Entrecruzamientos: Francisco Piñón y Giovanni Riva. Por Víctor García Salas

Gracias a Horacio Cerutti y a Yasser Martínez tengo en mis manos la obra poética de Francisco Piñón Gaytán, Con las manos vacías. Desde San Francisco Magú, un pueblo de origen otomí, a escasos 20 kilómetros de Tepotzotlán, evoco el “¡Espectáculo único!” de la imagen aérea de la Ciudad de México que al abrir el libro se encuentra uno en el prólogo, “Messico, ultimo amore”, de Massimo Ganci: “tal vez decenas y decenas de millones de lámparas eléctricas” que, como el mar, se pierden en el horizonte. 

Desde acá me complazco también en el excursus histórico que, a través del Museo de Antropología, “el más grande y perfecto del mundo”, según el propio Ganci, y el Museo del Virreinato, continuación ideal del primero, ubicado precisamente en Tepotzotlán, “en el antiguo convento de San Francisco Javier, junto a la catedral barroca, célebre por sus grandes retablos”, reconstruye nuestro prologuista. Messico e nuvole, dice Antonio De Petro en Dies irae recordando a Vito Pallavicini, Enzo Jannacci, Michele Virano y Paolo Conte; México y sus ascendencias indígenas precolombinas y sus ascendencias hispánicas impuestas por la Conquista del siglo XVI; Messico, la faccia triste dell’America [México, la cara triste de América], pero acaso, y a pesar de todo, también la cara alegre y esperanzadora. 

Un ejemplo de esta alegría y de esta esperanza es la experiencia que trajera el profesor italiano Giovanni Riva (1942-2012) en la década de los 90 del siglo pasado, y que quiere comenzar a dar frutos, a través de una nueva sede de la Universidad ICTE, en San Francisco Magú, simbiosis ejemplar de las dos ascendencias en las que se funda el pueblo mexicano. Giovanni amó profundamente a México y lo supo festejar y acompañar en su complejidad, diversidad y excepcionalidad, y mucho de ello se refleja en esta obra, el ICTE, que él mismo fundara en 1990. Sin duda, valdría la pena conocer el ideario y el método educativo de esta universidad que ha acompañado a no pocos jóvenes a integrarse al mundo (laboral) con capacidad para transformarlo de manera más humana, justa y pacífica, pero dejaremos eso pendiente para una mejor ocasión. No obstante, sí quisiera aprovechar para dejar aquí plasmadas unas líneas de Giovanni que me compartiera, hace no mucho, Paola Leoni, la actual rectora de la universidad que fundara el profesor Riva:  

Hoy, estamos dentro, como decía ya Pier Paolo Pasolini, de una “homologación”; un poder único (y cada vez más poderoso, gracias también a los instrumentos de comunicación masiva e inmediata que posee) que quiere que seamos todos iguales y así poder dominarnos más fácilmente. Las escuelas, donde prevalece la relación maestro-alumno, van a ser substituidas por reglas sobre reglas y por burocracias anónimas, o van a ser eliminadas por completo, para dar lugar a un proceso de formación que se dará a través de un sistema instructivo y educativo de tipo publicitario. Entonces, será necesario que algunos hombres –si todavía habrá hombres que crean en el hombre y en su destino grande y en su valor– decidan sacrificar sus vidas para dedicarse a un trabajo educativo que yo llamaría “alternativo” y que recupere la no eliminable función humana y social de acompañar personalmente a los jóvenes: ellos tienen una impresionante necesidad de quien los acompañe sin manipularlos; ellos desean la cercanía de una humanidad más grande, exigente e indulgente al mismo tiempo, que les esté cerca sin ser pesada ni oprimente.

Paola Leoni, Horacio Cerutti y Francisco Piñón, seguramente, pertenecen a este tipo de hombres que aún creen en el hombre, en su destino grande y en su valor, que aún son capaces de acompañar a los jóvenes. Por lo demás, de este tipo de poder del que hablan Pasolini y Riva, poder ante el que hay que estar siempre atentos, da cuenta también Piñón en su poema “Los títeres de mi pueblo”:

Los títeres de mi pueblo
me quieren romper las alas.
Quieren que viva de mitos
¡y que agache bien la cara!

Quieren que cruce los brazos
y camine por senderos pisados ya
por mil pasos,
y que pronuncie palabras viejas
por estar gastadas,
y que me meta en el drama de la vida
y de la farsa
con la máscara en el rostro
y la mentira en el alma.
¡Y que reparta sonrisas
con puñaladas en la espalda!
[…]
Y si predico justicia sea solamente 
en palabras,
sin romper instituciones 
ni costumbres arraigadas. 
[…]
con los ideales rotos
¡y la mentira en el alma!

