Coronavirus: leer y escribir en tiempos de cuarentena

Hace unas semanas se desató en el mundo una pandemia inesperada que desestabilizó las economías y nuestros cuerpos. Como poeta, mi trabajo es también poner un grano de arena y hablar del coronavirus desde el entrelazado mundo de las letras y las emociones.

Un mes antes de esta pandemia, venía caminando por la calle y casi me caigo. Al borde del desmayo, fui al médico y el resultado fue inesperado: vivir en el Reino Unido hizo que la falta de sol me traiga una deficiencia grave de vitamina D. El médico británico me pregunta “¿Te crees que vivís en Camboya? Acá no hay sol. Nosotros suplementamos. What’s wrong with you?”. A raíz de mi ignorancia en cuestión de suplementos, pasé un mes encerrada.

Cuando todo parecía mejorar y el sol finalmente parecía volver a salir, el coronavirus (que hasta ese entonces era un mito lejano oriental), empezaba a tener un color cada vez más vivo y cercano. Ya no era solo Wuhan, ahora era también el norte de Italia. Europa en crisis. Más tarde, el resto del mundo y la palabra pandemia, que se parece a pánico y paranoia (y no solo por cuestiones de morfosintaxis) se instaló con fuerza hipocondríaca y narcisista.

De golpe, al encierro se le sumó más encierro. Horas y horas leyendo, meditando, hablando por teléfono, regando las plantas, editando notas, escuchando música, viendo las noticias. Así, me detengo a leer un poema de Ted Hughes que me pasó mi amigo Russell, ‘examination of the wonb door‘, en el cual la voz poética pregunta:

''¿A quién le pertenecen estos pulmones que no cesan de trabajar? 
A la muerte [...]

¿y esta sangre desordenada? A la muerte [...] 

¿Y quién es más fuerte que la muerte? 
Yo, evidentemente. 
Adiós, cuervo''

Me pregunto si el ser humano es esta reiteración constante de esa profunda arrogancia.

Si el ‘yo más fuerte’ se impone a todo lo que esté a su paso y se olvida del pequeño porcentaje que no puede sobrevenir a una pandemia. Si el yo es un pac-man incesante que puede seguir hacia adelante sin pensar que el problema de la pandemia no es el laberinto invernal en el que está encerrado, sino la gente que se enferma y desaparece a su paso vanidoso hacia adelante.

Estas semanas fui notando, con mayor frecuencia, que todas las publicaciones ególatras de las redes fueron bajando, dándole más y más lugar, a las publicaciones con un interés colectivo. En algunos lugares aparecieron voluntarios y sus antagonistas irresponsables, las nociones de comunidad se fortalecieron y debilitaron. Ahora la noticia es que llega una caja de mascarillas y tests de China a Italia y dice: “Somos olas en el mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín”. Pienso en todas las pestes que se vivieron en la edad media y como nuestra posmodernidad capitalista nos hizo perder las nociones de comunidad. Mi amiga Michelle me pasa una guía de “Advice from the 14th century” [información disponible del siglo XIV]. Un siglo marcado por plagas, pestes y guerras. Los consejos empiezan con “Prescription for an epidemic: A good dose of “narrative prophylaxis”. That meant protecting yourself with stories” [receta médica para una epidemia: una buena dosis de “narrativa profilactica”: protegiéndote con narraciones”. En contraposición, las clases económicas más vulnerables no pueden darse el lujo de una cuarentena leyendo como en esos tiempos. El sistema económico actual no puede confrontar una peste de la misma manera. Vienen a mi mente las palabras de una profesora de sociología que conocí: “en estos tiempos, cuando la electricidad se corta en todo un vecindario, solo en ese momento, recordamos que existe una comunidad”. En la crisis, se eleva del barro la noción de comunidad y empieza a desdibujarse la noción de individualismo.

