La cuarentena, la soledad y el ego inmenso

Mientras pienso en lo terrible que me parece que el mundo entero esté unido, no por algo nuevo, ni por un cambio de políticas, sino por un virus (y les recomiendo fervientemente que lean la nota de Gaby Sambuccetti publicada al respecto en este medio), no deja de pasar por mi cabeza una cuestión sobre el aislamiento y la literatura a niveles generales. Digo, sabemos que lxs escritores somos seres sociales que, cuando nos encerramos a escribir, un poco nos obligamos a una especie de cuarentena porque todo contacto con el exterior es un posible foco de contagio para el texto. 

No nos cuidamos a nosotrxs sino la pureza de la producción. Esto nos hace muchas veces solitarixs, taciturnxs, hoscxs. Pero, vamos, sabemos que estoy generalizando y estereotipando a lxs escritorxs, que los habemos de todo tipo, que algunxs van de reunión en reunión y son conocidxs por todxs a su alrededor. 

Todo esto, uf, para decir que, en estos días, me obsesiona una cuestión particular: el ego del escritorx. Por cuestiones que no vienen al caso, me choqué de frente con un escritor cargado de un ego que roza el cinismo y no paré de pensar en ningún momento en cuáles son las condiciones que tienen que darse para que nazca ese ego. ¿Somos lxs lectores los que lo alimentan, mediante nuestras devoluciones, nuestro compartir, nuestros aplausos? ¿El ego lo permite la editorial que decide publicar a la persona en cuestión? ¿Es el ego un bicho que crece en las entrañas de las personas que escriben en absoluta soledad y que leen sus textos y en ellos se reflejan y dicen “qué buenx que soy”?

Un poco todo está relacionado: la cuarentena, la soledad al escribir, el ego inmenso. Parecen cosas desconectadas pero en algún punto me parece que todas se pueden alimentar. Bueno, no tanto la cuarentena, que no nos servirá para mucho más que para empobrecernos, no contagiarnos y lanzarnos a la escritura. Pero sí un poco la soledad y el ego. Si bien pienso que el ego, en sí mismo, suele ser alimentado muy ricamente en la vida en sociedad, por cuestiones ya mencionadas, también pienso que en la soledad es muy fácil fortificarlo porque no hay otros seres sociales que te marquen las fallas. Por lo menos, esto como punto de partida.

El problema es cuando del anonimato absoluto pasás a tener gente que te sigue: pasaste tu vida escribiendo en soledad, alimentando un ego enormísimo, y ahora tenés seguidores, gente que conoce tu obra, gente que la consume, gente que la comparte y gente que la cuestiona. Y ahí viene el “ah, no, eso sí que no”. ¿Cómo puede ser que alguien te cuestione una obra que vos ya sabés inmensa desde tu propia concepción de la literatura?

Del espejo individual (cómo me veo) al espejo social (cómo me reflejo en los demás) puede haber un abismo. Las voces en la cabeza pueden decirte todas juntas que sí, que sos lx mejor, pero las voces que empiezan a rodear la obra publicada son variadas: partimos de la base de que nunca hubo una obra en el mundo que le guste a todxs por igual porque las subjetividades son tantas como las personas que hay. Cada casa es un mundo, etcétera. 

Entonces, vamos a la pregunta fundamental: ¿es el ego realmente la creencia de que unx es buenx en lo que hace o es un escudo frente a la lectura que puedan tener lxs demás? En este punto, creo que ambas respuestas son posibles, dependiendo de la persona en cuestión.

Puede haber en el ego un acto de creerse infinitamente superior, pero también puede ser un acto de inseguridad reflejada: defiendo con uñas y dientes mis actos porque en el fondo tengo miedo de que lxs demás tengan razón cuando los critican. Ninguna de las dos me parece una conducta positiva, si tenemos en cuenta que lo que escribimos termina de tener entidad cuando se topa con otras subjetividades. 

Las lecturas, buenas y malas, de lo que hacemos, son las que pueden terminar por enriquecernos. Esto un poco lo baso en mi propia experiencia: empecé a escribir siendo muy chica y rodeada por gente que alababa todas mis producciones porque yo era demasiado madura para mi edad y mis enfoques eran perfectos. Después me topé con el mundo de la edición: tener editores significa tener personas que te leen y te dicen “esto sí” y “esto no”. Y cuando me choqué con esta realidad me di cuenta de que le tenía muchísimo recelo, ¡si yo ya sabía que era buena en lo que hacía! Entonces, cuestionaba toda crítica. 

Acá hago una pausa necesaria. Me parece sano defender la propia obra. Me parece que tiene que ver con la convicción que tenemos respecto a lo que escribimos. Pero también aprendí que por más convencida que esté, yo puedo equivocarme.

Y acá es donde el rol de lxs editorxs, que es el de darnos una primera lectura crítica sobre nuestro texto, es fundamental. Porque aunque leamos y releamos lo que hacemos, podemos encontrarnos con que no somos capaces de ver las fallas.

Es normal: cuando en la escuela escribíamos un examen, o cuando lo hacemos ahora de adultxs, podemos leer mil veces lo que pusimos antes de entregarlo y así y todo no ver los posibles errores…. porque ya terminamos y estamos cansadxs, porque de tanto releer lo mismo, empezamos a omitir ciertas cuestiones o por lo que fuera. Después, llega la nota y no le decimos a lxs profesores que no nos gustó. Entendemos que hay un parámetro que mide lo que hicimos y que nos excede. Pero es la noción de la literatura tan subjetiva que a veces no queremos entender que haya cosas que esté bueno marcar. 

Tal vez esta nota no dé respuestas específicas, pero sí preguntas para hacerse en una revisión auto-crítica de cómo nos paramos frente a las cosas que producimos. ¿Permitimos que haya personas que nos marquen lo que está mal? ¿Lo tomamos como una ofensa o como una alimentación positiva para nuestra producción? Elegir la segunda opción es la mejor manera de no dejar de crecer como artista.

Para que las mejoras nunca dejen de ir hacia adelante y no se congelen, tenemos que aceptar, en principio, que no somos perfectxs, y a partir de ahí, trabajar en lo que sea necesario, para ir puliendo las fallas que nos marcan lxs otrxs, aprender a adelantarnos a ellas, y después entender que aunque no a todxs les gustemos, igual siempre tendremos un público al que apuntar. 

Para terminar una pregunta: a ti, ¿te ofende una crítica constructiva?

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