Pero regresando un paso atrás, la experiencia que trajera Riva, a través de obras como el ICTE, es también un ejemplo de la estrecha cercanía entre el pueblo mexicano y el pueblo italiano, como el propio Massimo Ganci hace notar en su prólogo, aunque hablando, particularmente, de Sicilia, a la que Francisco Piñón, como lo deja ver en su poema “Una tarde en Monreale”, parece estar profundamente ligado por una de las necesidades más grandes que tiene el hombre, la necesidad de amistad con otros hombres:  

Y me siento celoso del Espíritu,
[…]
Aquí, en donde la Belleza esplende en formas milenarias,
[…]
Aquí, 
donde se confunde la tierra con el mar 
y la amistad es vivencia cotidiana.

Aquí, 
ante un tiempo que me envuelve con acentos misteriosos,
me siento frágil, 
pequeño,
como ser de un día apenas insinuado.
¡Pero, al mismo tiempo, inmortal!

De esta necesidad de amistad da cuenta también Giovanni Riva en su poema “No nos hemos entendido”. Para el poeta nacido en Milán, la necesidad de realización que tiene cada uno lo une a los demás hombres, es un reconocerse juntos fundado en el origen y el destino común, en lo humano que está en todos:

Yo me pregunto –decías– de qué sirve
aprender un oficio, si luego no nos dan
algo
en qué apoyar –echar
raíces profundas– el trabajo y el sentido
exhaustivo 
del vivir y también del tiempo
que resta o transcurre.

Si dos cañas, en la orilla
revestida, se doblan 
hasta tocarse, yo pienso que ya es demasiado tarde
para decirte que entablar amistad es un problema.
[…]

Pues bien –yo digo–, quizás 
no nos hemos entendido sobre el sentido de este alfabeto
acompasado de acentos vulgares y envilecidos
murmullos. La amistad es el sentido 
–significado profundo–
de la vida y del llanto y del estar solos. Encontrarse
y caminar a casa, una sola 
es la casa. Es profecía la amistad,
significado del origen común 
de nosotros los vivos. 

Para Riva, pues, la amistad es un encontrarse y caminar juntos hacia la casa, y una sola es la casa, el destino último, la realización total.     
Pero decíamos que Francisco Piñón es otro ejemplo claro de la cercanía entre estos dos pueblos: “Ha sido criado por esta dúplice instancia cultural”. En su juventud estudió en Roma, y para nadie es desconocida su pasión por el pueblo italiano y su patrimonio clásico griego y latino, pasión que se ha visto reflejada en obras como Renacimiento. Maquiavelo y Giordano Bruno. Los inicios de una modernidad, y, la más reciente, La modernidad de Gramsci. Política y humanismo. Nadie desconoce tampoco que es un profundo estudioso de la sociedad mexicana y de su patrimonio clásico indígena e hispánico. Entre paréntesis, conviene subrayar que Con las manos vacías da cuenta, en muchos sentidos, de esta dúplice instancia cultural en la que se formó Piñón. De entrada, en la obra, como bien señala Ganci, “las cuerdas hispánicas y latinoamericanas de la poesía de Francisco” resuenan también en italiano gracias a Maria Meli Cándido, quien, efectivamente, “con su sensibilidad mediterránea”, sabe captar muy bien las “las variaciones poéticas” de Piñón. Pero entrando de lleno en la poesía de Francisco, Ganci no se equivoca al subrayar que los “temas sobresalientes en la poesía de Piñón son aquellos tópicos de la visión mexicana de la vida; el amor y la muerte en su íntima conexión y la rebelión política y social”, expresada cabalmente en la frase zapatista “Tierra y libertad”. “Los versos de Francisco Piñón son las síntesis de los sentimientos mexicanos: alegría por la vida, consciencia de la conjugación de ésta con la muerte, resignación ante el destino, amor por la mujer, devoción a la libertad, odio contra la injusticia […]”. Sin embargo, en los versos de nuestro poeta resuena también, profundamente, la cultura europea (italiana, particularmente), “las reminiscencias de la poesía del Renacimiento, la insistencia de la conjugación leopardiana del amor con la muerte […]”. Dice Piñón en uno de sus poemas: 

¡Todo tan breve y tan fugaz! 
¡Tan relativo todo y tan universal: 
la flor de un día
el genio
el dolor 
la libertad!

¡Aquí ha desfilado “La Divina Comedia”
y la comedia de la vida:
Bach y Maquiavelo
Borgia, Agustín de Hipona
y Robespierre!  

Pero lo sobresaliente es que de la conjugación de esta “dúplice instancia cultural” surge una voz poética única, la de un hombre que ha hecho un profundo “balance vital”, de la vida, del amor y de la muerte y de las profundas relaciones, dialécticas, entre éstas:  

Tengo prisa por morir 
para observar a todo el que no dejó el escenario.
Y ya, sin el tiempo, en la espalda
gozarme
ese teatro ridículo 
sinceramente fatuo
que los hombres ensayan 
¡en escasos cien años!

