Nuestra piel muerta: una novela artrópoda

“Quiero licuar mis vísceras, olvidar mi lenguaje, enredar las palabras y salir de este cuerpo.”

Natalia García Freire, Nuestra piel muerta

Los insectos habitaron este planeta mucho antes que nosotros; están en cada hábitat que el ser humano logra conquistar. Son, si se quiere, el primer micro universo que nos causa fascinación e intriga. Cada uno de ellos es un conquistador en potencia. Podemos decir que la humanidad es un árbol lleno de insectos: nacen, devoran, existen y mueren todos los días. Y así será ad infinitum.

Viene a mi memoria el verso de Julio Flórez que dice: “Entierro un grano de trigo y el grano produce granos. Entierro un hombre y el hombre sólo produce gusanos”. Es inevitable empezar a sentir cómo se desplazan o reptan por nuestro cuerpo centenares de cuerpos diminutos con pisadas aún más diminutas… A primer vistazo, Nuestra piel muerta (La Navaja Suiza Editores, 2019), primera novela de Natalia García Freire (Cuenca, 1991), es una obra de retorno –en efecto lo es, pero va más allá.

Su protagonista, Lucas, vuelve a casa como siguiendo el camino marcado por unas babosas o caracoles, una estela estrellada, que le invita a recordar la figura de su padre. El eterno retorno empieza a cumplirse.

La primera línea de la obra es una primera referencia (el lector sabrá encontrarla): “No creo que mi difunto padre me esté observando. Pero su cuerpo está enterrado en este jardín”. En esta apertura se cumple fielmente aquello que Augusto Monterroso ya señalaba: “Hay tres temas; el amor, la muerte y las moscas [los insectos en este caso]”.

Como si fuera una serpiente que muda de piel, Lucas se da cuenta de que su casa, la de sus recuerdos, es otra. Él mismo es otro queriendo salir de un capullo. El cuerpo y la memoria del personaje parecen luchar por ver quién se pudre primero.

Lucas se siente extranjero, porque no logra enfrentar a Eloy y Felisberto (ambos nombres que remiten de manera directa a Tomas Eloy Martínez y Felisberto Hernandez) hombres toscos, violentos y salvajes.

García Freire pone a su disposición todas sus referencias lectoras. Kafka, Rulfo, Jünger, Berlín, Lispector, sólo por citar algunos de ellos. Se crea un mundo decadente donde los símbolos que se riegan en la novela se deconstruyen y resignifican.  Son los guiños que esta obra hace, a medida que se avanza en la lectura, y nos permite sentir cómo el gran insecto que nos habita empieza a manifestarse hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, nos vemos de repente como Gregorio Samsa.

Lucas mira con detalle (como buen entomólogo) todo lo que ocurre, el comportamiento, sus recuerdos, el mundo claroscuro que lo rodea. Todo pasa por sus ojos.

Mientras él observa a los insectos, ellos se van apoderando del entorno, como si quisieran que el protagonista sea uno de ellos. Por momentos el lector llega a sentir ternura por él, y en otros momentos, desespera su parsimonia. Como fue anteriormente mencionado, Lucas se siente una larva y quiere seguir revolcado en la tierra hasta encontrar el amparo de su madre (un personaje que apenas se logra entrever).

La obra de Natalia parece un gran vivarium en el que cada capítulo es un bicho que quiere invitarnos a sus entrañas: nuestra piel muerta tiene el cuerpo de una araña que seduce por el brillo de su prosa, y el lector queda preso cual mosca capturada.

Con esta novela, García Freire se une a un selecto grupo de autores ecuatorianos como son Javier Vásconez (El retorno de las moscas), Jorge Luis Cáceres (Las moscas y otros cuentos), Sandra Araya (El espía, la carnada, el precio) Jorge Carrera Andrade (Caracol). Escritores que llevaron su atención hacia el mundo de los insectos.

La pluma de Natalia ha creado su propio “escarabajo de oro” y es que su talento narrativo es, como decía Hemingway, “tan natural como el dibujo hecho por el polvo en las alas de una mariposa.”

Portada de: Nuestra piel muerta– Archivo de La Navaja Suiza Editores

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