El primer 24 de marzo sin marchar en Argentina

Acá en Argentina se declaró hace dos semanas la cuarentena obligatoria. No quiero hablar del tema ni ustedes quieren leerlo, manejémonos con sinceridad: estamos hasta el tope de este asunto. 

Me interesa, de igual manera, resaltar algo que nos pasó a lxs argentinxs en este contexto de encierro obligatorio: pasamos el primer 24 de marzo de nuestra historia sin marchar. Ni siquiera durante la dictadura se dejó de marchar por un grito de memoria, verdad y justicia.

Es por esto que estos días son días tristes. Acá estamos muy acostumbradxs a que nos unan en las calles las ganas de cambiarlo todo, de luchar contra las injusticias.

El 24 de marzo es el evento más convocante cada año en Argentina. Familias enteras, amigxs, organizaciones sociales y partidos políticos se unen a Abuelas, Madres e Hijos para marchar para que nunca más pueda suceder algo igual en este país y quedar en la impunidad.

Desde la recuperación de la democracia hasta ahora, hemos visto muchos avances en materia de derechos humanos no solo en Argentina, sino en toda la región latinoamericana, que fue vapuleada casi a la par por militares, civiles y organizaciones religiosas. 

Muchas voces fueron calladas. Muchas canciones fueron prohibidas. Muchxs artistas fueron asesinadxs, desaparecidxs, exiliadxs o prohibidxs. Ser artista pasó a ser similar a ser guerrillerx: había peligro de subversión en cualquier mensaje.

La cuestión es que con esto de no poder salir a las calles en Argentina se hicieron diferentes iniciativas, como la de las Madres de Plaza de Mayo, que invitaron a decorar las casas con pañuelos blancos y compartirlo en las redes sociales para que nos movilicemos de manera virtual.

Por mi parte, decidí convocar a poetas y artistas de todo el país para ponerle el cuerpo a la lectura de poetas que fueron desaparecidxs, exiliadxs o prohibidxs. Incluso a textos escritos después de la dictadura por otros autores o propios. Llamé a la iniciativa “poetas por la memoria” y sigo recibiendo correos electrónicos hasta el día de hoy.

Me alegra mucho que tantxs artistas hayan sentido en carne propia el compromiso de ser agentes activxs en la labor de construir memoria colectiva porque la historia que se deja morir está condenada a repetirse.

Pero no quiero dejar de mencionar algo que me inquieta, que incluso me dejó un poco triste y contenta, una sensación de arcoiris que con el tiempo se va convirtiendo simplemente en el entendimiento de que las cosas son lo que son: hubo gente que eligió a Santoro, a Paco Urondo, a María Elena Walsh, a Rodolfo Walsh, a Gelman para participar, y eso me parece perfecto. Todxs amamos a esos íconos de nuestra literatura, de nuestra poesía, de nuestro periodismo. Ellxs documentaron nuestra historia incluso sabiendo cuáles serían, probablemente, sus destinos… pero ¿y todxs lxs otrxs? Por suerte, llegaron muchos textos de otras personas. Cuatro de Ana María “Loli” Ponce, detenida y desaparecida en la ESMA, por ejemplo. Muchxs me dijeron que tuvieron que investigar. Incluso investigué para hacerle llegar a algunxs artistas poetas que no fueran de renombre. Pero me quedé movilizada porque incluso aunque resistamos y construyamos memoria, hay compañerxs desaparecidxs que crearon arte desde el más profundo de los dolores y ese arte murió con ellxs.

Nada se sabe, no hay registro, de poetas lesbianas, travestis, trans, en la dictadura. Ni siquiera hay registro de civiles LGTB desaparecidxs. Nada se sabe, casi, de mujeres poetas desaparecidas. Nos quedaron unas pocas y hay que saber encontrarlas.

Por suerte, tengo mi ejemplar de Palabra Viva, que está lleno de esas voces, pero ahora que sabemos que no todo son los poemas de Santoro, Conti y Urondo, le debemos a la memoria, también, el ejercicio de sacarle el polvo de encima a lxs poetas que quedaron detrás, que no conocieron nuestra democracia.

Así sus poemas, al menos, conocen la luz.