Por un lado, tenemos que ser fuertes para hacerle frente a la muerte como si fuera la tercera guerra mundial, por otro lado, recibimos educación de preescolar a través de los medios cuando nos indican como lavarnos las manos. Alguien en redes publica a modo de chiste: “Quiero ayudar, pero soy profesor de literatura y mi carrera no sirve para nada”. Desde mi perspectiva, se equivoca profundamente. En estos tiempos la comprensión lectora es todo. Como en casi todas las situaciones desfavorables, son los que más leen y se informan, los menos confundidos y manipulados.

Puede que sea hora de que la sociedad revalúe sus prioridades. Parecería que ahora las luchas presupuestarias de nuestros investigadores, médicos y docentes valen la pena; mientras que hace meses esto parecía simplemente una lucha utópica y muerta que a nadie le importaba porque la atención estaba puesta en los influencers y los stats de nuestros negocios y ajenos. Ahora las mediciones de likes parecen demodé porque cuando hierven las papas, las prioridades se establecen como por arte de magia. La frase que siempre me repite mi amiga Tuti, ahora brilla como nunca: “Deja que el carro ande, que los limones se acomodan solos”. Ahora todos quieren escuchar médicos e investigadores que usualmente carecen de interés público.   

Para un escritor hacer cuarentena es fácil y hasta disfrutable: leer, escribir, imaginar situaciones en soledad. En este periodo, me llega un corto del poeta Emanuel Brunella, llamado El corto de la vida, en el que busca responder a la pregunta: “¿Qué es la vida?” Pregunta de 4 palabras, pero que casi nadie hace si no es en soledad, y que tiene tantas respuestas como personas en la tierra. En esa búsqueda, algo resuena: este corto llega a mis manos en momentos en los cuales la histeria colectiva busca aferrarse a ese algo que no tiene respuesta, ese misterio personal que tiene casa en nuestro cuerpo.

Como en “Aplastamiento de las gotas” de Cortázar, que habla de una gotita de lluvia aferrada con las uñas al vidrio, sin querer soltarse. Así jugamos todos con eso que no entendemos.

Vuelvo a las lecturas de la cuarentena, pero las interrumpo porque en estos tiempos casi nadie lee de corrido: en mi barrio se están peleando por un papel higiénico, por un alcohol en gel; hay un tipo tomando crack en la puerta de mi casa, pero la policía lo está mirando y no creo que el coronavirus sea su máxima preocupación en este momento. La vida parece seguir su curso normal, pero eso es solo en apariencia. Con el coronavirus somos menos que hormigas desconcertadas ante un ataque de agua caliente.

En 2 semanas el mundo entero se paralizó. No tienen soluciones en los parlamentos, ni en los hospitales, ni las tienen tu familia, ni tus amigos. Se puede saborear el caos y el vértigo sin demasiado esfuerzo. Para los escritores el caos no es fácil. La ansiedad nos carcome como una sustancia corrosiva.

Mientras miro mi persiana azul, pienso en la originalidad de este momento. Alguien más va a leer este momento. Escucho a los Red Hot Chili Peppers, sola, ausente:

“The world I love
The tears I drop
To be part of
The wave, can't stop
Ever wonder if it's all for you?”

Nadie sabe que estoy tirada al lado de una ventana. Nadie en mi barrio se imagina que hay una latina escribiendo un guión en español para olvidar este encierro. Me pregunto si es como dicen los Red Hot, si el mundo que amamos y las lágrimas que derramamos son para los otros.

La palabra cuarentena no me desespera: llevo una vida de cuarentenas. La palabra me tranquiliza. La histeria colectiva, por el contrario, me desespera.

Me pregunto ¿Por qué insistimos con esa fe en un mundo que va más rápido que nuestras emociones? Boris Johnson dice en la tv que nuestros seres queridos van a desaparecer en breve y no podemos hacer nada al respecto. Nos deja peor, pero nadie espera un discurso mejor. Ahora dos médicos se pelean en tv, uno dice que contagiarnos es una bendición para nuestra inmunidad, otro dice que es una desgracia para el sistema hospitalario.  El mundo va rápido, la economía no nos espera.