Tengo prisa por morir,
a mi barca 
no la ata
¡ni un solo lazo!

El tono de este primer poema, “Tengo prisa por morir”, es pesimista. No es la prisa por morir de Pablo de Tarso, quien decía que “la vida es Cristo y la muerte una ganancia”. Piñón, en cambio, en “No sé si sea la flor o sea la espina”, dirá: “¡Yo no sé si sea el nacer o el morir / la ganancia de la vida!”. No es tampoco el “que muero porque no muero” de Santa Teresa. Es, más bien, acaso, el reflejo de la idiosincrasia mexicana que popularizara tan bien José Alfredo Jiménez en “Caminos de Guanajuato”, “donde la vida no vale nada”. No obstante, para una inteligencia tan aguda como la de Francisco Piñón no puede ser de otra manera, una inteligencia así no puede prescindir del hecho, como pretende cada vez más nuestra sociedad, de que la única seguridad común entre los seres humanos es la muerte. Piñón no se ancla al ingenuo deseo de perpetuidad que predica esta sociedad, con graves consecuencias, y que ya Baltasar Gracián expusiera, con gran sentido del humor, en El Criticón: “Ay vida, no debías empezar, pero ya que empezaste, no debías terminar”. Una vida así es cómica, es una vida donde

[…] los hombres tienen cara 
de cadáver,
como si apenas se hubieran levantado
de la tumba
y ensayaran, gozosos, un rato,
la comedia de la vida. 

Por lo demás, el tono pesimista se acentúa en los siguientes poemas. En “otra vez el sueño roto”, escribe:

Otra vez la misma sensación de
silencio
de soledad,
de abismo sin tiempo    
a pesar del grito,
[…]
Otra vez el odio reprimido
el alma sin ventanas.
Otra vez el vacío
[…]
Y otra vez,
como siempre, 
¡la noche!

Este tono no decae en “Para qué dar inútiles golpes al viento”, “Vida, no estamos en paz”, “Para qué correr”, poemas que, de hacer una división de la obra de Piñón, constituirían la primera parte. En ellos hay varios de los tópicos de los que habla Ganci, como, por ejemplo, la resignación ante el destino, pero dan cuenta, sobre todo, de la división interna, la realidad y el deseo la llamó Cernuda. Y de esta herida, de esta realidad y deseo, Piñón es plenamente consciente; en “Desesperanza”, dice: 

Estoy aquí arrojado
en la brevedad del tiempo.
Sumergido en un abismo
de nostalgia y deseo.

Y en “Para qué dar inútiles golpes al viento”: 
¿Para qué seguir pintando de colores 
la vida
cuando lo que me queda
tiene el color de la herida?    

Esta herida, sin duda, nos impide estar en paz y expresa la necesidad del hombre por realizarse, por obtener respuesta, pero de una respuesta absoluta, pues, de lo contrario, todo es inútil, la herida permanece. Por lo demás, esta herida, en un primer momento raíz del pesimismo, se acrecienta por una realidad social profundamente injusta, a causa de “hombres honestos” que no se manchan el alma ni el cuerpo a costa de marchar las de los demás:

Que la violencia del rico
no se ejerce con las armas:
su ropaje es perfumado
¡pero mata cuerpo y alma!
y sus modales tan finos
y cultura almidonada
sirven para construir palacios 
¡regados con sangre humana! 

Es ésta una sociedad que ha abierto un abismo entre los hombres y ha reducido a muchos, a la gran mayoría, a la nada, a la miseria: 

Y en la mañana ya vieja
explotó una frase vieja
en labios de niña buena:
¡Mamá: yo tengo hambre, no he comido esta mañana!

La pobre niña no sabe que
¡lo mismo dirá mañana!

Una realidad tal, para alguien como Piñón, que de acuerdo con Ganci es un intelectual que no quiere sólo conocer el mundo sino también cambiarlo, no puede ser sino una bofetada:   

No era un papalote de sueño, llanura, niñez o fantasía.
Era un papalote-bofetada hacia el rostro de mi ser 
tranquilamente acomodado.
¡Y era el viejo vendedor, tal vez, 
la conciencia desgarrada de una vieja y decadente 
sociedad a la deriva! 

No obstante, una inteligencia tan aguda como la de Francisco Piñón no puede prescindir tampoco de los signos positivos de la vida (la rebeldía, la aberración contra la injusticia, la solidaridad, el amor, la belleza, que aún, y a pesar de todo, son muy palpables en el pueblo mexicano), es por eso que en “Y yo sé que la vida no es solamente rosa”, dirá: 

Yo sé que la vida 
no es solamente una rosa,
Es también, brutalmente, una doliente 
espada.

