiado profundo para decir, de que ya fue suficiente por hoy, de que el resto puede esperar quince días. Y ¿por qué quince días? Porque este es el principio. La punta del hilo de lana hecho pelota con el que juega el gato. El génesis. La reconciliación con la cordura.

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