Aunque muchos estén paranoicos y desesperados por un virus, cuando votan eligen gobiernos que siempre privilegian la moneda frente a la ética. La moneda no puede hacerle frente a cualquier caos de este tipo, es solo un vil metal desalmado. Nuestros hospitales les pertenecen a los gobiernos e instituciones de turno. Cuando un hospital colapsa, hubo un cheque que nunca llegó. Lo desesperante no es la pandemia, son nuestros representantes. Pocos desafían los gobiernos, las instituciones, los derechos de los animales, de las tierras, de nuestras vidas. Todo está en manos de nuestra frágil pasividad.

El mundo está destruido, todos sabemos que no falta tanto para que cosas más graves sucedan. Pero seguimos desayunando y nos ponemos serios con qué tipo de tostadas y café queremos. Algunos no quieren ver más allá de la pandemia.

Algunos no pueden usar la cuarentena para reflexionar. Estar sola en casa otra vez me recuerda mi humanidad. Me recuerda que el cuerpo es un milagro, pero que enferma. Y que las palabras me salvan cuando estoy desconectada de los demás.  

Aunque todo se diluya como en un océano de reiteración y paranoia mediática, en las aguas de la irracionalidad humana que no puede enfriarse y ver los datos con claridad, las palabras en algún punto se conectan. Cuando lo hacen, construyen algo.

Me pregunto cuántos más escritores y lectores desconectados hay hoy leyendo esto. Buscando la belleza en la unión de las palabras, buscando armonía al conectar las letras como un puzzle indescifrable de otro ser que abre los sentidos para entender al mundo. Como si cada palabra nueva, formara un nuevo comienzo. Como si trajera la superación del estrés, la identificación y ese querer romper el vacío con las manos.

Me aferro a mi cama, me aferro a la vida. Escribo para olvidarme de la cuarentena. Escribo para olvidarme que hay gente muriendo en este mismo momento por miles de causas evitables.

Me acuerdo de la gente que perdí. Me imagino perdiéndolos en un hospital sin provisiones, sin oxígeno o sin capacidad para atenderlos. Pienso en mi incapacidad para cambiar el rumbo de los hechos. Pienso en la incapacidad de toda la gente que conozco ante cualquier adversidad natural. Miro todo pasar desde mi ventana, pero el dolor de la muerte la atraviesa como los rayos de la luna y la humedad de la niebla. Mis manos están frías y mi cara pálida. La falta de sol y un virus originado aparentemente por murciélagos, hacen de este invierno, el invierno más gótico de mi vida.

Me pregunto por qué los lectores compran libros caros y celebran artistas celebrados. Me pregunto por qué le tienen miedo a la verdad y buscan maquillarla como a una modelo en una pasarela sin final. Buscan que la vida sea una vida modelo, pero eso no existe, como no existen las modelos: nadie es bello todo el tiempo. La realidad tampoco.

Esto es una pandemia. La realidad es esto. Para la gran mayoría es solo una gripe pasajera, para otros, en un porcentaje mucho menor, la muerte. Busquemos cooperar para los que realmente van a pasar un mal momento sean menos. Busquemos embellecer la muerte con palabras. Disfrutemos de la cuarentena como una pareja disfuncional, teniendo sexo con los pensamientos vendados.

Mañana va a ser otro día, voy a esperar que nadie muera, como hacen todos los demás. Vamos a esperar que estos cuerpos resistan, una vez más.

Cuando haya algo de tiempo, le pediremos un perdón colectivo a nuestra materia. Cuando pase el temblor, nos replantearemos la vida, la muerte y la sociedad. Quizás ese sea el regalo que nos deje esta cuarentena: un nuevo despertar de la conciencia entre estos soles y lunas.

Comments

  1. Lo mas parecido a un apocalipsis zombi que hemos vivido, sólo que los zombis no pesiguen a gente sana: hacen colas interminables para comprar alcohol en gel y barbijos.
    Muy reflexivo y necesario tu texto, Gaby, en momentos que necesitamos pensar que clase de sociedad somos.

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