Tras las lluvias, lluvias largas, finas, intermitentes, interminables, cernidas sobre el mundo, o este pedazo de mundo que es la ciudad que habito, va llegando, como por accidente, el invierno. Le temo al invierno. Yo que nací en un país del trópico, con sol, con lluvias calientes, con fríos calientes, con maldito calor plomizo y duro y algo húmedo; no sé a veces cómo enfrentar la temporada. En invierno el cuerpo responde menos a mis llamados, las ganas se me enfrían y me pongo drástica, dramática, menos revolucionaria, como si las luces se apagaran y la escena en penumbra develara una locación ajena y sin aves.

Desde que siento el invierno acercarse con esa parsimonia desequilibrada, ellos, mis fantasmas, han venido a acompañarme más a menudo; me persiguen, se quedan, permanecen y a veces, incluso, hablan. Mi padre se ha hecho omnipresente. Se pasea por la regadera a la hora del baño, e ignorando mi desnudez me habla de poesía. Yo le expongo ideas que solo él podría comprender. Vamos de la mano de su imaginación y la mía a comprar todos los libros nuevos, y como somos fantasmas, los llevamos sin pagar, porque los fantasmas no traficamos libros por dinero.

Luego, con la cabeza pegada a la almohada, sin poder dormir por largas horas, le leo bajito y a él le gusta mi voz. Me emociono, y leo entonces como para un auditorio completo, aunque sólo él me escuche, allá, al otro lado del mar que parece separarnos.

Mi padre ha sido el fantasma más recurrente de mi vida. Sí, no tengo sueños recurrentes, sino fantasmas recurrentes. Incluso siento que, de alguna manera, eso que antiguamente eran mis sueños, ahora se han convertido en sueños fantasmales. Estoy habitada y poseída, o quizás soy uno de ellos. 

Una noche, hace ya algún tiempo, mi padre llegó con Benedetti. Cuando me lo avisó, unos minutos antes por teléfono, le dije que era un fantasma loco y que me estaba poniendo nerviosa. “Pon el vino a temperatura”, respondió y colgó. Dos minutos después tocaban a mi puerta.

Para recibir a mis fantasmas ocupé la casa de mis sueños. Había jardín con florecitas de colores. ¿Cómo podría recibir a Benedetti en la estancia pequeña en que vivía por aquellos tiempos? Tomamos vino y hablamos de poesía hasta que el sol calló y la luz se hizo demasiado intensa, y los poetas no pudieron soportarla. Poco tiempo después Benedetti murió. Me sentí triste, pero recordé aquella tarde en el jardín, y evoqué alguna de las imágenes, inevitablemente fantasmales, que mi canon había recogido ese abril. La foto parece vacía, pero yo puedo verlo allí sentado, compartiendo un cigarrillo con nosotros, mientras el humo difumina el aire de la foto y empaña los lentes de mi padre.

Al día siguiente, cuando el fantasma de mi padre volvió a marcar mi teléfono, le dije: “¿Me traerás a Borges?” Hizo silencio pero yo sabía que seguía ahí. Al rato colgamos sin respuestas. Pasadas unas semanas me mandó una carta, vía mi madre, en que me contaba sus últimas novedades literarias y me hablaba de las monadas de la nieta recién nacida. Al final, en una posdata escrita casi sin tinta, me aseguraba que estaba por regresar… No volví a tocar el tema y pasaron muchos fantasmas más por mi vida antes de que Borges decidiera gratificarme.

Aquel jardín preparado para ocasiones especiales recibió en esos años a escritores, directores de cine, poetas, músicos, artistas de circo, soñadores, ideólogos, tristes, pintores, mimos, cantantes frustrados, y alguna bailarina extraviada. Muchos vinieron con mi padre; otros llegaron sin rumbo, perdidos por las verjas de anteriores jardines. Pero en el mío,  la mesa del té estaba siempre servida y el vino a temperatura. Fueron años maravillosos. Lo terrible era despedir a mis fantasmas, porque uno se encariña. Después, les sigues hablando y hablando, en una charla interminable, estén o no, regresen o nunca más vuelvan. Hablarles a los fantasmas es una costumbre de la que es difícil desprenderse.

Con el tiempo fue habitual que llegaran sin avisar y se fueran sin decir adiós. Luego, a la hora de dormir o de bañarme, aparecían de pronto a terminar alguna frase inconclusa. Y muchas veces, cuando los necesité, me escucharon hasta que ya no tuve nada que decir.

