Escritores que conocí: Froilán Escobar, el hombre de las múltiples realidades

Es un loco, dijeron unos; un mago; un profeta; artista; mentiroso; sicópata; un dios… Tal era la multitud de visiones que ganaba a su paso. Subía los pies de plomo como si fueran de pluma, y era advenedizo de los paisajes de hormigón, a cambio de los boreales. Había vivido las muchas vidas del caminante, que es a la vez emigrante y universal. Regresó a su infancia, a sus raíces, a sus antepasados, a sus conquistadores, a la génesis del mundo, una y otra vez, porque conocía los caminos entre realidades. Saltaba de unas a otras, se brincaba los puentes al azar… 

Conocí a Froilán antes de mi nacimiento. Él y mi viejo se habían encontrado en un tiempo anterior a los tiempos para subir las montañas de allá el oriente, para versar y fabular algunas de nuestras historias de país. Yo era niña, él escribía, y era un hombre lindo. Así quedó implícita, sin pruebas definitivas, la seducción de ese pasado familiar. 

Luego aquella vez, recuerda, cuando caminamos por las casas de La Habana, me dice… y yo evoco la tarde que junto a mi padre fuimos a casa de Cintio Vitier y Fina García Marruz. Ese día yo conocí a Cintio y a Fina. ¿Cómo olvidarlo? 

Ya grande, ya mujer, ya emigrada, ya nostálgica…, cuando las manos se me soltaron a querer escribir, Froilán, virtualidad del mundo, ubicuidad de poeta, desde su destino de escritor, de hombre, de emigrado, de amigo, se hallaba otra vez ahí, en el jardín, dispuesto a que nos leyéramos las historias, a un impulso, a la reconstrucción de realidades. Sí, ese es su principal rasgo, un hacedor de realidades. No de irrealidades, sino de múltiples realidades que uno elige por vivienda luego, hogar. “Es otra vida, Gabriela, te das cuenta? —me dice, siempre fascinado por el mismo auténtico descubrimiento—; una que le da sentido a la vida”. Paradójico, pienso, y me reconozco en ese universo paralelo del que habla este ser, especie del sincretismo del orisha judío con el dios yoruba, cuya capacidad fabuladora y de reconstitución de los mundos, posibles e imposibles, deja boquiabierto al más letrado. 

Hay muchas historias suyas por descubrir: las de sus voces, que parten de una orilla caribeña, y tocan a los hombres y las mujeres en cualquier borde del globo. Tres en una taza, que es su última novela publicada, sería un gran consejo iniciático para quienes, al leerme a mí recordando leer a Froilán, irán a buscarlo. Pero también están La vieja que vuela, Largo viaje de cenizas, El cartero trae el domingo, Ella estaba donde no se sabía. Martí a flor de labio... Estoy citando, sin orden ni concierto, el laberinto que es leer a Froilán. Nunca conocí otro escritor sobre la Tierra, ni sobre otros planetas, que vierta la fragilidad de una historia desde la entraña hasta el papel con la misma voracidad e intensidad de este curtido depredador. Aquel que solo mata en defensa propia y en nombre del amor.