“Una sombra ya pronto serás” , de Osvaldo Soriano (1990)

Hay libros que son representativos de una época; aunque sean narraciones de ficción, se pueden reconocer personajes, situaciones y ambientes como si fueran una foto. Una suerte de sinécdoque.

Tal es el logro de Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano. Escrita en 1990, esta comedia negra narra las peripecias de un protagonista sin nombre (detalle no casual: la Historia no recuerda los nombres de pobres y perdedores) que vuelve derrotado a su país: la Argentina post hiperinflación alfonsinista y en pleno desguace del estado de la primera etapa de la presidencia de Menem, periodo con privatizaciones de las empresas estatales a precios irrisorios, donde la población fue dejada a “la buena de Dios”, tomando captura de los ahorros bancarios de la gente y entregando a cambio bonos a pagar a largo plazo.

Fue también una época marcada por saqueos a supermercados y por constantes movilizaciones en reclamo por la vulneración de derechos elementales.

Este es el trasfondo donde Soriano narra la historia de un ingeniero informático que regresa del extranjero y atraviesa la desolada y patética pampa argentina cargando a cuestas su derrota personal y la de su país, marchando hacia un lugar (Neuquén), una suerte de tierra prometida a la manera utópica con la que carga la literatura rusa y sobre todo la norteamericana, a un lugar (como el oeste estadounidense) donde comenzar de nuevo sin saber bien cómo. En el camino va encontrando otros perdedores como él, vivillos de poca monta o sobrevivientes buscavidas.

El hambre (otro detalle no casual) está siempre presente, surca los personajes y define sus acciones; se vive día a día, más allá de una meta ulterior.

Y es que el protagonista va, en realidad, hacia ninguna parte. Cada acción encarada lo desvía más de su destino elegido y se deja llevar y engañar por ilusiones esporádicas sin demasiadas chances de ser concretadas, como les sucede a los pueblos desesperados que creen en la promesas mágicas de gobernantes que los lleven más allá de un estadío de supervivencia. Como aquellas personas que hacen dedo en rutas desiertas, esperando un golpe de suerte que los devuelva al camino.

Pero vamos, en palabras de propio Soriano al referirse a su propio libro, “cayendo en todas las trampas de la historia”. Toda la narración cuenta la historia patética del protagonista y le prepara la trampa de perderse en sí mismo, en la imposibilidad de alcanzar un estado de bienestar, en el paulatino destrozo de las ilusiones sostenidas con menos que un optimismo hasta inocente que va cediendo, amalgamado al ambiente despojado de puebluchos casi deshabitados, donde la esperanza es tan sólo un viejo recuerdo o una sombra: una sombra que, con el transcurrir del texto, ya pronto será.


Capítulo 15 (fragmento)

Volvió a llover durante la noche y al despertar descubrí en el cielo un color como no había visto nunca. Desde la ventana parecía una serpentina suspendida sobre la llanura. La curva envolvía las estrellas y de ese lado llegaba una sinfonía lánguida arrastrada por el viento. Me vestí y salí al patio. Para mí esa hora y esa luz habían sido siempre de partida y de presagio. El Jaguar y el Mercury seguían allí pero el colectivo se había ido llevándose las carpas. Detrás de la oficina del Automóvil Club pasaba un alambrado que se perdía a la distancia y protegía un mundo que me era ajeno y hostil. De pronto recordé que había soñado con eso: un laberinto asfixiante en el que por más que caminara siempre estaba en el mismo lugar.  Algo me atrajo, quizá la incertidumbre o mi propio miedo y me largué a correr hacia cualquier parte. En la ruta vi un tipo subido a un poste de teléfono que miraba a lo lejos. Pensé que buscaba lo mismo  que yo pero después me di cuenta de que estaba cortando los cables mientras otro, en el suelo, los enrollaba con destreza profesional.  El cobre se había lavado y los rollos amontonados al borde del camino brillaban como las coronas de los santos. Los dos ladrones se demoraron un momento, sorprendidos por mi carrera silenciosa. A lo lejos, donde comenzaba a borrarse el asfalto, distinguí las siluetas y el piano que parecía un gigantesco ataúd velado por una cofradía demente. Pensé que si Dios existe estaba allí, mezclado con los músicos, dictando el último salmo o abriendo el juicio final. Los del colectivo 152 tocaban un Requiem solemne pero sin tristeza mientras en la línea de la llanura asomaba una brizna de luz rojiza. Parecían espectros que de vez en cuando tendían el brazo para dar vuelta una página de la partitura. El viento les inflaba las camisas y las polleras y a veces les arrancaba las hojas de los atriles. La chica del piano tenía rizos colorados o tal vez eran los reflejos del amanecer. A uno de los violoncelistas le faltaba un vidrio de los anteojos y el tipo del contrabajo tenía que agacharse para acompañar el instrumento que se hundía poco a poco en el barro. Los ladrones llegaron hasta donde estaba yo y se sentaron sobre las parvas de cobre a escuchar con la boca abierta. Cuando el sol se levantó todos estábamos como desnudos. El piano se hizo más negro y la tapa abierta le daba el aspecto de un pajarraco abatido por la tormenta. Los músicos eran doce o quince y se despedían sin rencor de algo que habían querido mucho y por demasiado tiempo. No había otros colores que los del cielo espléndido y los grises del campo me parecieron de una melancolía abrumadora. Mozart debía estar dándoles su aprobación y ellos lo sentían porque en sus caras había sonrisas jubilosas. Hasta que todo terminó. El apoteosis de las últimas notas se desvaneció en un cortejo de hombres y mujeres pequeños que se perdían como hormigas preparándose para un largo invierno”.
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