Fue por entonces que se me pasó el miedo de ver morir a mis amigos mayores, a los que me han acompañado tanto. Vendrían luego, serían mis fantasmas también, algunos ya lo eran y solían participar de aquellas conversaciones sin límites. Debo decir que muchos de mis fantasmas viven, no hay que haber muerto para ser uno. Aprendí a evocarlos casi sin darme cuenta. Me escuchaban, pero también me contaban; y a veces, solo a veces, chismeábamos de los ausentes.

Claro que aproveché para aclarar todas mis dudas… comprendí por qué no podría hacer versos como aquellos: “Tu silencio que me arrulla es la idea de naufragar”. Yo no soy poeta. Yo me he convertido en la anfitriona de los poetas. Llegan, invaden mis horas, mi intimidad. Cuando necesito estar a solas con mis pensamientos vienen y no me dejan. Se han vuelto tan protagonistas que en ocasiones he recurrido al fantasma de mi padre para que me ayude a espantar al resto. Si no lo hace, se lo reprocho y me pongo triste; él no entiende, porque sabe que adoro a mis fantasmas. Cuando estoy demasiado triste todo el mundo me deja sola, lo único que respetan es mi mutismo. Mas, todas las ideas que han dejado plantadas en mi jardín se arremolinan y dan vueltas y vueltas, y luego, si no es un día lluvioso, si no hace demasiado frío, me siento a escribir.

Escribir es un ejercicio solitario, algún fantasma me dijo: “El escritor es un lobo solitario”. Yo no me siento loba y detesto la soledad… Pese a ello, sigo en mi trayecto apretando fuerte a un hombre que me acompaña en los desayunos y las cenas, y cuyo fantasma sale a pasear conmigo. Vuelvo a convidar a mis fantasmas, acostumbrados a las pláticas de olores a yerba, al vino rosa, y al sol perdiéndose detrás del valle. Y en mis escasos minutos de soledad, retorno al papel, a la pluma, a los sueños perdidos. Escribo desesperadamente, línea tras línea, aunque sea invierno; como si al terminar el invierno se fuera a acabar el mundo; como si los fantasmas no fueran a regresar, como si me estuviera muriendo y esa fuera la última oportunidad de poner en tinta todo lo que vive y muere dentro de mí.

Entonces llega Borges, hace frío… yo sonrío y él pregunta si hay té caliente; si lo puedo acompañar en el jardín. Al fondo, entre los arbustos, sonríe mi padre…

(Luz en la piel, cinco voces de mujer, Editorial Huso, Madrid, 2018).

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Gabriela Guerra Rey (Cuba-Mexico) Escritora, periodista y editora-cubano-mexicana. Aspirante a la libertad física, de palabra y acción. Isla vencida, emigrante eterna. Aventurera y respetuosa de los derechos del hombre, la mujer y la naturaleza. “El sentido de la vida está en la belleza… contemplarla es toda mi ilusión”. Escribe ensayo, narrativa y poesía. Sus cuentos son publicados en revistas de Latinoamérica y aparecen en varias antologías europeas. Imparte taller de Storytelling, Literatura y Escritura creativa. Es autora de: Monte y ciervo herido (divulgación científica, editorial Gente Nueva, Cuba, 2010) en coautoría con Félix Guerra. Nostalgias de La Habana, Memorias de una emigrante (crónicas literarias testimoniales-sello Südpol, Argentina, 2017). Bahía de Sal, Premio Juan Rulfo a Primera Novela (novela-Editorial Huso – España y México, 2017-2018 / editorial Qeja-Buenos Aires-2019). Luz en la piel, cinco voces de mujer (novela-Editorial Huso, España 2018). Los amores prohibidos de la muerte (antología de cuentos- Editorial Huso-España, 2019). Es antologadora junto a Mayda Bustamante de Los cuentos que Pessoa no escribió, antología que celebra el 130 aniversario de su nacimiento (antología iberoamericana de cuentos-Editorial Huso – España y Portugal, 2018-2019). Borges, el hombre que no sabe morir (antología de cuentos de ficción sobre Borges en coautoría con Froilán Escobar y Andrey Araya- Editorial Nueva Generación-Argentina, 2021). Hellena de Todas Partes (novela finalista de los premios Ciudad de Badajoz, España 2020- Editorial Aquitania Siglo XXI, México, 2021).

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