No es solamente estrenar sonrisas 
en una blanca mañana 
ni acariciar un cuerpo
en noche sosegada.
Es también una lucha
sin ardientes miradas
y morir lentamente 
cada nueva mañana.
[…]
¡Es tener en los labios una canción de cuna
y una bella palabra,
y pronunciar con ellos también 
un canto de batalla!

La vida no es, pues, solamente una rosa, pero eso significa que también lo es. De hecho, este poema parece el preludio de “Basta una mirada”:

Es cierto.
La vida no es solamente un desgarramiento 
ni conciencia infeliz
[…]
Ni el nacer es el inicio de un negro 
presentimiento,
ni el camino no es solamente un cortejo 
de muerto,
ni la risa del niño presagio de viejo.
[…]
Basta una mirada,
un fortuito encuentro,
una risa clara
un soñar despierto
para que las alas – cargadas de tedio –   
sacudan su lastre
y emprendan de nuevo
su ritmo 
y su vuelo. 

Piñón, siguiendo acaso los pasos de Gramsci, no se queda, pues, encerrado en el “pesimismo de la inteligencia”, “sabe que la razón [y el corazón] tiene otros derroteros”: abraza, como diría en La modernidad de Gramsci. Política y humanismo, “el presente, el que se tiene que transformar y que es más complejo porque está unido al pasado, a los sueños y a las ideologías”. De este abrazo al presente, a la realidad, nace la necesidad de la acción, de la organización, el “optimismo de la voluntad”. Nace, incluso, la apertura al Misterio, a lo sagrado, lo que se ve también reflejado en la visión misma que tiene el poeta de la muerte: “Tengo prisa por morir”, “Un aviso de muerte”, “Conversación con la muerte” terminarán en poemas como “Caja de muerto”:

Cuando muera
quiero que me entierren en madera tosca 
primitiva,
sin pintar.

En caja de pino verde
oloroso, 
sin labrar.
Sin nada de hierro encima
con leve cruz de madera
¡para poder yo volar!
En Cementerio pequeño
de un pueblecito cualquiera…
Para soñar 
me basta un árbol,
¡y el viento para cantar!

Imposible no recordar “Canto beduino” de Ungaretti, que quizás sea uno de los poemas menos trascendentes del poeta nacido en Alejandría; sin embargo, ocupa un lugar fundamental en Sentimento del tempo, pues es casi un momento de paz después de las tormentosas palabras que lo preceden: 

Una moza se alza y canta                                                            
la sigue el viento y la encanta                                                           
y sobre el suelo la extiende                                                                
y el sueño final la prende.                                                           

Esta tierra es desolada                                                                
esta moza amancebada                                                                 
este viento es fuerte                                                                    
este sueño es muerte.      

He aquí un canto de alegría más que de muerte, un canto que parece anunciar que en el fondo no hay muerte real, como “Caja de muerto” de Piñón. Por otra parte, en estos poemas podemos apreciar claramente lo que dice Tomás Segovia, en Miradas al lenguaje, acerca de la poesía: “[La poesía] No sólo muestra que lo dicho puede decir a la vez otra cosa; más profundamente aún, hace de lo no dicho la finalidad de lo dicho. Afirma que lo que no puede expresarse puede sin embargo manifestarse (y ‘contagiarse’)”. Evidentemente, en el poema, tanto en el de Ungaretti como en el de Piñón, es más importante lo que se manifiesta y “contagia” que lo que se dice. 

Dostoievski decía que la belleza salvaría al mundo, y Piñón parece reafirmar este hecho cuando, de repente, ante la belleza de un paisaje mexicano, desaparece toda zozobra, todo temor: 

¡Me gusta caminar en montaña
el olor de la hierba mojada
el rumor del arroyo que baja
el musgo en la roca
y el temblor de la gota de agua!

¡Y en lo alto,
las nubes que pasan!

¡Y me gusta del árbol su sonrisa 
el misterio de la luz y la sombra
la piedra en el agua
el ave perdida 
el juego de un niño
la flor encendida!
Y me gusta del pueblo
el grito de su silencio
su tierna melancolía
el olor de sus noches
y sus calles vacías.

Francisco Piñón habla de Amatlán, pueblo que no tengo la fortuna de conocer, pero desde Magú, en una tarde de fuerte lluvia, seguida de una noche profundamente silenciosa, fresca y limpia, vivo “el olor de la hierba mojada / […] el musgo en la roca / […] ¡Y en lo alto, las nubes que pasan!”. Y, como eco de este último poema de Piñón, un poema de Riva:

Levantarse 
e ir a la primera misa
cuando todavía están tan limpios 
el camino y los patios que casi
duele no detenerse 
y que no sea 
aquí entre ellos el lugar 
donde rezar 
al Cielo.