Piriápolis, poemario policéfalo

“La palabra es demasiado con nosotros”

Dylan Thomas, Los huertos

“Cuando me levanté no vi nada, en el espejo no existía el reflejo de mí.”

Pamela Cuenca, Piriápolis: una muerte azul

Pamela Cuenca, Archivo de la autora

Visualicemos en nuestra cabeza la ciudad de Piriápolis, en la costa del Atlántico, al suroeste de Uruguay. Vemos el inmenso azul ante nosotros, el ir y venir de las olas. Imaginemos por un momento, que de esa masa celeste emerge la Hidra de Lerna, aquel monstruo que multiplicaba sus cabezas cuando perdía una, de pronto las aguas mansas se arremolinan, semejante al nacimiento de Afrodita.

De lejos llega Pamela Cuenca (Loja, 1996) y su poemario Piriápolis: una muerte azul (Editorial Gustavo A. Serrano CCE Núcleo de Loja, 2019).

“Piensa en la gran espiral, piensa solamente en cerrar los ojos”

Este poemario es un hijo de la Hidra, en su interior existen cuatro secciones/cabezas, cada una con una estructura y un enfoque distinto sobre las mismas interrogantes y sentires que aquejan a su autora.

Como la bestia, sus secciones son diferentes, pero comparten un mismo cuerpo (en este caso la palabra). Cuenca juega con las palabras y con las estructuras poéticas. Desde el verso libre, el art poétique, la prosa poética, el aforismo y el canto.

Pamela es una heredera de Dylan Thomas. Me atrevo a verla como la niñita del cuento La mujer y el ratón que le hace gestos a los pájaros. Cada gesto es un verso que pronto ha de plasmarse sobre el papel. Ignoro si la autora lo hace de manera consciente o no, pero su poesía —cargada de emotividad—, es el resultado de un amor profundo por el arte, amor al mundo (sin caer en el melosismo romántico). Cada poema, que conforma este libro, irradia alegría, pese a la melancolía y la nostalgia, que se desplazan por las páginas. Pamela lo acepta, sabe que escribir (sobre todo poesía) es un trabajo doloroso y voluntario.

“Vi al tiempo girar, dar vueltas, entrelazarse con un hilo rojo, permanecer quieto. Vi al tiempo y descubrí el final del ocaso.”

Piriápolis es un poemario geográfico, atemporal, autorreferencial, un misterio por descubrir. Es la conjunción de todas las lenguas que su autora domina y conoce, los lugares que ha visto, los silencios que la contienen y los cubos que la habitan. Piriápolis es una cartografía corporal (a modo de confesión).

Cuenca toma la pluma y su existencia; deja que cada trazo dibuje un hilo rojo (referencia a la leyenda japonesa). Sus palabras entrelazan su destino, su destino se desdibuja en puntos cardinales lejanos. En gatos cósmicos y terrestres, en las sombras que riegan su nombre por la tierra.

Se dice que Hera crió a la Hidra, entonces Pamela es la diosa creadora de las cabezas de este ser poético. A medida que nos enfrentamos a cada una, es imposible no sentir el chispear de las llamas, el fuego que se enciende en nosotros, nos hierve la sangre, nuestro hilo rojo corre a raudales y cauteriza las heridas que esta Hidra poética nos hace.

Piriápolis me remite a pirómano, ergo Pamela Cuenca es una pirómana (εμπρηστής) y así como dio vida a este poemario policéfalo, también le da muerte, gracias al fuego que la consume y forja. Solo nos queda cerrar los ojos y sumergirnos en ésta, su muerte azul, una muerte serena y silenciosa. Al compás de las olas de la costa o el grito gutural de la Hidra que empieza a extinguirse.

“una serpiente se enrosca para abrazar mi cuello (…) La muerte sabe que llegare puntual a su encuentro.”

Ejemplares de Piriápolis: Una Muerte Azul

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