Al contrario de las mujeres, al hombre se le permite la mediocridad en las artes

Mi novio y su hermano no dejan de hablar de fútbol: de partidos pasados, de directores que se tuvieron que ir, de cosas que francamente no me interesan. En el televisor se reproduce un partido de Boca contra Talleres. Como no me interesa en absoluto, me pongo a pensar en qué cosas sí me interesan: pienso en la noche de ayer.

Fui a ver a Andrea Álvarez a Niceto Club [un night-club en Buenos Aires]. Andrea me habló por Instagram y me dijo que si quería ir, me anotaba en la lista con un acompañante. Fui con mi novio y con mi compañera de piso. No sólo se puede decir de Andrea que es una buena baterista y que canta bien. La verdad es que, mientras la miraba, con sus rulos y su cara eternamente joven, con su potencia en la voz, sólo podía pensar en una frase: el rock no ha muerto. Y, por más que les pese a muchos hombres, está encarnado en el cuerpo de una mujer.

Pienso en esto no sólo porque me interesa la música, sino porque pienso en el lugar que tenemos las mujeres en el arte en general. Andrea hablaba hace poco de cuánto hay que esforzarse para ser linda, para ser una música reconocida internacionalmente, para tener peso.

Hay que disfrazarse: ser un bombón, tener onda, estar super-maquillada, tener unos tacos incomodísimos, ser llamativa y más. Esto se puede trasladar a todas las ramas artísticas. Incluso a las mujeres del campo literario y a las poetas.

Las mujeres tenemos dos obligaciones si queremos trascender: ser las más lindas y ser las mejores, las más destacadas.

Si no somos hegemónicas, tenemos que tener muchísima onda, una onda que haga que la gente se olvide de que somos feas. Una onda acompañada con carisma; con una excelencia en nuestro campo. Y a todo esto no puedo dejar de preguntarme, de preguntarles ¿cuántos de los hombres que llegan lejos en sus ramas artísticas son realmente los mejores en su campo? La verdad es que casi ninguno.

Al hombre se le permite la mediocridad; esto lo pienso mientras un montón de personas con pocas luces cantan en la tele durante el partido que ‘’hoy hay que ganar, que paso a paso es lo más grande que hay’’. Probablemente fuera de cámara estén haciendo referencias a forzar el sexo anal a sus contrincantes. Son como simios: sin embargo, nadie les exige nada.

Al contrario, nosotras tenemos que cuidarnos de todo: de las grasas, de las malas costumbres, de la inmoralidad, de todo. No podemos ser malas, no podemos ser feas, no podemos ser mediocres. Ni siquiera podemos darnos el lujo de querer ser mediocres, de no querer ser las mejores en nada. Nos direccionan el deseo, nos lo moldean. Nos dicen: ahora que las mujeres son libres, tenés que ser la mejor.

Y yo, mientras relatan un partido de Central e Independiente -a propósito, ganó Independiente después de bastantes malas rachas-, pienso que estoy harta de que me moldeen la pulsión deseante.

Quiero ser lo que yo quiera, poder darme el lujo de no ser buena, de no ser linda, de no ser la mejor en lo que hago, y sobre todo, de no tener una compañera al lado obligándome a quererme, esforzarme o a verme bien.

Yo no obligo a nadie a nada. Mi novio se ríe de las idioteces que dicen sobre el partido, me ceba un mate, casi no me habla. Pienso en lo importante que es para mí que él no me obligue a nada. Él abraza mis imperfecciones. No soy la mejor poeta, no soy la mejor cronista: no tengo esas aspiraciones. Sólo quiero moldear mi vida en base a mis deseos, que viven en constante transformación.

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