Si escribiendo es que salgo de la crisis, entonces no hay crisis que no pueda abordar

Todo en este encierro es simbólico, excepto la compañía de mi novio, mi perra y mi gato. Pongo una pausa simbólica en mi vida y miro hacia mi alrededor.

Todo lo real que aquí habita se reduce a estos cuatro corazones que laten.

Pasan los días, tachamos, también simbólicamente, el calendario y no hay nada nuevo bajo el sol.

Es este nuevo viaje de psicodelia en loop: las cosas se mueven en ritmos diferentes, descubrimos verdades que nunca habíamos conocido, nos conocemos en profundidad y nos miramos al espejo hasta que las manos comienzan a derretirse, hasta que nos preguntamos sin hablar con la mente gritando: cuándo mierda se va a terminar esto.

Estoy harta de las campañas, de las publicidades, de las notas periodísticas, los poemas, twitter y lxs vecinxs: todxs hablan de lo mismo todo el tiempo. A veces, creo que me salteé la parte del apocalipsis y saqué un boleto de ida directa al infierno y aquí me encuentro.


Hace unos días, y pongo esta medida porque la verdad es que ya perdí la cuenta, le recomendé a un alumno que para lograr ejercitar la escritura cotidiana, para convertir en ejercicio el momento de la creación, comience la escritura de un diario. Todos los días, por lo menos, una entrada.

Desde ese día, yo también llevo mi diario. No por primera vez en mi vida, eso seguro. Pero por primera vez preguntándome cómo, cuándo y por qué. ¿Cómo? pensando. Tengo algo para decir y lo callo. Entonces, las letras se abren paso entre mis dedos. Estoy escribiendo. ¿Cuándo? Cuando es necesario. Anoto: siempre tener elementos de escritura a mano. ¿Por qué? Porque lo necesito, porque lo quiero, porque alguien debe proveer a esta situación distópica inexplicable de nuevas historias aunque sean historias personales aunque no sea nada nuevo.

Escribo para recordarme que soy real porque, en lo que a mí respecta, puedo ser el cadáver de una mujer que convive con los cadáveres de un hombre, una perra y un gato, encerradxs en una casa que no nos pertenece, zarandeadxs por un Dios inescrupuloso.

En lo que a mí respecta, podríamos ya ser polvo. Por eso escribo. Porque alguien tiene que pegarme la cachetada de realidad: estamos vivos. El por algo hay que seguir.

La escritura, por supuesto, no me da esos motivos para seguir. De hecho, si no la mimo demasiado, hasta me justifica la muerte sin titubearlo ni una sola vez. Pero es, por sí misma, un motivo para seguir en concreto. Iniciando el momento autoayudesco de la crónica, digo: si todavía queda algo por contar, entonces vale la pena estar vivxs.

Aunque lo que haya para contar sea que del árbol del vecino cayó una palta* y que con esa palta se pudo hacer una tostada con queso crema y frescura. En esa palta está la novedad. En esa palta está el motor, un tiqui-tiqui que dice, que no cesa, que insiste: escribime, escribime, escribime. Ahí está el por qué: soy una víctima de la palta, de la novedad, de lo que viene a cambiar el mundo. No soy más que una esclava de esa novedad.

Aquí, después de un mes encerrada, preguntándome si mis crónicas todavía tienen paltas verdes para aportar, cosas nuevas para decir, reafirmo, con mucha seguridad, pero no sin miedo a equivocarme: si escribiendo es que salgo de las crisis, entonces no hay crisis que no pueda abordar.

Después, vuelvo al mal flash, me pregunto cuándo terminará todo esto y qué pasará cuando, de una vez por todas, se terminen todas las paltas del jardín del vecino.

Y me respondo: después de las paltas, vendrán los cogollos. Algo, siempre, de qué hablar, va a haber.

*Aguacate, avocado


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