VolcáNica: Fuego, palabra, revolución.

Fotografía de: Aitor Arjol

“Viajamos, algunos para siempre, en busca de otros estados, otras vidas, otras almas”.  Anais Nin

“Soy una hija de las migraciones” Sabrina Duque

“Juntos somos un volcán” Luis Mejía Godoy

Sabrina Duque (Guayaquil, 1979) es periodista, cronista y traductora. Hija de un padre cubano y una madre manabita, conoce Ecuador, Brasil, Portugal, y Nicaragua –radica actualmente ahí-. Ha escrito para varios medios de prensa de los países ya mencionados además de Italia, Estados Unidos y Uruguay. Es columnista para eldiario.es. En el 2015, fue finalista del premio Gabriel García Márquez de periodismo. En el 2017 publicó Lama; y en 2018 se hizo merecedora de la Beca Michael Jacobs de crónica viajera, dando como resultado la publicación de VolcáNica (DEBATE, 2019), obra por la cual fue reconocida con el premio José Peralta, galardón que entrega la municipalidad de Quito a la mejor crónica del año.

“The journey not the arrival matters.” (Importa el viaje, no el arribo) sentenció T. S. Eliot en uno de sus versos. Es que el acto de viajar implica un autodescubrimiento: permite tomar postura o ver un panorama más amplio y empatizar con el entorno que nos rodea.

Mujeres como Juana Manso, Ada María Elflein, Clarice Lispector, Leila Guerriero, Svetlana Aleksiévich, María Fernanda Ampuero y Sabrina Duque nos demuestran que viajar habilita una propuesta que puede adscribirse a un contexto de carácter social, político o cultural gracias a la literatura de viaje.

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Sabrina se siente extranjera en cualquier lugar, incluso en su país, me recuerda a la frase de Robert Louis Stevenson escrita en sus diarios de viaje: “No hay tierras extrañas. Quien viaja es el único extraño”.

Nicaragua está ubicado entre el océano Pacífico y el mar Caribe –como si las aguas le dieran un abrazo eterno, pero son sus volcanes y su gente (quienes le perdieron el miedo a vivir allí) el hilo conductor que permitió a la autora adentrarse en la geografía para descubrir que el fuego que duerme bajo el país es el mismo que arde en los corazones de sus habitantes. Los Nicas cambiaron el miedo por el fragor del magma (oro derretido) la chispa que detonó una revolución.

VolcáNica es una obra donde podemos ver, sentir y/o percibir no sólo la historia, sino el diario vivir de un pueblo. Sabrina llegó al país centroamericano teniendo en claro aquello de lo que no quería escribir. Durante un año recorrió todo el territorio conociendo sus volcanes y descubrió las causas por las que en los tiempos de la colonia a este país se le conocía como la puerta del averno.

<<El 18 de abril de 2018 el país al que me había mudado poco más de un año antes comenzaba a hacer erupción.>>

Así, inicia VolcáNica, así Sabrina Duque nos abre la puerta a la tierra de Rubén Darío quién revolucionó la poesía al dar germen al modernismo, la tierra de los sandinistas, que años atrás ya habían iniciado su revolución contra Somoza. Ahora, desde todos los rincones dispersos de Managua, parecían volverse a levantar, pero con otros nombres y rostros (otro tiempo y contexto) levantaban sus manos, su voz, sus pisadas hicieron temblar el suelo…, la vibración despertó  los volcanes internos de los manifestantes, niños, estudiantes, padres y madres.

Sabrina supo contar esta historia, a precio de lágrimas y dolor, que aún hoy le agüita el corazón. En una libreta anotó los nombres de las personas que hablaron y vieron sus ojos, tiene miedo compararlos con la lista de la CIDH y encontrar a un conocido.

Su mirada periodística deslumbra por la minuciosidad de la descripción (como si viéramos una película) nos sentimos en Granada o León o recorriendo las calles que no tienen nombre ni numeración, el lenguaje, pulido hasta su máxima expresión, a tal punto que, quién lea su obra, de inmediato crea un vínculo emocional con las crónicas que conforman este libro -12 para ser exactos-.

En VolcáNica y Nicaragua coexisten lo bello y lo sublime…, los paisajes dibujados por el lenguaje, la experiencia con la que su autora supo llevar a cabo su trabajo, muestran lo bello. Lo sublime por la historia, el miedo/peligro de vivir al pie de los volcanes y hacerle frente al uso desmedido de las fuerzas represivas. Sentir esa tensión es inigualable.

Nicaragua encendió la llama que ahora abraza Latinoamérica (del Bravo a Magallanes, cómo decía Martí) Ecuador, Colombia, Bolivia, Haití, Chile.

Ya sea coincidencia o destino o el efecto boomerang de la Historia. Un país dominado por volcanes nos mostró que todos somos el fuego.

Esta luz brilla en la obra de Sabrina Duque. Sobra decir gracias por el fuego.

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