Ana Patricia Moya publicó el poemario La casa rota, en la editorial española Versátiles, en tiempos anteriores a la pandemia, allá por el lejano 2019. Pero, quizás, las sensaciones que vierte, no podrían haber encontrado una mejor puesta en escena que ese periodo de forzosa cuarentena que todos vivimos.

La casa rota es el refugio, el espacio de la soledad, la superficie estupefacta, pulimentada y esterilizada que habitamos y que nos habita por dentro. Es lejía, humor ácido, y una mirada perdida hacia ese estante de la cocina donde no hay más que una lata de atún, austera, que se impone al paso del tiempo. La casa rota es la piel que nos protege, pero que no deja de ser invadida por hormigas que se llevan los deshechos como si fueran nuestras entrañas.

Es el lugar desde el que observas el falso decorado del mundo (no sólo poético, también social, político), hasta que ya no distingues, al paso de las horas, si miras por la ventana o a través de la pantalla del ordenador, para luego darte la vuelta y recoger el vaso de agua usado y lavarlo en el fregadero mientras recitas repetidamente, para no olvidarlos, unos versos como estos: «La poesía ya no es sagrada / ahora es la puta de todos.» (Herejía).

Autoría de las fotos: Begoña Rosa Nieto

La vida a veces depende de un portazo, pero a veces nos deja afuera y a veces adentro. «Que madurar era esto» se repite incesantemente Ana Patricia Moya en este libro. Madurar es asumir tu paso por la vida como esa lata de atún sobre el estante. Somos proyectos y nos llenamos de cientos de ilusiones, pero a la larga todo es sobrevivir o vivir por vivir, en el mejor de los casos.

La casa rota es un poemario o, quizás, un ensayo, o un diario, una respuesta a lo ficticio. Un listado de momentos cotidianos, con sus palabras justas, instantes en un trasfondo inmenso, opaco, de sensaciones duales, de intentos y contraintentos, el vacío, al fin y al cabo, tan concreto y tan extenso.

Y no es sólo eso, es un libro y es la respuesta a un momento, este, el de los falsos decorados, en el que la poesía circula de la banalidad al exceso sin pasos intermedios; del mensaje de autoayuda en una story de Instagram a las condecoraciones institucionales y exaltaciones, a best sellers que mañana serán olvidados. Unos y otros acaparando la audiencia, ocupando los medios. Haciendo cuentas en número de palabras (versos) por euro. Y luego, poetas, y más poetas.

La sencillez en el discurso esconde una profundidad, diría, casi trascendental. No es sólo el fracaso asumido de una poeta queriendo resolver profesionalmente su vida en la inabarcable incertidumbre de estos salvajes años 20 que ya vivimos. Esconde una reflexión antropológica. El exceso nos abruma, nos movemos en una selva de la que no vemos nada a dos palmos, pero escuchamos mucho ruido a nuestro alrededor, y ese miedo, en muchas ocasiones, nos sume en una procrastinación permanente, nos inactiva, nos empequeñece.

Este libro es también, verso arriba verso abajo, una denuncia contra la intención de idealizar al poeta, contra quien pretenda siquiera creer que en el mundo actual la poesía tiene algún lugar reservado. Dice: «¿para qué otro título que decore la pared del baño / para qué escribir? / cómo referirse al monstruo de las legañas / que me arrincona en esta cama que apesta a rendición.» (X- Cafetera). La poesía es ¿nada?, ¿Lo es todo? Y qué importan los nombres, los premios, el éxito, los círculos de escritores, recitales y tertulias.

Ana Patricia explica que hacer poesía es: «Vivir / Y cuando se desborde la aflicción / escupir versos para purgarse.» (Instrucciones para un poema). Como escribió Rilke, «las obras de arte nacen… de quien ha ido hasta el extremo de una experiencia.» Sí que importa, entonces, la poeta, quizás menos sus éxitos o fracasos, y claro que importa la poesía… Aunque sólo sea para crear nuestro pequeño lugar en el mundo, para reconstruir nuestra pequeña casa (rota).



Autoría de las fotos: Begoña Rosa Nieto

ANA PATRICIA MOYA RODRÍGUEZ (Córdoba, 1982) estudió Relaciones Laborales; es Licenciada en Humanidades; Máster en Textos, Documentación e Intervención Cultural y Máster Europeo en Biblioteconomía. Ha trabajado como arqueóloga, bibliotecaria, documentalista, diseñadora gráfica, archivera, correctora ortotipográfica, profesora, etc. Autora de varios poemarios, entre los últimos, Píldoras de papel (Huerga & Fierro, 2016), La casa rota (Versátiles Editorial, 2019; segunda edición, próximamente) y Carta de ajuste (Groenlandia, 2020). Ha sido incluida en diversas antologías literarias, tales como Generación 2001: 26 poetas españolas (sin peaje) (La Manzana Poética, 2014); Veinte con veinte: diálogos con poetas españolas actuales (Huerga & Fierro, 2016); Liberoamericanas, ciento cincuenta poetas contemporáneas (Editorial Liberoamérica, 2018), entre otras. También ha obtenido multitud de premios y menciones por sus textos y ha sido traducida parcialmente a seis idiomas. Dirige (con mucha calma) Editorial Groenlandia. Fue editora de la plataforma Editorial Liberoamérica; dirigió las secciones Que la vida iba en serio (poesía española contemporánea) y El sótano del ornitorrinco. También, desde el 2017, trabaja para la publicación Odisea Cultural, con la sección No es país para viejóvenes y Palabra de Argonauta (sobre narradores contemporáneos españoles). Colabora como lectora / revisora en la revista universitaria de México La Colmena.

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