Cronicas de una poeta

Escribo porque leí a una mujer y me encantó

Le mandé a L un mensaje por Instagram.  Su novela fue la primera que leí en el año. Me gustó mucho. Vengo de un año de leer poco. Empezar un nuevo año me motivó a retomar mi ritmo habitual.  Ahora leo todo el tiempo. No todo el tiempo, pero siempre tengo un libro en órbita. 

El libro de L fue un regalo de cumpleaños. Me gustó tanto que le mandé un mensaje por Instagram y me pasó su mail para una entrevista. No prosperó. Como quería que fuera la primera entrevistada, la esperé hasta el final. Y acá estoy, contándoles la historia de su indiferencia, porque no hay L ni hay, tampoco, plan B, pero me quedé pensando en esto, en la “exclusividad”. 

Yo sentía que quería un acuerdo con L. Ponerla primera era jerarquizarla, materializar esto de que, gracias a ella, yo volví a leer con avidez, así como a escribir con impaciencia acerca de aquello que leí. 

Me dejó pensando y sintiendo y no les cuento cuál fue su novela porque, espero, si no es una entrevista les traeré, pronto, una reseña. Lo importante fue el después: cerré el libro y le dije a mi novio que este año, los primeros libros que lea, estarían todos escritos por mujeres. 

Y no sólo eso: todos los libros escritos por mujeres que vaya leyendo, también planeo reseñarlos. Expandir por el mundo mi semilla de amor por la literatura escrita por ellas. Hacer que todos y todas y todxs quieran ir corriendo y leerlas también. 

Resignificar la importancia de que ellas puedan escribir: algo que en otros tiempos no habría sido posible. 

Cada vez más son ellas quienes nos abren el camino para que también nosotras podamos intentar abrir el nuestro, y que a su vez el nuestro abra el de otras y así sucesivamente. ¿Se preguntaron ustedes, lectores y escritores, quién ha sido el o la responsable de que sean ustedes lo que son? En muy pocos casos la respuesta es “yo escribo porque leí a tal mujer y me encantó”. En muy pocos casos las primeras lecturas son lecturas de libros que escribió una mujer. ¡Y ni siquiera los clásicos! Si hasta tenían que cambiarse el nombre para poder existir, para poder significar algo. 

Este fin de semana vi Mujercitas, la nueva, dirigida por Greta Gerwig y muy actual. Es una adaptación de la clásica novela de Luisa May Alcott, pero con discusiones (tal vez) más actuales. Seré honesta: me interpeló muchísimo más que la novela que leí hace más de diez años. Pero también me dio muchísimas ganas de re-leerla porque retumba en mi cabeza la idea de que tal vez no fue sólo la mirada de Greta lo que me conmovió, sino que yo era otra persona doce años atrás. 

Ya no es la misma Gabriela la que abre la portada y se sumerge en el mundo de las hermanas March. Ahora hay otra Gabriela, una Gabriela signada por una mirada sobre el mundo completamente distinta.  Y son las mujercitas, las MUJERES con mayúsculas, las que me acompañaron en el camino que supuso y supone estar transitando esto. 

Cuando me mudé, en febrero del año pasado, ordené mis libros separando el género del autor. Resultado horrible: me di cuenta que, de doce estantes de libros de ficción, sólo dos eran escritos por mujeres. Los otros diez, fueron escritos por hombres. A partir de ahí, no tuve plata para recomponer la situación. Sí hubo regalos, y sí hay cuatro estantes de libros escritos por mujeres sobre cuestiones de género. 

Pero ¿por qué las elijo para hablar de una cosa sí y otra cosa no? Creo que tiene que ver con que el mapa de recomendaciones habitual no contempla a las mujeres. No se las expone de igual manera en las librerías. No se les da la misma publicidad. No son las más importantes de los jurados de los más importantes concursos. No presiden las grandes editoriales. 

Entonces, no creo que yo esté simplemente discriminando. Creo que fue mi culpa no hacer una búsqueda más exhaustiva para cumplir con mis deseos de hacer llegar a mi mente las palabras de las que viven una vida parecida a la que yo. Al fin y al cabo, ¿cómo puede ser que siga siendo normal, después de tantos siglos, que las mujeres nos acostumbremos a que los hombres sigan contando nuestras historias? Ellos no saben lo que sentimos. 

Así, estamos envueltas en un círculo vicioso horrendo: si aprendemos a contar como cuentan los hombres, ¿corremos el riesgo de empezar a contar las cosas como lo hacen ellos? Nuestro gran desafío es construir una voz propia, menos viciada por la voz hegemónica. 

Si empezamos a tejer redes donde leernos entre nosotras sea la norma, probablemente podamos pensar en un horizonte donde aprendamos a escribir leyendo historias que tienen que ver con nosotras. Por suerte, existe Mariana Enríquez. No es fácil ser escritora siendo mujer. No es fácil ser mujer, la verdad.