“Virus” de Beatriz Gordillo

“Virus”. Por: Beatriz Gordillo. En Antes de que oscurezca (Quito, Editorial El Conejo, 2019)

Los cadáveres flotaban por la sangre como troncos en río amazónico. En los recodos se amontonaban, en los remansos hacían diques, en los rápidos chocaban y en las márgenes se varaban. No por estar muertos eran inofensivos: estancaban la sangre que llegaba contaminada a los órganos, inflamaban los tejidos. Habrá que limpiar las venas y las arterias. Sin embargo, se dijo, es lo de menos. El temor ya había pasado…

Tiempo antes, cuando el oncólogo le aseguró, apenas alzando la mirada de los exámenes que reposaban en su escritorio: «tienes cáncer», su cuerpo se convirtió en su mundo. Entró en los avatares de la quimioterapia: recibió un suero con la medicina que le provocaba vómito. Con la esperanza de sanarse, no le importó ver que el espejo le devolvía una imagen ojerosa y amarilla, sin cejas, ni pelo. Sin embargo, la muerte de las monstruosas células que formaban los tumores no resultó solo por la agresividad de aquel tratamiento, sino que se allanó a todo tipo de procedimiento medicinal por el anhelo incomparable de vivir. Buscó cómo sanar en libros científicos que muchas veces no entendía. Escuchó al familiar que le sugirió la medicina alternativa —con sus dietas desabridas y extrañas—, a la amiga que le llevó lecturas bíblicas y consejos espirituales y al amigo que lo invitó a visitar a un chamán en la selva. Todo lo hizo con fe y su organismo se fue dulcificando, consiguiendo que el oxígeno se repartiera por los tejidos, incluso por las masas tumefactas. El medio que rodeaba a los tumores se tornó alcalino, como el agua de manantial, y las células mutantes se fueron secando.

Pasaron meses hasta que el médico le dijo con una ligera sonrisa: «los tumores han remitido, no así el origen de tu enfermedad, que por siempre residirá dormido en el interior de tus células». Esta amenaza no mermó su alegría, más bien lo tomó como un reto y pensó en una convivencia armónica y silenciosa para no despertarlo.

Devino una temporada de calma, libre del agobio de los tratamientos médicos y las pastillas. Gozó de buena salud hasta el día en que, mientras se duchaba, notó una ligera hinchazón en el cuello. Recordó al habitante intracelular. Dejó todo lo que tenía planeado y fue al médico con un párpado temblando: «son solo músculos tensionados, tómalo con más calma». Pero no lo hizo. ¿Cómo vivir sabiendo que algo te ocupa, esperando un descuido para poblarte nuevamente? No, no podía. Decidió eliminarlo, le odiaba, la guerra estaba declarada.

Si la ciencia, se dijo, da por hecho que no lo puedo matar; tomaré otro camino. Entonces, recordó sus periplos y destacó uno: el chamánico.

Viajó hasta la selva, el calor húmedo hacía que su camiseta blanca se pegara a la espalda. En la choza tuvo que esperar el turno de una mujer mayor que tenía los dedos torcidos. En cuanto ella se marchó con aire de alivio, entró. El brujo empezó a preparar el trago para escupirle en la cara, pero se detuvo, intrigado, cuando le solicitó que sacara al habitante intracelular que estaba dormido. El hombre de dorso desnudo y plumas en el collar, le sonrió sin colmillo y le dijo que lo único que dormía en nuestro interior era el miedo, y que cuando lo despertamos se convierte en un monstruo. No, le replicó, se trata de algo microscópico que habita en las… Y sin darle posibilidad de terminar, el chamán sorbió el trago del cuerno de toro y le escupió. Pasmado, volvió a salir, arrepentido del intento. Sin embargo, días después, tomó en consideración las palabras del brujo. Acudió a un psicólogo para entender qué sucede con el sistema inmune cuando el temor te maneja. Aquel le indicó como a un infante: imagina una manada de gacelas perseguidas, por un grupo de leonas, frente a un despeñadero. ¡Ya!, discernió, el miedo mermó mi ejército defensivo y dejó que el habitante intracelular me colonice. ¿Mas quién puede deshacerse del miedo?, ¿esa convulsión, ese ahogo, ese bombear descontrolado, ese deseo de escapar, de agredir, de gritar, de esconderse, de morir antes de enfrentarlo? ¿Y quién puede desaparecerlo?

Las semanas pasaron y dejó el tema en alguna parte del cerebro, quizá resbaló al cerebelo o incluso hasta la médula. Una noche calurosa y desvelada se durmió como a las tres y entró de inmediato en un sueño: buceaba por un río de sangre que de tramo en tramo alimentaba cavernas formadas por paredes de rocas transparentes en cuyo interior se avizoraba vida. Se acercó a una y la abrazó para no dejar que la corriente le arrastrase, mientras observaba lo que tenía adentro: un núcleo perfecto y uniforme rodeado de líquido transparente. Escrutó el espacio y encontró algo que parecía un satélite del núcleo, pero hosco y repulsivo, con antenas cortas que lo cubrían. Lo detestó y golpeó la roca que cedió a sus puños como gelatina. Insistió asestando cabezazos hasta que traspasó la membrana. Adentro, la tibieza le serenó, pero en cuanto se acercó al organismo satélite, se atemorizó. Lo que le había parecido antenas, eran brazos culminados con dedos, y en sus raíces había orificios. Se distinguía, a medio nacer, una réplica en miniatura. Rodeó al organismo. No reaccionaba, pensó que estaba dormido. Se acercó. Le pareció inconsciente. Su instinto le apremió a patearlo: estaba duro, momificado. Lo empujó hasta llegar a la membrana que se abrió para expulsar el cadáver, librándose de sí mismo. Como si se hubiera tratado de una ejecución masiva, las demás células habitadas realizaron exacta operación. Y pudo ver cómo los cadáveres flotaban por la sangre…

BEATRIZ GORDILO B. (Ecuador, 1966). Ha escrito para varios portales web y para el diario nacional "El Comercio", “Antes de que oscurezca” (Editorial El Conejo, 2019), reúne nueve cuentos. "Virus" es uno de ellos. 

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